martes, 28 de mayo de 2013

Transmicultura: el arte de amar y perdonar a Transmilenio




Este blog es un lugar tranquilo, ha estado viajando mucho en algunas temporadas y más bien solitario y estacionado en otras. Pero sucedió que con la entrada pasada, sin buscarlo ni anticiparlo, se abrió una puerta por donde entró un número insólito de visitantes, y con ellos sus opiniones, sugerencias, propuestas, solicitudes, insultos y flores -que agradezco por igual-. ¿Sirvió para algo ese texto? Por la salud emocional de todos mejor no hacerse esa pregunta. Lo que sí conviene, antes de pasar la página, es tratar de cerrar esa puerta -con ustedes adentro, no se vayan- o al menos de dejarla ajustada.

Bueno, pensé en una forma de dejar atrás el tema de cultura ciudadana en Transmilenio  dejándoles aquí un ladrillo de estadísticas, planes y decretos -que existen, y que igual les adjunto- para cerrar el capítulo y seguir contando historias. Pero tuve suerte, y con ella siempre se puede hacer lo uno, lo otro y demás.


Unos días después de publicada la entrada me contactó el teniente Coronel José Luis Palomino, el comandante de la Policía de Transmilenio. Me dijo que estaba de acuerdo con la mayoría de puntos del texto, y me mando fotos de gente haciendo fila muy juciosa -custodiada por un puñado de auxiliares bachilleres- y documentos que comparto al final. No los menciono en detalle porque este blog no es para eso. Esta entrada es más sobre él y sus creencias que sobre sus planes institucionales, planes que de todas formas ha estado difundiendo frenéticamente en todos los medios. Googleen su nombre si no me creen.

La historia continúa el viernes pasado cuando el Coronel Palomino y yo nos encontramos como invitados a la misma emisora para hablar de los colados en Transmilenio. Se me hizo un tipo amabilísimo. Puede ser porque lleva un mes y pico en el cargo, quién sabe. También a eso atribuyo su entusiasmo, casi contagioso, cuando habla de cultura ciudadana. 

***

"¡Al aire!"
... Yo, más allá de algunos ejemplos que llevé, repetí lo mismo, lo que escribí; el turno después fue para el Coronel. Y sacó un arsenal:

Nos repartió a mí y al conductor del programa varios fajos de fotocopias. Un folio
con los 16 mandamientos de la 'Transmicultura', un documento de aprobación de la dirección de la Policía, copias de decretos, de multas, borradores e incluso a mí me entregó un código de Policía abierto en la página de sanciones en el Sistema masivo. Además, cuando mandaban a cuñas él seguía hablando como si estuviéramos al aire. Frenesí.

Tras una hora el programa termina y el Coronel echa hacia atrás la silla y dice entre risas mientras se acomoda el kepis:

"Doctores, es que yo tengo que venir preparado. ¿Qué creyeron, que a los policías solo nos sirve la cabeza para ponernos la gorra?"

Todos en el estudio reímos, incluso Javier, el patrullero que lo acompañaba. Exagera, hasta él lo sabe. No dijo mucho más de lo que tenía en su resma de apoyo ni muy diferente de lo que ha repetido en las últimas dos semanas hasta el cansancio en radio prensa y TV. Exageró, pero tenía algo de razón: hacia el final del programa dejó verse más él que la institución.

Tomé el morral para irme y le pregunté al Coronel sí le gustaban los mimos, los payasos y las papayeras; si creía en eso para generar cultura. Sacó un Blackberry y me mostró un video largo de sus auxiliares bachilleres rapeando en la Plaza España.


Formados, 'fristaleaban' sobre no colarse, no correr, respetar el semáforo, la cebra. Mientras lo veía, él bailaba al ritmo de la música y me advertía que había rimas cojas, y que uno de los muchachos en medio del afán por caer en la sílaba correcta había recomendado detenerse con la luz verde. "¡Esto es lo que me gusta!". Reímos todos de nuevo.

Luego, el Coronel Palomino tomó de su billetera unas tarjetas de presentación. Una creo que era de teatreros. Otra de 'Todo Copas', unos raperos de Las Cruces que reivindican con mucho éxito (y en HD) el consumo de marihuana. El coronel seguramente no lo sabe, solo que una vez los vio presentarse frente a 10 mil muchachos y en sus términos eso sugiere "una enorme oportunidad". También llevaba la credencial de un saxofonista, dijo que su sueño es ponerlo en un portal de Transmilenio devengando un sueldo fijo, sin limosnas...

Volviendo al tema de los colados en Transmilenio, su conclusión fue:

"¿Por qué el hombre no peca? Por tres razones: por temor a la sanción moral, por temor a la sanción normativa, y tercero, por convicción y coherencia. Muchas gracias".

Ya fuera del aire, nos contó más detalles de la campaña y nos repartió más papeles. Hizo énfasis en la importancia de que todo eso se supiera. Por molestarlo le dije que lo estaba logrando, que lo había visto mucho faranduleando en televisión. Él, por molestarme, me dijo que en el blog había dado "un Grito de Independencia", pero que era a él al que le tocaba jugarse la cabeza si perdía la batalla. Cada uno, a su turno, soltó una carcajada...


Palomino

Uno puede leerlo fácilmente, es un policía simpático y humilde. Mientras vamos hacia la calle, me muestra otro video en el que sus auxiliares hacen 'Parkour'. Se sabe de memoria la historia y las reglas de ese 'deporte' aunque le cuesta pronunciarlo.
Dice que le gustaría ver a sus policías entrenados en eso y en Capoeira para agarrar maleantes. Yo le digo que los niños colados son pioneros de esas técnicas en Bogotá, y le recomiendo que ver las pruebas que El Tiempo sacó en un video.

Parece tener un interés auténtico en que quienes vivimos en Bogotá dejemos de ser tan guaches, o que al menos nos veamos amables. Caminaba a mi lado más bien encogiendo el los hombros y manos embolsilladas como si fuera cualquier civil. No lo es: tiene a cargo la seguridad y la convivencia de dos millones de pasajeros diarios. Es un agente de policía, pero quiere cambiar la mentalidad a los bogotanos* con arte y cultura. Hay que hacer un esfuerzo para entender eso, por eso le pregunté todo cuanto pude.

Cuando trabajó con el metro de Medellín, a Palomino se le ocurrió impulsar que este tuviera casi vida propia. Puso a unos muchachos a repetir por el sistema de sonido que "dejar salir es entrar más rápido", que "feliz día de la mujer, de la madre, del odontólogo", que "la frase del día es de Aristóteles...", que "Cultura Metro es tal cosa y tal otra...". Cuenta que les entregó el Don Quijote y otros libros a los 'chucaritos' y los puso a declamar en voz alta en las puertas de acceso. Dice que ese consentimiento distrae a la gente y al final de cuentas la tranquiliza. 

Pero Bogotá es otra historia. Educarnos como buenos ciudadanos, o más bien vigilar que lo seamos, cuesta plata. El presupuesto ideal para la policía de Transmilenio es de 19 mil millones de pesos. Con eso alcanza para hacer campañas masivas y ubicar a un patrullero y a un auxiliar en cada estación. Por ahora cuenta con 9 mil millones y, sobre su plan de Transmicultura, reconoce que está financiado con miles de buenas intenciones y, lamentablemente, cero pesos. "Hay que intentarlo, doctor", me dice el Coronel.

Se ofreció a acercarme a la oficina. Mientras esperábamos a su camioneta le ayudó a abrir la puerta a dos señoras que se bajaban de un carro, saludó de "buenos días" a cualquiera que hacía contacto visual con él. Le ayudó con una dirección a una señora y hasta esperó a que yo me acabara el cigarrillo.

"Esta es mi oficina y mi cocina", me pidió que abordara su patrulla Hyundai último modelo. Me contó que su esposa sabía que él no tenía tiempo de almorzar y que por eso le mandaba lonchera. Sacó de una bolista un sánduche y me regaló la manzana que lo acompañaba. Le pregunté por el atropellado de la troncal de Calle 13, esa semana, un caso rarísimo en el que además arrollaron a dos curiosos que chismoseaban cerca del muerto.

Cuando caí en la cuenta de lo imprudente del comentario en medio de su primer bocado del día, él respondió "¡Dicen que fue un suicidio!, pero no sé. Es que los suicidas a Tránsito no se los cuentan". Me explicó que por estadísticas más o menos, diariamente, un bogotano* "se le tira" al Transmilenio. Que a tan solo 12km/h la distancia de freno de un articulado es de 4 metros y que por eso, al menos para él, está demostrado que sea a la velocidad que sea atravesársele a un monstruo de esos es despedirse de este mundo.

                                                                             ***
El Coronel Palomino estudió Seguridad de Metros.
Aunque no fue a la universidad ha cursado "calle y solo calle", como dice. Le apasiona la cultura y el arte. Cuando la policía lo mandó a una capacitación en Madrid se achantó porque iba corto de plata y no pudo entrar a los museos y galerías. Entonces sacó unos euros y se fue a viajar en el metro, a ver cómo era que los españoles usaban su transporte masivo. Esa vez conoció Atocha, aún con vestigios del atentado del 11M. Eso lo marcó.

Mientras la camioneta avanza hacia el Centro, me cuenta que así como lo hizo en España también ha estudiado a Santiago, Londres, Milán, Glasgow, Nueva York, Buenos Aires, Lima, Chicago, Moscú, etc. Es su forma de aprender, de capacitarse. Encontró que, por sí solos, esos espacios públicos como las estaciones y los portales se convierten en obras de arte, de ingeniería. En museos vivos que exhiben la naturaleza de la gente y del lugar. Palomino sueña con tener juglares, poetas, raperos y acróbatas en Transmilenio, que nos hagan olvidar las amarguras y los afanes. Que nos expriman la mala leche.

No habla golpeado como uno esperaría de un policía, sino como un jubilado que llena crucigramas en una plaza. Me cuenta orgulloso que en vacaciones tuvo que quedarse en la casa cuidando a sus hijas, y que se dedicó con disciplina a estudiar más para encontrarle la vuelta al problema de cultura en Transmilenio. 

¿Qué leyó? ¿García Villegas, Marí Ytarte, Mockus, López Basanta, Carreño? No. Compró y desempolvó varios libros de historia universal y se encerró a 'devorar' India, Egipto y Grecia. Me dijo que lo hizo "piedra por piedra" y puede ser verdad, en un momento nuestra conversación se desvió hacia los cuarzos y las amatistas. Y luego a Guiza, el piedronón de Keops, a quién admira pero no recuerdo por qué. Y luego hablamos del 'Arte de la Guerra' de Sun Tzu, que ambos habíamos leído. Algo dijo sobre la inconveniencia de atacar posiciones en lugar de hombres y, aunque tardé en entenderlo, se estaba refiriendo a Transmilenio.

El Coronel tenía una cita con una señora e iba tarde casi una hora, pero estaba amañado hablando conmigo. Entonces llamó por el radio a su secretario y le pidió que mientras llegaba le diera a la doña tinto y huevos con cebolla y tómate, o lo que ella quisiera. Le pidió a Javier, el patrullero, que parara en el 'Umbral de la Esperanza' -vaya nombrecito- , una cigarrería que más parece un caspetico, ahí en la tercera junto a la Universidad de los Andes. Pidió tres arepas y tres Pony Maltas y seguimos hablando, de pie, en la calle, sobre  él y su Transmicultura en Transmilenio.
En esas, me toca interrumpirlo para señalarle que justo en frente de nosotros dos taxistas están a punto de encenderse. Palomino le grita Javier "¡Vaya por esos dos porque si no se matan!". Cuando vio que se podía poner feo, dejó la arepa, la Pony Malta y un billete de 50 mil en la vitrina y fue a ver.

Un man dejó rodar demasiado el taxi para arrancar y tocó al de atrás, otro taxi que manejaba un pelado de no más de 20 años. Palomino buscó la forma de hacerle entender al muchacho que era un raspón que salía con cera, pero él no escuchaba razones. Respiraba odio ese pelado, tanto que cuando arrancaron casi se vuelven estrellar doblando la esquina. El coronel le gritó desde donde estaba "¡Tranquilooo mijooo...Ayayay!". 

El "sí"

Volvió para terminar su arepa y me volteó a mirar con cara de "este es mi trabajo de todos los días". Le creo, no por ese muchacho, sino porque de verdad los bogotanos* -me incluyo de primero- vivimos con la rienda suelta. Antes de despedirme y mientras la señora de la tiendita hacia maromas para darle las vueltas al Coronel, aproveché para preguntarle si Transmilenio está o ha estado bajo una amenaza terrorista.

"Transmilenio está construido como una pista de carros en la sala de la casa. No hay barreras y se da por descontada la buena fe. Pasa el perro, el niño, el gato, la visita, el papá y todo el mundo. Podemos tratar de evitarlo toda la vida, pero es cuestión de tiempo para que alguien tome una mala decisión y se tiré todo".

Lo tomé como un "sí" largo. Cada uno de nosotros tiene a Transmilenio y a la misma ciudad bajo amenaza. Además, el Sistema está diseñado para la mitad de usuarios que lo toman, es inseguro, caro, incómodo y cada día más insuficiente. A Palomino le entusiasma su trabajo y se le nota, pero no es necesario ser pesimista para ver que con nosotros, los que vivimos aquí en medio de la inconformidad, la tendrá difícil. Estamos en un punto de desánimo que solo se me viene a la cabeza el nombre de esa tiendita en la que nos despedimos: 'El umbral de la Esperanza'. 

La Transmicultura es el arte de amar y perdonar a Transmilenio. Ojalá Palomino lo logre, ojalá el Sistema mejore y nosotros con él, quién no quisiera. Ojalá se repita en Bogotá lo que tuvo tanto éxito en Medellín. Como cuando el metro cumplió 15 años y se consiguieron 150 niñas nacidas el mismo día en que el Sistema operó por primera vez, y les hicieron fiesta de quince en las plataformas. Y Medellín feliz.

El coronel dice que cosas como esa siembran algo en los jóvenes y adultos del futuro. Por ingenuo que parezca, quiere plantar esa semilla en Bogotá. Siente que a los bogotanos* no nos enseñaron a enamorarnos de nuestra ciudad. Cada bogotano*, usted y yo, veremos si le damos el "sí", si perdonamos, si nos reconciliamos con Transmilenio y viceversa. Palomino, mientras tanto, hará las veces de Cupido y, solo por eso, hay que desearle mucha suerte.

*Bogotano: Hoy "bogotano" no es el nativo, sino el que vive en Bogotá. Es como cuando hablan de "los neoyorquinos". Solo debe haber cien mil, por ahí.

Por Andrés G. Borges
En Twitter: @palabraseca

miércoles, 8 de mayo de 2013

La hipocresía de colarse en TransMilenio


Dejémonos de hipocresías. Las cosas como son: los hombres, mujeres y niños que se cuelan en TransMilenio no merecen ninguna consideración. Resultó que ahora, debido a que el Sistema está en la peor de sus crisis, ya no se ve a los dos o tres colados de hace unos años sino a catervas de veinte o treinta cada minuto. 

Uno los ve colarse y ya lo hacen con cara de poker, sin dificultad, ni pena ni risa. Ya tienen hasta técnica, hasta estilo. Desde mocosos hasta secretarias en minifalda. Miden tiempos y distancias. Son tan profesionales que hasta tienen un discurso.


Uno los increpa y ellos responden como esperando que uno les dé las gracias o les pida disculpas. Que "TransMilenio tiene mucha plata y un pasaje no les va a hacer ni cosquillas", que "así nos toca a los pobres", que "es una protesta contra el mal servicio", que "los puentes son muy largos", que "la fila de la taquilla", que "se me pasaba el bus", que "había un huequito" y, mi favorito, que "uno es más guevón por pagar".


¿A quién quieren engañar? Ellos, en mayor o menor medida, no son diferentes a las rémoras que han detenido a Bogotá. No nos digamos mentiras: si TransMilenio fuera gratis también se colarían. Lo que los mueve es el afán de saberse más 'vivos' que los demás. Dense cuenta, no solo entran, también salen de las estaciones por lugares prohibidos. El uso de puentes peatonales es gratis y cuál es entonces la excusa. Y los atropellan y los matan, y le dañan la vida a su propia familia, y al malasuerte que iba manejando, y el almuerzo al que está buenamente en la estación y le tocó ver.


Sobre eso, recuerdo la historia del señor Jorge Andrés González. Una noche de abril del 2010, encerrado en su oficina, se disparó en el abdomen y murió horas después en la Clínica de Occidente. Dos días antes, en ese mismo centro de salud, había muerto Ángelo, su hijo de 13 años, arrollado por un TransMilenio cuando trataba de colarse junto a otros menores en la estación de Pradera, en la Avenida las Américas. Los forenses encontraron 4.500 pesos y la tarjeta en el bolsillo del niño. El señor González no resistió tanto absurdo, tanto dolor.


Este niño estudiaba en el Colegio Nicolás Esguerra. Por esa época le hicieron homenajes unidos a campañas para que los alumnos no repitieran la trágica historia. Hoy en día no se ve un par, se ven decenas de pelados de ese colegio cruzando en el mismo punto en una sola tanda. Se graban videos y apuestan a cuál es más varoncito. Varias veces, ni miento ni exagero, han jugado a atravesar la troncal con los ojos vendados. Jodiendo la vida hoy; abonando a la cultura del atajo y a la tragedia de mañana.


En enero estuve en Buenos Aires y quedé sorprendido con la cultura de pago de la mayoría de los argentinos. Diferente a como se ve en el fútbol, como ciudadanos no son cancheros. En el Subte -que ya cumplió 100 años- , por ejemplo, cuando la taquillera no estaba dejaba abierto el torniquete para que la gente pasara, y la gente igual pagaba.

En la estación de tren que va para Tigre, en la misma plataforma donde se toma el vagón está el punto de pago. Es decir, uno puede no pagar -los $800 que vale- y subirse al tren sin que nadie se da cuenta. No hay barreras, avisos ni vigilantes, pero se hacían largas filas de gente comprando el tiquete e incluso no se rompían cuando llegaba el tren, que fácilmente pasaba cada 15 minutos. Allá el TransMilenio se llama Metrobus, es casi lo mismo, solo que no hay torniquete, porque no pagar se censura socialmente. En los tres sistemas, mi hermana es testigo, uno ve colombianos colándose.

 

Sincerémonos, mientras haya quienes paguen, el que se cuele en TransMilenio es un ladrón. Esa facilosofía de "no dejarse guevonear de nadie" también la usaron en su momento los Moreno, los Dávila, los Meléndez, los Rojas Birry, los Nule. Todos sospechamos que al colado le importa un carajo si le va bien o mal TransMilenio. Él dirá que es carísimo, lleno, demorado y malo, mientras daña las puertas y pone en peligro a gente que usa el Sistema. De hecho, cuando este tipo de personaje se ve obligado a hacer lo correcto, se siente como estúpido. Queda con los códigos patas arriba.

Dejémonos de hipocresías, decía. Bogotanos tramposos por placer, sabemos que están aquí. No se hagan. Lo sabemos porque son los mismos que se cuelan en la filas del banco o empujan a la salida de los conciertos. Se roban la señal de la TV por cable o adulteran el registro del agua o la luz. Los que tienen carro ponen la calcomanía de 'discapacitados' para capar Pico y Placa, y hacen doble fila para girar. Son los que meten billetes falsos "porque es que a mí me lo metieron". Que no vengan ahora los colados a justificarse, no les regalemos también ese atajo.

Los van a judicializar y nos lo venderán como la solución. Y seguiremos saturando el Sistema Judicial con infracciones al sentido común, y este seguirá escupiendo impunidad en lo principal. Pondrán cámaras, muros y barreras con plata que podrían usar para mejorar el servicio. Y seguiremos igual: sin atacar lo profundo, lo cultural.

Hacia allá vamos, seguramente llegará el día en que ser honesto no pagará en esta ciudad. Al honrado lo ponen de carne en el sandwich. Arriba, los poderosos, le dan por la cabeza, le cobran lo que les da la gana por lo que les dé la gana; abajo, el tramposo, el ladrón, se burla de sus escrúpulos y le agobia la vida. Ambos se dan la mano para verle al honesto la cara de pendejo, ambos, entre risas, le hacen zancadilla al progreso.


En fin, quisiera creer que el tramposo tiene remedio, que el torcido se rehabilita. Quisiera, digo, pero lo que de verdad pienso es que un asunto tan íntimo -tan universal- como la integridad simplemente se tiene o no se tiene. Cada uno sabrá, pero para mí el ventajoso lleva la trampa en el ADN, como lleva la dignidad el ciudadano que cuando se cansa pide a gritos sus derechos y que, por pobre que sea y por aburrido que esté del Sistema, al día siguiente vuelve a pagar su pasaje de TransMilenio.

Andrés Guevara Borges
En Twitter: @palabraseca
Léalo también en El Tiempo

miércoles, 17 de abril de 2013

Noticia de un embarazo


Las coincidencias andan por ahí acechando para ver uno qué piensa de la vida. Lo ponen a uno a preguntarse si es que estamos libreteados desde siempre, si no se puede gambetear el destino que nos tocó. Si es que nos pertenece o qué. 

Queriéndonos decir que hay un plan para todos: así andan por ahí las coincidencias. Pero es una trampa, porque no somos más que un fárrago de moléculas cargadas de voluntad y suerte. Eso es al menos lo que quisiéramos creer, que nuestro destino no está escrito aunque leamos el horóscopo.

Hay que ver ese dilema como un saldito a favor que tenemos en la vida: ser huérfanos de los dioses, pero cada uno con las mismas oportunidades; insustanciales, pero libres.

Cuando Sir Arthur Conan Doyle creó al detective Sherlock Holmes, sintió que de entrada debía justificar esos casos que Sherlock no iba a resolver con razonamiento puro y cultura científica, sino con inesperados 'arepazos' en el guión. Lo que le salió a Doyle fue una máxima universal para los de carne y hueso: "no existen las coincidencias, sólo lo inevitable".

Un día le pregunté a Clara, mi mamá, por qué ella y yo tenemos nervios de paloma cuando, en cambio, mi papá y mi hermana son tan frescos, tan mesurados. Ella, que francamente no sé si cree en las coincidencias, me recordó que tengo un segundo padre, además de Jorge. Que fui hijo de un holocausto.

Como al final todo llega a saberse en la vida, mi mamá hizo una jarra de tinto y se sentó a contarme la historia:

Era por la mañana, miércoles, 6 de noviembre de 1985. Mi mamá madrugó como todos los días a llevar al jardín a Paulita, mi hermana, quien tendría un año y pico. Era una bebé regordeta y de lo más tranquila. Y medio taimada: ya hasta caminaba.

Paulita se despedía de mi mamá y en lugar de berrear le hacía coquitos juntando la boca con la nariz, como diciendo "Eñññe". Luego se perdían de vista y Paulita se soltaba a abrazar a las profesoras hasta embobarlas de gracia. Sobre todo a la profe Lilia Calderón, quien años después se consagró como amiga entrañable de la familia. Incluso, Clara y Jorge, mis papás, fueron padrinos de bautizo de una de sus hijas. Ese miércoles, las tres cumplieron la misma rutina. (clic en cada imagen para ampliar)

La noche anterior, Paulita y mi papá vieron vomitar a mi mamá varias veces. Ella se recostó, apretó los ojos, levantó el teléfono y pidió una cita médica prioritaria al dispensario de la Caja de Previsión Social. Se la dieron para el día siguiente, aquel miércoles 6, a las 9:00 a.m., en la sede de la Carrera Séptima con calle 16, ahí en el Parque Santander. Y fue.

Serían las 9:40 a.m. cuando mi mamá dejó el edificio de su cita médica y atravesó el Parque Santander hacia el sur, caminando ligero para cumplir con una reunión en el Departamento Administrativo de Bienestar Social, DABS, en la Octava con 11, en plena esquina norte de la Alcaldía de Bogotá. Como mi papá también trabajaba ahí, ella apretó más el paso para ver si podía encontrarse con él.

Solo lo supo mucho tiempo después, pero en esa caminata por el Santander mi mamá se cruzó varias veces con un puñado de agentes de inteligencia de altísimo perfil, civiles y militares, según se sabe. Desde la madrugada, los tipos custodiaban las mismas cinco cuadras que ella recorría a punta de pasitos frenéticos.

El expolicía Ricardo Gámez era uno de ellos. Días antes, él y otros agentes estuvieron acuartelados en el norte bajo la advertencia de que ese miércoles, 6 de noviembre de 1985, algo grande iba a ocurrir. 

Tan preparados estaban para lo peor que, más temprano, habían montado un operativo secreto en la Casa del Florero. Hoy con mi mamá imaginamos sus caras, su miedo. Tal vez el mismo miedo que sintió Llorente, en esa misma casa, aquel día de mercado de 1810, cuando desató la independencia de este país -dizque- por no querer prestar un florero, según reza la inflamada mitología criolla.

Ricardo Gámez, detective de una nómina paralela, no solo sabía que iba a tener un día largo, estaba seguro de que más tarde tendría que matar o como mínimo ver muertos. Son casi las 10:20 a.m. y mi mamá ya va atravesando el costado norte de la Plaza de Bolívar hasta entrar al edificio del DABS, su destino.

Mientras mi mamá ingresa, a una cuadra, siete guerrilleros del M-19 apadrinados por el lado oscuro de la luna, Pablo Escobar y 'Los Extraditables', ingresan al Palacio de Justicia armados con fusiles y explosivos C-4 traídos de Nicaragua. Esa era la primera misión de la operación que los malos llamaron 'Antonio Nariño por los Derechos del Hombre'. La segunda misión era un aviso telefónico desde adentro del lugar. Minutos después la cumplieron y tres decenas de guerrilleros iban en camino; comienza el Holocausto, como lo llamaron los buenos.

Mi mamá no recuerda de qué se habló en la tal reunión de ese día, solo sabe con seguridad que era un comité mensual de directoras de Jardines Infantiles. Solo eso la obligaría a ir al centro, pues su oficina quedaba al sur por la vía Villavicencio, en el Jardín Infantil Quindío.

Poco antes de las 11:00 a.m. mis papás finalmente coinciden dentro del edificio del DABS, se saludan y bajan a la calle, cruzan la acera y entran a El Cécil, una cafetería que años atrás había recibido las primeras citas de su relación. Les gustaba  porque había un mezzanine con vista al Palacio. Hace poco pasé por la Octava y El Cécil (ahora alterno-hipster) todavía existe, pero se llama Bonaparte- Restaurant Crêperie.

En la acera de enfrente, en el parqueadero occidental del Palacio, Gerardo Díaz y Eulogio Blanco, celadores de Cobasec Ltda., con apenas días en el trabajo, eran asesinados sin contemplaciones por militantes del M-19. Nunca se supo con certeza si cayeron abaleados o degollados. No hubo testigos.

Jorge y Clara, inocentes de la historia que se iba escribiendo a su alrededor, se dieron un piquito doble –“¡pbbh, pbbh!"- y volvieron a la torre del DABS tomados de la mano. Cuando alcanzaron el último escalón del tercer piso mi mamá se detuvo y no aguantó más:

"¿Sabes qué, 'Georgie'? Ahorita estuve en el dispensario de La Caja. Estoy embarazada"… 

Cuando mi papá casi lograba un gesto definitivo para responder a la noticia, todo fue estallidos.  "¡BOOM, BOOM, BOOM, BOOM!". Y luego, silencio…

***

El sonido del cañón de ciertas armas largas es parecido al de un latigazo en una bandeja de aluminio. Antes de salir del canuto, el proyectil da tantas vueltas sobre su eje que el primer disparo, si se hace caminando -por ejemplo-, vuela muy por arriba del blanco; y si se hace corriendo, muy por debajo.

Uno de esos disparos erráticos alcanzó a René Acuña, un hombre que iba hacia su trabajo en Almacenes Valher, en la novena con 16. Durante unos minutos su cuerpo quedó tendido en la calle y nadie lo volvió a ver. 23 años después fue encontrado en una fosa común en la que se mezclaron desaparecidos del Palacio, pero también de la tragedia de Armero -que sucedió una semana después-. En total 35 cuerpos. Acuña fue el único transeúnte que murió ese miércoles, mientras un hombre que decidió seguir alimentando a las palomas de la Plaza de Bolívar, en pleno tiroteo, volvió a casa sin un rasguño. Los gajes del destino.

Sobre el medio día, Ricardo Gámez, el agente de inteligencia que aguardaba en la calle, ya se había puesto a órdenes del operativo que más temprano no tenía nombre, y que luego se convirtió en el Plan Nacional de Defensa 'Tricolor 83',  liderado por el Coronel Luis Carlos Sadovnik.

Parte del plan era la retoma del Palacio, y parte de esta eran pequeñas tomas a edificios aledaños para asegurar un perímetro de acción. Así, decenas de efectivos de la Policía y el Ejército ingresaron a la fuerza a la Catedral Primada, al Palacio de Liévano, a construcciones menores sobre la Carrera Octava -como el café El Cécil- y, claro, a la torre del DABS.

Allí estaban mis papás, Jorge y Clara –ella con un bebé en la panza-, junto a otros ocho empleados. Aguardaban encerrados en una oficina como entre la risa y el llanto. En un absurdo. Mi mamá dice que de los nervios se daban abrazos de pánico mientras otros hacían chistes bobos sobre morir y eso. Germán, al que apodaban 'el loco', se puso a monear haciendo fieros por las ventanas que daban a la Plaza hasta que vinieron los jefes a regañarlo. Y mi papá, impávido, también con nervios pero de plomo, siguió escribiendo una constancia de trabajo en su máquina Reminton. A veces iban al mismo compás sus teclazos y los balazos de afuera. 

***

Al otro lado de la Plaza de Bolívar, en la Casa del Florero, Ricardo Gámez ponía en marcha otro plan -esta vez secreto- que le fue encomendado tal y como décadas después le confesó a las víctimas en un video, que llegó al buzón de la Revista Semana: 

          "Recibí órdenes directas de -El coronel Luis Alfonso- Plazas Vega de torturar y pasarle un informe. Si la persona fallecía, no había ningún problema: ya estaba predestinado para eso...".

***

Carmen Helena Bernal, directora del jardín infantil Jorge Bejarano, y Martha León, secretaria del Jefe de Personal, les gritaban a mi mamá y a otras empleadas que se escondieran bajo los escritorios. Lo intentaron varias veces y en todos los tonos pero ninguna atendió. Ni siquiera lo hicieron cuando once francotiradores subieron a la azotea del DABS arrasando con puertas y ventanas. Debe ser porque el peor de los miedos no es el que hace temblar, llorar, sudar y gritar, sino el que paraliza.

De inmediato se triplicaron los disparos. En la calle, soldados ocultos tras las columnas de la Alcaldía asomaban sus fusiles y los disparaban sin mirar hacia el Palacio, como quien tiene una sola oportunidad y se aferra a Dios y a su suerte: otra cara del miedo.

Mi mamá dice hoy que se pasmó por el pavor. Que se lo guardó, lo pasó con tragos gruesos de saliva y, está convencida, se lo transmitió todo al bebé. 

A las 4:00 p.m., entre las ráfagas y los bombazos, uniformados de todos los colores evacuaron a gritos cada oficina de cada piso en el DABS. Se hizo por el parqueadero trasero. Tomados de la mano, celadores, administrativos, secretarias, conductores, aseadoras y profesores formaban una cadena humana de llanto y ceños fruncidos que serpenteaba hasta la Carrera Décima.

Hay gente que lo ha experimentado y da fe de que los más trágicos eventos en la vida son también los más difíciles de detallar, pero mi mamá no recuerda otro tanto como este: cuenta que iba corriendo sujetada de la mano de mi papá y de la de Marinita Bohórquez, directora del Jardín Bello Horizonte, una de las grandes amigas de su vida laboral.

Recuerda, como si viera fotografías, que agazapada, mirando hacia el piso, pensó que se iba a morir. Avanzaba y cada cierta distancia le venía la sensación de que en cualquier momento recibiría un disparo conforme los oía estallar a lo lejos. Pensó que eso era todo, y que había que tomar decisiones. Apretó más fuerte la mano de Marinita,  la miró a los ojos como asegurándose de no tener que repetir el mensaje y le dijo: 

         "Si Jorge y yo no salimos vivos de acá cuide a mi Paulis, no se la entregue a nadie. Recoja a la niña en el jardín y cuídemela".

Esa tarde Marinita Bohórquez no tuvo que recoger a Paulita, pero las palabras de mi mamá la unieron para siempre a la niña, a mi hermana. Marinita nunca se casó pero es una mujer muy católica y muy mariana, por eso Paula, a modo de recompensa, la escogió años después como su madrina de confirmación.


***

Ese 6 de noviembre, una cuadra más arriba de donde mi mamá se puso a salvo, el agente Ricardo Gámez vio salir del Palacio de Justicia a una mujer embarazada. Era Ana Castiblanco, auxiliar de la cafetería. Tenía una barriga de siete meses y una semana antes había pedido la licencia de maternidad que nunca recibió. Los nervios por el tiroteo y los incendios la pusieron en labores de parto apenas minutos después, entre un camión militar. Ana tuvo el bebé pero nadie la volvió a ver. Su cuerpo apareció en el año 2000 en el Cementerio del Sur. Gámez asegura que el niño de Ana vive, hoy tiene 27 años y fue criado por un suboficial que, desde luego, nunca le dijo la verdad.

5:15 p.m.: Mi mamá supo que se había salvado cuando llegó con mi papá y otros cientos a la Carrera Décima y un gamín le pidió una moneda de 5 pesos -de esas que venían con La Pola grabada-. La indiferencia que se respiraba en esa calle maldita no tenía nombre. Eso irritaba, pero poco a poco tranquilizaba. El transporte público y particular circulaba como si nada, los corrillos de pasajeros de la hora pico estaban ahí como cualquier día. Los gritos de los comerciantes nunca se fueron, el olor a pescado y naranja tampoco. Era en ese entonces, y es hoy, la misma mierda de siempre.
De regreso al jardín de Paulita y luego al barrio mi papá no dijo una sola palabra. Cuando llegaron a la casa él sacó a la sala el televisor General Electrics que teníamos, sintonizó el Noticiero de las Siete y se puso a planchar unos pañales de tela en la esquina del comedor. En esas, mi mamá servía la comida con una mano y con la otra sostenía a Paulita, que ya dormía recostada en sus propios cachetes.

En pantalla, el Palacio de Justicia ardería 10 horas más...

***

Ese día solo sucedió lo inevitable. Tuvieron que pasar años para darnos cuenta de que el destino no es otra cosa que una madeja echada a rodar. Cree uno que hay tantos caminos que cada persona tiene el suyo aparte, que si se cruzan es por obra de un tremendo azar. Al final, cuando pasa el tiempo y la madeja se hace más pequeña hasta que ya no rueda más -cuando cada cual muere-, aparece esa única hebra de la que todos vamos colgados: el destino.

Estirado y horizontal, sin coincidencias ni profecías, sin epifanías ni déjà vúes, nunca deja de ser el mismo destino para todos, solo que cada cual tira de la parte del hilo que le tocó, cada cual corre a cunclillarse desde el escondite que eligió.

A las 9:40 p.m. mi mamá acostó a Paulita y terminó de llamar y atender llamadas de amigos y familiares. Estaba exhausta de contarles la misma historia, de explicar las coincidencias que la situaron cerca del Palacio, de describir los terribles sonidos e imágenes, de recordar lo que le tocó decirle a Marinita Bohórquez. Le dolía la cabeza y asomaban de nuevo las náuseas. Mi papá apagó el televisor, se le arrimó, le sobó la 'panza' y recuperó el habla:

        “Gorda. Si es niña, Natalia; si es niño, Andrés. Y con Ricardo, como ese muñeco tuyo. Andrés Ricardo…”

Mi mamá volvió a sonreír, habían pasado 12 horas desde la última vez.


Andrés G. Borges

En Twitter: @palabraseca













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Fin.

lunes, 27 de agosto de 2012

La paz no es contractual




Tantas décadas hablando de paz que ya hemos perdimos la página donde aparece su significado. Nos la venden como una era geológica: estable, inalterable y permanente durante siglos, que deja atrás lo de antes y le da la bienvenida a lo que viene de un tajo y sin vuelta atrás. Y la compramos, como idiotas la compramos.

Los mitos que hemos creado con la paz no son menos ingenuos que los creados por los violentos para justificar sus causas. Fines buenos y malos, todos absolutos, todos imposibles. Solo somos un océano de gente buena y mala, en este punto no importa quienes son más y quiénes son menos, juntos somos lo mismo: una horda de ingenuos.

Lo digo sin excluirme. Cuántas promesas hemos tragado enteras a quienes solo se prometen el poder. Y ahí estamos otra vez, a punto de volver a creer. Sin darnos cuenta hemos reducido la paz al cese al fuego con la guerrilla, a la desmovilización de criminales, a la derrota militar o al poder ir a la finca, hasta ese punto hemos querido conformarnos.

Hablamos de “una paz” como “La Paz”. Como si el estómago no pidiera comida tres veces al día, como si nuestra precaria educación garantizara el bienestar, como si los enfermos se murieran por enigmas de la ciencia y no por falta de dinero, como si los cuatro poderes operáramos. Como si fuéramos angelitos con la mala suerte de aguantar una violencia inmerecida.

No nos digamos mentiras, nuestra guerra es orgánica y con nosotros mismos, estamos tan podridos de irresponsabilidad que aceptaríamos como paz cualquier cosa que nos ofrezcan. Así también hemos aceptado cualquier cosa que llamen libertad, esperanza y felicidad. Nuestro patetismo nos pide tratados 
para no acabarnos entre nosotros.

¿Paz?, sí, también con los corruptos, los bancos, los jueces, los empresarios, los conductores borrachos y los periodistas. Con los malos ricos que roban y matan para tener más, con los malos pobres que humillan a otros pobres cuando salen a robar y a matar para comprarse unos tenis o un televisor de esos de colgar. Con los fanáticos de toda clase. Incluso con esos barrabrava que dan y quitan la vida por un equipo de su ciudad, los mismos que en soledad maldicen su suerte por no haber nacido en un arrabal de Buenos Aires.

¿Paz? Sí, pero con buena parte de los comentaristas de Internet, enanos mentales que se abrazan al anonimato para repetir sin ortografía los mismos chistes revolcados y las mismas ofensas infundadas. ¡Dialogos de paz conmigo!, que hablo más de lo que hago. Que soy un conductor neurótico y malaleche, un peatón que codea y mira rayado. Uno más como usted, que se queja por deporte y le da pereza actuar.

No nos engañemos. ¿Cuál paz? Si aun siendo una idea buena, bonita y barata no nos sirve porque no es gratis. Nos negamos a declarar nuestro propio Impuesto por la Paz, no estamos dispuestos a pagar ningún precio por ella. Y nos va costar, nadie lo dude. El día que se firme la paz -una paz- con la guerrilla me darán la razón: nunca habrá paz aunque haya, porque la paz no es contractual.

Andrés G. Borges
En Twitter: @palabraseca

miércoles, 18 de julio de 2012

No diga “eufemista”, diga “idiota”


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Ya perdí la cuenta de cuánto y tanto que se ha escrito en contra del lenguaje incluyente, ha debido ser cientos de veces pero estoy convencido de que siempre serán muy pocas. Aún son muchos más los que prefieren reivindicar con palabras lo que no reivindican con derechos. Más los que se indignan cuando hay que llamar a las cosas por su nombre. Más los eufemistas sin causa o, para no seguir con eufemismos, más los imbéciles que le siguen el juego a la falsa inclusión.
Por boca de mi mamá, funcionaria de la Alcaldía de Bogotá hace 35 años, fui testigo como el Palacio de Liévano se convirtió en la madriguera de políticas de inclusión mentirosas y facilistas, basadas más en el uso políticamente correcto del lenguaje que en acciones directas y concretas hacia los ciudadanos. 
Pero el uso del lenguaje incluyente no es una recomendación de coctel político, no. Cada vez que se cambia la Administración en Bogotá y otras ciudades, empleados oficiales como mi mamá reciben memorandos membreteados donde explican por qué ya no hay que decirles "locos" a los pordioseros, sino mejor "indigentes", o mejor "desprotegidos", o no, mejor "personas en situación de vulnerabilidad" o no, mejor "habitantes de la calle". Cómo si a ellos les importara. Como si las palabras fueran por sí solas políticas públicas y las mentiras, francos derechos. 
Por fortuna que, con tanto cambio de términos y de alcaldes, mi mamá se fue deshaciendo poco a poco de esas patrañas que alguna vez acató. Qué más puedo decir, vivimos en Bogotá y un buen día me llamó decepcionada y con la indignación de un forista de internet me dijo: "hijo, un maldito gamín me atracó".
Dense cuenta, cada que nace un populista nace también un eufemismo de inclusión. Son nietos de Departamentos Administrativos, con padres dedicados a la esnobfilantropía como Gregorio Pernía o Gustavo Bolívar.  Con madres como Gilma Jiménez, que por ejemplo, con su "niñas, niños y adolescentes" convirtió el discurso sobre infancia en un ridículo trabalenguas. O como Piedad Córdoba, con sus "colombianas y colombianos" por la paz, a quien se le podría acusar de excluyente y sexista porque se le olvida decir: "Estamos comprometidos y comprometidas con los secuestrados y secuestradas. Vamos a traerlos y traerlas, pero estamos esperando las coordenadas...¿y coordenados?". 
Están por todas partes. Hoy toca pensarlo dos veces antes de llamar a las vainas con palabras castizas -puras, sin mezcla de voces ni giros extraños- que por algo están en el diccionario. 
Ya no debe haber nada negro, por ejemplo. Ni días negros, ni ovejas negras ni negras intenciones. De hecho,ni siquiera gente negra. Ahora toca acostumbrarse a decir ridiculeses como la que alguna vez escribí en Twitter: "ahí está Obama, afrodescendiendo por las escaleras de su Air Force 1".
Ya no es "ciego", "sordo", "prostituta", "anciano" o "mongólico", no. Ahora los mongólicos dejaron de sufrir de mongolismo -Síndrome de Down-, los paralíticos de parálisis y los inválidos pueden valerse. Ahora las putas tienen "vidas alegres", los sidosos "VIH positivo" y, mi 'favorito', los sordociegos son "personas en situación de discapacidad auditiva y visual". ¿Ah?, Parece casi una suerte que no tengan que ver ni oír semejantes estupideces.
Sé que mucho se ha escrito sobre este tema, pero como dije: nunca será suficiente. Gracias, amigo incluyente, por no incluirme en su lenguaje de majaderos -que se entienda que me refiero por igual a hombres y mujeres-. Y usted, querido lector, la próxima vez que un lingüista incluyente lo corrija no le diga "eufemista", dígale "idiota". Ahora, si no lo quiere ofender, dígale que es una "persona en situación de discapacidad cerebral".

Andrés G. Borges
En Twitter: @palabraseca
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lunes, 16 de julio de 2012

Qué pereza ser campeón



Si algo admiraba hasta ayer del hincha promedio de Santa Fe era su fabulosa relación con el fracaso. Debe ser muy lindo, pensaba yo, nunca haber visto campeón al equipo de uno y sin embargo ponerse la camiseta, ir al estadio o seguirlo por TV sin otro fin que el de abrazar una tradición. Es un sentimiento auténtico, volví a pensar. Pero ayer ganaron y, no sé, se me antoja que fue más lo que perdieron: la mística.
Es raro ver a esos hinchas en el triunfo. Con risa nerviosa de campeón, teniendo que estar "en las buenas" sin la dignidad y abnegación de estar "en las malas". Ni siquiera anoche se les veía disfrutar con comodidad. Durante la premiación no sabían si abrazarse, llorar, gritar, llamar a un hincha de Millonarios o subir fotos a Facebook. Es como si hubieran descubierto lo que otros ya hemos vivido pero que mejor no decimos en voz alta: si uno no jugó en la cancha, ser campeón de la Liga Postobón no es gran cosa.

Santa Fe perdió un tesoro y en el fondo sus hinchas lo saben, sobre todo los más viejos. A la salida del estadio pasaban engarrotados de frío, se acomodaban la bufanda para sonreír a las cámaras y con esfuerzo se abrían las chompas para besar el escudo. Gritaban "¡Santa Fe, Santa Fe, Santcofff!", tosían y caminaban apuradito, pensaban si coger taxi o Transmilenio. No se hallaban. Finalmente, los más viejos, insisto, se fueron a celebrar a la casa porque qué raro es celebrar, porque qué pereza es ser campeón.
Durante el partido, el hincha de Santa Fe que más conozco, mi papá, fue ejemplo vivo de lo que estoy diciendo. Descontando que sufrió todo el partido, cuando por fin Santa Fe marcó él se enfrascó en una absurda discusión con mi mámá sobre si Copete cabeceó o pechó la pelota. A tres minutos del final renegaba desesperado por la falta puntería de Ómar Pérez para meter el segundo gol (que nunca necesitó). Tras el pitazo final se enojó porque vio a Edwin Cardona buscándole pelea a un jugador del Pasto, resaltó que "está gordo y aparte no la suelta". Y así, haciendo lo suyo: sufriendo. No hubo éxtasis en su celebración, le picaba. Acarició al perro y le dijo cursi "¡¡campeones!!". Luego se fue a dormir.

Así son y así eran los hinchas de Santa Fe. Como Pacheco, Daniel Samper, Amparo Grisales, Yamit Amad, auténticos y divertidos papanatas. Pero hoy no, ya no es lo mismo de antes.  Tantos años de espera no son en vano. Esos hinchas, ayer, disfrazaron de mesura la incomodidad y el vacío que les vuelve a producir el éxito. Saben en el fondo quepertenecen al grupito de cinco mil que, gane o pierda, nunca falta en el Campín. Tantos años de espera no son en vano. Hinchas viejos, como él, disfrazaron de mesura la incomodidad y el vacío que les vuelve a producir el éxito.
Anoche Santa Fe perdió la mística, esa que lo diferenciaba de odiosos equipos como el mío. Ahora tendrán hinchas arrogantes como yo, de esos que echamos en cara campeonatos de hace décadas, de los que hacemos sacar jugadores extranjeros, de los que no creemos en los procesos ni esperamos a la cantera, de los que chiflamos cuando el equipo toca hacia atrás. Hinchas nefastos, como yo, sea de América, Millonarios o Nacional.

El día después de ser campeón es el más duro, hoy el hincha de Santa Fe lo sabe. Esperar 37 años (o uno) por la alegría de ganar un campeonato y luego sentir que no era para tanto, ver como esa emoción decrece a medida que pasa la borrachera de triunfo. Darse cuenta de que la ciudad no necesita una estrella en el escudo del equipo sino en la alcaldía, no un representante en la Copa Libertadores sino vías, empleo, seguridad y sol. 

Con Santa Fe recordé la famosa victoria pírrica, donde queda más daño en el vencedor que en el vencido. Ganó un título merecidísimo, perdió la mística y la extática. No hay nada más relativo que el éxito y Santa Fe ya empezó a padecer esa maldición. O sino pregúntele a los pelados que se mataron por celebrar encima de un camión. O a la pequeña Santafecita Bareño Rodríguez. Qué pereza volver a ser campeón.

Andrés G. Borges
En Twitter: @Palabraseca
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jueves, 5 de julio de 2012

Mañana voy a morir



La muerte quedó de pasar mañana y no sé cómo recibirla. Me da vergüenza con ella porque cuando viene a este continente, a este país, a esta ciudad, se anda con afanes. Trabaja sin descanso, a doble jornada y se le mide a la más apretada de las agendas.
Sinceramente quisiera una visita rápida, sin bebidas calientes ni palmaditas en el hombro.Supongo que debo sacarle tiempo a nuestro encuentro, ella estará feliz de saber que por esperarla he venido muriendo poco a poco, como un infiernal preámbulo; yo estaré tranquilo porque me la voy a encontrar sí o sí, vivo en un lugar donde cuesta sacarle el culo. No dijo más. Que fresco, que esté listo, que ella mañana se aparece y me desaparece. Que mañana voy a morir.

No sé ni siquiera qué ponerme, qué comer, si salir de la casa o enclaustrarme, si lavar la loza, tender la cama o ir al trabajo. ¿Seré un muerto más? Ojalá, de eso se trata, no quiero ser un muerto que otro reclame, pero no depende de mí sino de dónde me encuentre ella: la muerte.Esperar a mañana, porque además de dejar de existir, tengo mil cosas qué hacer. 

Antes de las seis de la mañana haré una fila de cuatro horas para cobrar la pensión, moriré tras un infarto fulminante frente a la fachada del banco HSBC. Los medios culparán al Sistema, al de pensiones, al de salud..reclamarán también mi muerte. Yo, desde el más allá, con pena tendré que reconocer que la culpa fue mía, que los bancos abren a las ocho de la mañana, que si lo deseaba me podían consignar la pensión, que no tenía necesidad de hacer cola desde tan temprano, que soy un viejo mañoso al que le gusta contar la plata. Que me busqué mi mala suerte, que mejor nadie reclame mi muerte.

Si sobrevivo, tomaré un desayuno alto en grasas trans y padeceré diecinueve tipos de cáncer. Mi nombre irá a las estadísticas, seré ese "uno-de-cada-tres" o ese "cuatro-de-cada-diez". Seré también un número en las campañas de medicina preventiva, me recordarán en el día mundial de la enfermedad que me mató y cada año harán de mi muerte un caso ejemplarizante, como hicieron con otros antes de mí. Produciré fugaz compasión y después, mucho después, algún sensato dirá con razón que fumaba, tomaba y tripeaba, que fue mi vida de excesos y, tal vez, mi ADN los únicos responsables.

Si no morí, al medio día saldré en una y mil cámaras de seguridad a las que solo tiene acceso Noticias RCN. Ya sea por conducir borracho o por imprudente, será RCN quien se quede con los derechos para TV de mis últimos minutos. También puedo ser una estrella negra si es que me embiste una flota y me desparrama en el asfalto. Dirán que no quise usar mi inteligencia vial, que no tomé con seriedad a los auxiliares bachilleres que, disfrazados de payasos, me invitaron a usar los puentes peatonales. Mi epitafio dirá que soy un simple peatón imprudente. Yo, en el cajón, diré que ni siquiera fui eso. Solo un simple. 

Sobrevivir en este punto será ya sería el colmo de la fortuna, así que por la tarde me apuñalarán o me tirarán ácido en la cara para robarme el celular. Según el destino también, seré recordado como el cajero de una casa de cambios, el joven abogado de Harvard, el padre cabeza de familia o -si llevo la camiseta de un equipo- el hincha. Los abogados de Harvard, los vendedores ambulantes, Goles En Paz, Samsung y la FVRCBG (Fundación de Víctimas de Robo de Celulares de Baja Gama) convocarán marchas. Cada uno querrá que sea su muerto, es seguro que sí. 

Si aún no he dejado de existir entrada la noche es porque me espera la más terrible y especial de las muertes. Puede que desaparezca en Halloween cuando me tiren al caño del Virrey. Suerte para mí, será una muerte a cuatro columnas sacada de un guión de Danny Cannon al mejor estilo de 'Sé lo que hicieron el verano pasado'. Suerte también si, en cambio, le adhieren una bomba lapa a mi carro y lo vuela en pedazos. Parecerá que mi muerte fue escrita y dirigida por Mick Jackson. Todo un titular para abrir un noticiero, de esos de poner musiquita.

Pero no morí. Y son malas noticias: la soledad de la noche trae muertes cada vez peores. Puede que sea víctima de tortura y violación en el Parque Nacional. Si es que eso pasa debo esperar que mi atacante no sea un violador más, mi muerte quedaría impune. Hace falta que sea un psicópata, un aberrado enfermo de sangre fría que use lo que tenga a la mano para empalarme y mandarme a mí a la primera plana de los diarios y a él a un asiento en los juzgados de Paloquemao.

Con muy poco me hará Trending Topic, protagonista de marchas, cacerolazos, plantones y canelazos. Hará que Gilma Jiménez y Gustavo Bolívar se aprendan mi nombre y lo griten manoteando a los cuatro vientos. Después pasaré de moda. Con muy poco, les decía, con un palo, con lo que mi asesino tuvo a la mano, me convertiré un muerto aleccionador. Un palo, en este país esa puede ser la diferencia entre un muerto famoso y un muerto más: un palo.

Mañana, a esta hora, no espero haber sobrevivido a un día en Colombia, pero si es así, solo me restan esperar las muertes pendejas y místicas, esas que nunca vienen por acá: una cáscara de banano, un sueño dulce a los 90 años, el ataque de un oso, una autocombustión, un envenenamiento con mariscos, un caníbal en Miami que saboree mis pómulos, un paracaídas que no abrió...
No sé. Al parecer aquí uno no se puede morir tranquilo, en su intimidad, cara a cara los dos: la muerte y yo. Ojalá la mía no sea de esas muertes para siempre, que uno sabe que en Colombia para siempre nunca dura más de quince días. Me da comezón incluirme entre los vivos. Les decía que mañana quedó de visitarme la muerte, pero no sé, sincerándome, prefiero ir y buscarla a ella.

Andrés G. Borges
En Twitter: @palabraseca
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