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miércoles, 8 de mayo de 2013

La hipocresía de colarse en TransMilenio


Dejémonos de hipocresías. Las cosas como son: los hombres, mujeres y niños que se cuelan en TransMilenio no merecen ninguna consideración. Resultó que ahora, debido a que el Sistema está en la peor de sus crisis, ya no se ve a los dos o tres colados de hace unos años sino a catervas de veinte o treinta cada minuto. 

Uno los ve colarse y ya lo hacen con cara de poker, sin dificultad, ni pena ni risa. Ya tienen hasta técnica, hasta estilo. Desde mocosos hasta secretarias en minifalda. Miden tiempos y distancias. Son tan profesionales que hasta tienen un discurso.


Uno los increpa y ellos responden como esperando que uno les dé las gracias o les pida disculpas. Que "TransMilenio tiene mucha plata y un pasaje no les va a hacer ni cosquillas", que "así nos toca a los pobres", que "es una protesta contra el mal servicio", que "los puentes son muy largos", que "la fila de la taquilla", que "se me pasaba el bus", que "había un huequito" y, mi favorito, que "uno es más guevón por pagar".


¿A quién quieren engañar? Ellos, en mayor o menor medida, no son diferentes a las rémoras que han detenido a Bogotá. No nos digamos mentiras: si TransMilenio fuera gratis también se colarían. Lo que los mueve es el afán de saberse más 'vivos' que los demás. Dense cuenta, no solo entran, también salen de las estaciones por lugares prohibidos. El uso de puentes peatonales es gratis y cuál es entonces la excusa. Y los atropellan y los matan, y le dañan la vida a su propia familia, y al malasuerte que iba manejando, y el almuerzo al que está buenamente en la estación y le tocó ver.


Sobre eso, recuerdo la historia del señor Jorge Andrés González. Una noche de abril del 2010, encerrado en su oficina, se disparó en el abdomen y murió horas después en la Clínica de Occidente. Dos días antes, en ese mismo centro de salud, había muerto Ángelo, su hijo de 13 años, arrollado por un TransMilenio cuando trataba de colarse junto a otros menores en la estación de Pradera, en la Avenida las Américas. Los forenses encontraron 4.500 pesos y la tarjeta en el bolsillo del niño. El señor González no resistió tanto absurdo, tanto dolor.


Este niño estudiaba en el Colegio Nicolás Esguerra. Por esa época le hicieron homenajes unidos a campañas para que los alumnos no repitieran la trágica historia. Hoy en día no se ve un par, se ven decenas de pelados de ese colegio cruzando en el mismo punto en una sola tanda. Se graban videos y apuestan a cuál es más varoncito. Varias veces, ni miento ni exagero, han jugado a atravesar la troncal con los ojos vendados. Jodiendo la vida hoy; abonando a la cultura del atajo y a la tragedia de mañana.


En enero estuve en Buenos Aires y quedé sorprendido con la cultura de pago de la mayoría de los argentinos. Diferente a como se ve en el fútbol, como ciudadanos no son cancheros. En el Subte -que ya cumplió 100 años- , por ejemplo, cuando la taquillera no estaba dejaba abierto el torniquete para que la gente pasara, y la gente igual pagaba.

En la estación de tren que va para Tigre, en la misma plataforma donde se toma el vagón está el punto de pago. Es decir, uno puede no pagar -los $800 que vale- y subirse al tren sin que nadie se da cuenta. No hay barreras, avisos ni vigilantes, pero se hacían largas filas de gente comprando el tiquete e incluso no se rompían cuando llegaba el tren, que fácilmente pasaba cada 15 minutos. Allá el TransMilenio se llama Metrobus, es casi lo mismo, solo que no hay torniquete, porque no pagar se censura socialmente. En los tres sistemas, mi hermana es testigo, uno ve colombianos colándose.

 

Sincerémonos, mientras haya quienes paguen, el que se cuele en TransMilenio es un ladrón. Esa facilosofía de "no dejarse guevonear de nadie" también la usaron en su momento los Moreno, los Dávila, los Meléndez, los Rojas Birry, los Nule. Todos sospechamos que al colado le importa un carajo si le va bien o mal TransMilenio. Él dirá que es carísimo, lleno, demorado y malo, mientras daña las puertas y pone en peligro a gente que usa el Sistema. De hecho, cuando este tipo de personaje se ve obligado a hacer lo correcto, se siente como estúpido. Queda con los códigos patas arriba.

Dejémonos de hipocresías, decía. Bogotanos tramposos por placer, sabemos que están aquí. No se hagan. Lo sabemos porque son los mismos que se cuelan en la filas del banco o empujan a la salida de los conciertos. Se roban la señal de la TV por cable o adulteran el registro del agua o la luz. Los que tienen carro ponen la calcomanía de 'discapacitados' para capar Pico y Placa, y hacen doble fila para girar. Son los que meten billetes falsos "porque es que a mí me lo metieron". Que no vengan ahora los colados a justificarse, no les regalemos también ese atajo.

Los van a judicializar y nos lo venderán como la solución. Y seguiremos saturando el Sistema Judicial con infracciones al sentido común, y este seguirá escupiendo impunidad en lo principal. Pondrán cámaras, muros y barreras con plata que podrían usar para mejorar el servicio. Y seguiremos igual: sin atacar lo profundo, lo cultural.

Hacia allá vamos, seguramente llegará el día en que ser honesto no pagará en esta ciudad. Al honrado lo ponen de carne en el sandwich. Arriba, los poderosos, le dan por la cabeza, le cobran lo que les da la gana por lo que les dé la gana; abajo, el tramposo, el ladrón, se burla de sus escrúpulos y le agobia la vida. Ambos se dan la mano para verle al honesto la cara de pendejo, ambos, entre risas, le hacen zancadilla al progreso.


En fin, quisiera creer que el tramposo tiene remedio, que el torcido se rehabilita. Quisiera, digo, pero lo que de verdad pienso es que un asunto tan íntimo -tan universal- como la integridad simplemente se tiene o no se tiene. Cada uno sabrá, pero para mí el ventajoso lleva la trampa en el ADN, como lleva la dignidad el ciudadano que cuando se cansa pide a gritos sus derechos y que, por pobre que sea y por aburrido que esté del Sistema, al día siguiente vuelve a pagar su pasaje de TransMilenio.

Andrés Guevara Borges
En Twitter: @palabraseca
Léalo también en El Tiempo

jueves, 14 de junio de 2012

Gente exitosa




El éxito se le aparece a uno sin avisar, tal cual como el fracaso. La diferencia es que el primero lo vuelve a uno miedoso, vulnerable, suspicaz y neurótico, en cambio el segundo cae como un piano en la cabeza: yace uno sin nada más que perder, sin más ni menos que lo que uno es. 
El éxito depende de otros; el fracaso, en cambio, es de uno y de nadie más, y eso lo hace fascinante, auténtico.

Esta mañana recibí una lección de éxito y fracaso que me dejó abrumado, me la dio el taxista que me llevó al trabajo. Aunque aclaro, a tipos como ese no hay que llamarlos taxistas, ni abogados, ni médicos, ni gerentes ni empleados, ellos solo pueden ser una y nada más que una cosa: Gente exitosa.

A la salida de mi casa se parquea un grupo de taxistas. Es una zona residencial especial para ellos. Se conocen y por eso se reúnen enfrente de una verja a tomar tinto. Mientras revisan el agua y el aceite hablan, cuentan infidencias de pasajeros, se hacen bromas pesadas, mímicas de pelea y luego carcajean. Es su mundito, lo cuidan bien.

Hay una señora -la única mujer en el grupo- encargada de asignar los taxis. Ni tiene pito ni sabe chiflar, por eso, cuando uno sale a la calle, ella aplaude con angustia para llamar al taxi que le toca a uno. Me abre la puerta y me desea un feliz día de múltiples formas. Cuando voy de zapatos me dice "señor"; cuando voy de tenis, "joven". Conoce a los conductores y los despide por su nombre. Ellos le dan monedas, no siempre. No le importa, digo yo. Es que parece feliz.

En el grupito, los taxistas no me ven como pasajero sino como premio. Incluso se rotan para llevarme. Trabajo cerca de mi casa, no voy para el norte ni para el centro ni para el sur. Es una carrera que nunca supera las 60 unidades o los 4.000 pesos. La llaman el banderazo: no gastan mucha gasolina ni muchos nervios. Les conviene llevarme y a mí que me lleven, es una transacción que incluye confianza, seguridad, eficiencia y sí, plata, nunca más de 4.000 pesitos.

La señora que asigna los taxis, decía, es buena gente pero no sabe chiflar. A veces pienso que su candidez no le permite chiflar. Creo en un estereotipo, ridículo quizás, que dice que la gente cándida ni sabe escupir ni sabe chiflar. 

Esta mañana salí tarde, muy tarde, y mientras ella aplaudía para llamar a uno de 'sus' taxis, frente a mí ya se había parqueado otro con prisa, un 'clandestino' que justo pasaba por ahí, llegó tan rápido que resortó al frenar. Le pedí que me llevara al trabajo tan pronto como pudiera. En eso, vi como me miraba la señora y el grupo de taxistas: "frustración", es lo que recuerdo haber leído en sus miradas. "No es para tanto", pensé, son 4.000 tristes pesos.

"¡Vamos a ver si lo logramos! Estamos allá en...¡8 minutos!", me dijo el taxista. Un señorón, tendría 50 años. Yo le di las gracias incrédulo, cínico. Sabía que para lograr ese tiempo hacía falta tener a un irresponsable al volante y, a decir verdad, en ese momento era lo que menos me importaba.

De inmediato aceleró y no volvió a pisar el freno hasta llegar. Me refiero a todo él: su taxi, su vida, su filosofía y hasta la conversación que me propuso, que más que eso fue un monólogo, uno sobre el éxito y el fracaso y que reproduzco a continuación...

“Si vio lo que pasó, ¿no?...le gané la carrera al otro muchacho. Pero es que le voy a decir la verdad: a mí eso de sentarme ahí a hablar mierda, a tomar tinto y a quejarme del patrón…

Eso no va conmigo. Si uno sale a trabajar, es a trabajar. Yo no le digo a usted que no salude a la gente: uno tiene que decir buenos días, buenas tardes y buenas noches, pero quedarse ahí preguntando maricadas, perdóneme no. Eso llama cosas malas. ¿Cómo le digo? ¡El fracaso!...

Uno tiene que pensar positivamente. ¿Por qué le voy a decir que me está yendo mal, que me va mal? Si es que a mí me va bien. Esto se lo digo porque es que a uno le dan el carro, pero uno lo tiene que devolver lavado y tanqueado a las tres la tarde. Y claro, con el producido del día, de ahí para allá lo que quede es para mí…

No le miento. Yo a las doce del día ya tengo lo del tanqueo y lo del lavado. Fácilmente al día me puedo hacer cuarenta, cincuenta mil pesos diarios. Para mí. Míos. Libres. ¿Y por qué? Pues por que yo no mantengo parándome. Yo me despido de mi mujer y le digo que voy a trabajar porque eso es lo que hago. Si me quedo por ahí pendejeando…¿Cogemos la 26 hacia el aeropuerto o la 68?...

…Eso de sentarme a hablar de los pasajeros…A quejarme…¿Por qué se quejan? Pues porque no hacen ni mierda, ¿por qué cuando hablan dicen que les va mal?, pues porque se la pasan quejándose, haciendo amigos en vez de plata. Yo con sinceridad le digo esto: …estoy cuadrando de a millón, millón doscientos. Cuando me va mal pues un poquito menos…pero no me quejo. Nunca me quejo…

En Semana Santa los colegas decían que qué semana tan larga, que qué semana tan mala, que no hubo trabajo…. Esa semana yo me hice exactamente lo mismo de siempre, como una semana normal. Yo si no me pongo con miserias. Es más, si usted se pone a pensar estos tipos que se parquean se gastan la plata en tinto y empanadas. Se paran a comer, a orinar, a compinchar, me perdona la palabra, a guevonear…

…¡Mire! Es como si usted…usted que va para El Tiempo, usted qué es, ¿periodista? Sí. Ah, pues aprovecho. Figúrese que en la oreja de La Esperanza con Boyacá construyeron apartamentos, ¡Apartamentos! Eso es espacio público, eso no se puede comprar, ¿dónde ha visto usted que alguien venda la oreja de un puente?

Bueno. Ahí le comento…Pero volviendo al tema que le hablaba. ¿Usted es periodista?…¡Eso!. Por eso. Es como si usted se gastara el día, perdóneme, hablando mierda en lugar de escribir noticias.

Una hora de la mañana saludando, una hora del almuerzo contando lo que ha hecho y una hora de la tarde quejándose de que no le rinde. ¡Quejándose de usted mismo! Le digo, caballero, además, que uno no debe quejarse del patrón. Yo al menos no, es que él me dio el trabajito. Tampoco lamerle el culo, porque más de la mitad de mi esfuerzo termina en los bolsillos de él. Pero eso sí, tengo que avisparme, no puedo tumbarme yo mismo, así nadie llega a ser alguien… ¿Si me entiende?...

Y…¡7 minutos! Se lo dije, 6, 7, sí, 7 minuticos… (…) Usted dirá dónde lo dejo, caballero. Con mucho gusto. Serían…son...83 unidades….mmm…6.000 pesitos...”.

*Publicado también en El Tiempo

 Andrés G. Borges
@palabraseca

Usted y cuántos más

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