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lunes, 16 de julio de 2012

Qué pereza ser campeón



Si algo admiraba hasta ayer del hincha promedio de Santa Fe era su fabulosa relación con el fracaso. Debe ser muy lindo, pensaba yo, nunca haber visto campeón al equipo de uno y sin embargo ponerse la camiseta, ir al estadio o seguirlo por TV sin otro fin que el de abrazar una tradición. Es un sentimiento auténtico, volví a pensar. Pero ayer ganaron y, no sé, se me antoja que fue más lo que perdieron: la mística.
Es raro ver a esos hinchas en el triunfo. Con risa nerviosa de campeón, teniendo que estar "en las buenas" sin la dignidad y abnegación de estar "en las malas". Ni siquiera anoche se les veía disfrutar con comodidad. Durante la premiación no sabían si abrazarse, llorar, gritar, llamar a un hincha de Millonarios o subir fotos a Facebook. Es como si hubieran descubierto lo que otros ya hemos vivido pero que mejor no decimos en voz alta: si uno no jugó en la cancha, ser campeón de la Liga Postobón no es gran cosa.

Santa Fe perdió un tesoro y en el fondo sus hinchas lo saben, sobre todo los más viejos. A la salida del estadio pasaban engarrotados de frío, se acomodaban la bufanda para sonreír a las cámaras y con esfuerzo se abrían las chompas para besar el escudo. Gritaban "¡Santa Fe, Santa Fe, Santcofff!", tosían y caminaban apuradito, pensaban si coger taxi o Transmilenio. No se hallaban. Finalmente, los más viejos, insisto, se fueron a celebrar a la casa porque qué raro es celebrar, porque qué pereza es ser campeón.
Durante el partido, el hincha de Santa Fe que más conozco, mi papá, fue ejemplo vivo de lo que estoy diciendo. Descontando que sufrió todo el partido, cuando por fin Santa Fe marcó él se enfrascó en una absurda discusión con mi mámá sobre si Copete cabeceó o pechó la pelota. A tres minutos del final renegaba desesperado por la falta puntería de Ómar Pérez para meter el segundo gol (que nunca necesitó). Tras el pitazo final se enojó porque vio a Edwin Cardona buscándole pelea a un jugador del Pasto, resaltó que "está gordo y aparte no la suelta". Y así, haciendo lo suyo: sufriendo. No hubo éxtasis en su celebración, le picaba. Acarició al perro y le dijo cursi "¡¡campeones!!". Luego se fue a dormir.

Así son y así eran los hinchas de Santa Fe. Como Pacheco, Daniel Samper, Amparo Grisales, Yamit Amad, auténticos y divertidos papanatas. Pero hoy no, ya no es lo mismo de antes.  Tantos años de espera no son en vano. Esos hinchas, ayer, disfrazaron de mesura la incomodidad y el vacío que les vuelve a producir el éxito. Saben en el fondo quepertenecen al grupito de cinco mil que, gane o pierda, nunca falta en el Campín. Tantos años de espera no son en vano. Hinchas viejos, como él, disfrazaron de mesura la incomodidad y el vacío que les vuelve a producir el éxito.
Anoche Santa Fe perdió la mística, esa que lo diferenciaba de odiosos equipos como el mío. Ahora tendrán hinchas arrogantes como yo, de esos que echamos en cara campeonatos de hace décadas, de los que hacemos sacar jugadores extranjeros, de los que no creemos en los procesos ni esperamos a la cantera, de los que chiflamos cuando el equipo toca hacia atrás. Hinchas nefastos, como yo, sea de América, Millonarios o Nacional.

El día después de ser campeón es el más duro, hoy el hincha de Santa Fe lo sabe. Esperar 37 años (o uno) por la alegría de ganar un campeonato y luego sentir que no era para tanto, ver como esa emoción decrece a medida que pasa la borrachera de triunfo. Darse cuenta de que la ciudad no necesita una estrella en el escudo del equipo sino en la alcaldía, no un representante en la Copa Libertadores sino vías, empleo, seguridad y sol. 

Con Santa Fe recordé la famosa victoria pírrica, donde queda más daño en el vencedor que en el vencido. Ganó un título merecidísimo, perdió la mística y la extática. No hay nada más relativo que el éxito y Santa Fe ya empezó a padecer esa maldición. O sino pregúntele a los pelados que se mataron por celebrar encima de un camión. O a la pequeña Santafecita Bareño Rodríguez. Qué pereza volver a ser campeón.

Andrés G. Borges
En Twitter: @Palabraseca
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jueves, 14 de junio de 2012

Gente exitosa




El éxito se le aparece a uno sin avisar, tal cual como el fracaso. La diferencia es que el primero lo vuelve a uno miedoso, vulnerable, suspicaz y neurótico, en cambio el segundo cae como un piano en la cabeza: yace uno sin nada más que perder, sin más ni menos que lo que uno es. 
El éxito depende de otros; el fracaso, en cambio, es de uno y de nadie más, y eso lo hace fascinante, auténtico.

Esta mañana recibí una lección de éxito y fracaso que me dejó abrumado, me la dio el taxista que me llevó al trabajo. Aunque aclaro, a tipos como ese no hay que llamarlos taxistas, ni abogados, ni médicos, ni gerentes ni empleados, ellos solo pueden ser una y nada más que una cosa: Gente exitosa.

A la salida de mi casa se parquea un grupo de taxistas. Es una zona residencial especial para ellos. Se conocen y por eso se reúnen enfrente de una verja a tomar tinto. Mientras revisan el agua y el aceite hablan, cuentan infidencias de pasajeros, se hacen bromas pesadas, mímicas de pelea y luego carcajean. Es su mundito, lo cuidan bien.

Hay una señora -la única mujer en el grupo- encargada de asignar los taxis. Ni tiene pito ni sabe chiflar, por eso, cuando uno sale a la calle, ella aplaude con angustia para llamar al taxi que le toca a uno. Me abre la puerta y me desea un feliz día de múltiples formas. Cuando voy de zapatos me dice "señor"; cuando voy de tenis, "joven". Conoce a los conductores y los despide por su nombre. Ellos le dan monedas, no siempre. No le importa, digo yo. Es que parece feliz.

En el grupito, los taxistas no me ven como pasajero sino como premio. Incluso se rotan para llevarme. Trabajo cerca de mi casa, no voy para el norte ni para el centro ni para el sur. Es una carrera que nunca supera las 60 unidades o los 4.000 pesos. La llaman el banderazo: no gastan mucha gasolina ni muchos nervios. Les conviene llevarme y a mí que me lleven, es una transacción que incluye confianza, seguridad, eficiencia y sí, plata, nunca más de 4.000 pesitos.

La señora que asigna los taxis, decía, es buena gente pero no sabe chiflar. A veces pienso que su candidez no le permite chiflar. Creo en un estereotipo, ridículo quizás, que dice que la gente cándida ni sabe escupir ni sabe chiflar. 

Esta mañana salí tarde, muy tarde, y mientras ella aplaudía para llamar a uno de 'sus' taxis, frente a mí ya se había parqueado otro con prisa, un 'clandestino' que justo pasaba por ahí, llegó tan rápido que resortó al frenar. Le pedí que me llevara al trabajo tan pronto como pudiera. En eso, vi como me miraba la señora y el grupo de taxistas: "frustración", es lo que recuerdo haber leído en sus miradas. "No es para tanto", pensé, son 4.000 tristes pesos.

"¡Vamos a ver si lo logramos! Estamos allá en...¡8 minutos!", me dijo el taxista. Un señorón, tendría 50 años. Yo le di las gracias incrédulo, cínico. Sabía que para lograr ese tiempo hacía falta tener a un irresponsable al volante y, a decir verdad, en ese momento era lo que menos me importaba.

De inmediato aceleró y no volvió a pisar el freno hasta llegar. Me refiero a todo él: su taxi, su vida, su filosofía y hasta la conversación que me propuso, que más que eso fue un monólogo, uno sobre el éxito y el fracaso y que reproduzco a continuación...

“Si vio lo que pasó, ¿no?...le gané la carrera al otro muchacho. Pero es que le voy a decir la verdad: a mí eso de sentarme ahí a hablar mierda, a tomar tinto y a quejarme del patrón…

Eso no va conmigo. Si uno sale a trabajar, es a trabajar. Yo no le digo a usted que no salude a la gente: uno tiene que decir buenos días, buenas tardes y buenas noches, pero quedarse ahí preguntando maricadas, perdóneme no. Eso llama cosas malas. ¿Cómo le digo? ¡El fracaso!...

Uno tiene que pensar positivamente. ¿Por qué le voy a decir que me está yendo mal, que me va mal? Si es que a mí me va bien. Esto se lo digo porque es que a uno le dan el carro, pero uno lo tiene que devolver lavado y tanqueado a las tres la tarde. Y claro, con el producido del día, de ahí para allá lo que quede es para mí…

No le miento. Yo a las doce del día ya tengo lo del tanqueo y lo del lavado. Fácilmente al día me puedo hacer cuarenta, cincuenta mil pesos diarios. Para mí. Míos. Libres. ¿Y por qué? Pues por que yo no mantengo parándome. Yo me despido de mi mujer y le digo que voy a trabajar porque eso es lo que hago. Si me quedo por ahí pendejeando…¿Cogemos la 26 hacia el aeropuerto o la 68?...

…Eso de sentarme a hablar de los pasajeros…A quejarme…¿Por qué se quejan? Pues porque no hacen ni mierda, ¿por qué cuando hablan dicen que les va mal?, pues porque se la pasan quejándose, haciendo amigos en vez de plata. Yo con sinceridad le digo esto: …estoy cuadrando de a millón, millón doscientos. Cuando me va mal pues un poquito menos…pero no me quejo. Nunca me quejo…

En Semana Santa los colegas decían que qué semana tan larga, que qué semana tan mala, que no hubo trabajo…. Esa semana yo me hice exactamente lo mismo de siempre, como una semana normal. Yo si no me pongo con miserias. Es más, si usted se pone a pensar estos tipos que se parquean se gastan la plata en tinto y empanadas. Se paran a comer, a orinar, a compinchar, me perdona la palabra, a guevonear…

…¡Mire! Es como si usted…usted que va para El Tiempo, usted qué es, ¿periodista? Sí. Ah, pues aprovecho. Figúrese que en la oreja de La Esperanza con Boyacá construyeron apartamentos, ¡Apartamentos! Eso es espacio público, eso no se puede comprar, ¿dónde ha visto usted que alguien venda la oreja de un puente?

Bueno. Ahí le comento…Pero volviendo al tema que le hablaba. ¿Usted es periodista?…¡Eso!. Por eso. Es como si usted se gastara el día, perdóneme, hablando mierda en lugar de escribir noticias.

Una hora de la mañana saludando, una hora del almuerzo contando lo que ha hecho y una hora de la tarde quejándose de que no le rinde. ¡Quejándose de usted mismo! Le digo, caballero, además, que uno no debe quejarse del patrón. Yo al menos no, es que él me dio el trabajito. Tampoco lamerle el culo, porque más de la mitad de mi esfuerzo termina en los bolsillos de él. Pero eso sí, tengo que avisparme, no puedo tumbarme yo mismo, así nadie llega a ser alguien… ¿Si me entiende?...

Y…¡7 minutos! Se lo dije, 6, 7, sí, 7 minuticos… (…) Usted dirá dónde lo dejo, caballero. Con mucho gusto. Serían…son...83 unidades….mmm…6.000 pesitos...”.

*Publicado también en El Tiempo

 Andrés G. Borges
@palabraseca

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