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lunes, 17 de junio de 2013

Despedirse bien


Cada dos semanas hago el turno de la noche en el periódico. El trabajo empieza a las tres de la tarde y va hasta el filo de la media noche. La hora de dormir, como un reflejo, va de tres de la mañana hasta casi el medio día. Son cinco 'días' raros en los que a mi organismo se le averían las bobinas y el termostato. Siento hambre y sed a horas insólitas, las cobijas me sofocan, la cama me pide sentarme y la silla de la oficina acostarme. Ese guayabo de maldormir se manifiesta con una presión en el pecho, pero también en el entrecejo. Se siente como si la nariz pesara más que la cabeza. Y hay más dolencias, pero otro síntoma del bed-lag, como de cualquier borrachera, es que a uno se le olvidan las cosas.


Esa semana -de lunes a viernes- soy además un ausente, una linea punteada en mi casa. Cuando llego a la una de la mañana mis papás están tan profundos que en al día siguente no recuerdan que los saludé a cada uno con un beso en la frente. Y temprano en la mañana, cuando ellos madrugan a irse, yo estoy tan dormido que no recuerdo el que me dieron para despedirse. 

Desayuno a las dos de la tarde y el almuerzo, que mi mamá deja preparado bajo ese estatus, me lo como frío a las dos de la madrugada. En unos meses me iré de la casa, muy lejos, y pienso mucho que mi tiempo ahí vale oro, pero cada dos semanas vivimos en husos horarios distintos con mis papás, hablamos poquito, no nos despedimos. O nos despedimos mal. Recuerdo que un sábado, tras una de esas semanas, me levanté y todavía restregándome los ojos les dije «¡Oigan! No nos veíamos desde el domingo».

El viernes pasado antes de media noche, al final de esa semana aplastadora, tal vez producto del hastío, la sed y el hambre que me producía, me animé a salir a tomar con tres compañeros de la oficina que compartían el mismo turno y los mismos síntomas. Quedé con ellos de llegar a donde sea que fueran y a la hora que me propusieran, pero debía ir primero a mi casa para dejar el carro y el morral. Nuestro encuentro, haciendo cuentas, tendría lugar hacia las dos de la mañana, así que ninguno me creyó, pero yo estaba decidido a ir. A sacudirme esa semana nefasta con trago y música, como casi nunca hago.

Abrí pasito la puerta de la casa y por primera vez en esas cinco noches mi mamá no solo estaba despierta, sino levantada y aún vestida de diario. Estaba terminando de comerse una pasta para microondas. La saludé, le pregunté por qué la encontraba así, tiré el morral y mientras me lavaba la cara para espabilarme me dijo que acababa de llegar de una despedida con Ana Irene, Nancy Aponte y Gladys Gallego, amigas suyas de toda la vida. 

Yo ya me cepillaba los dientes y me preguntó si es que pensaba salir tan tarde. «No salgas, Andrés, son casi las dos. Qué te vas a ir a esta hora. Descansa». Durante un momento me extrañó que lo dijera porque ella nunca lo hace, pero tenía la boca tan llena de dentífrico que preferí no interpelar. Tomé con afán los papeles, la plata, las llaves y le di un beso mal puesto que fue a dar casi en su oreja. Ella me tomó de la mano y con un gesto quiso hacer otro intento para que no me fuera. Cuando vio que era inútil, me dijo que más tarde le avisará que iba a estar bien porque si no no podía dormirse. «Sí, dale», fue lo último que le dije.

En el taxi, camino hacia el bar, con la mente inquieta, obligada por la falta de pensamientos y acción, recordé esa rara despedida con vergüenza, primero, y luego con pánico. «Esta maldita ciudad es muy peligrosa... Qué tal mi mamá haya presagiado algo... O qué tal le pase algo a ella mientras duerme, por haber comido tan tarde, como al primo del hermano de fulano...¿Y si eso fue lo último que le dije a mi mamá?... Y este hijueputa va a 100 por hora, si el man se llega a estrellar yo salgo volando a la mierda. Dónde se abrocha este hijueputa cinturón»

Por poco creyente que uno se sienta hay que saber que todos tenemos un dios cubriendo el segundo palo, a quien invocamos, así sea durante un parpadeo, cuando queremos agotar todas las instancias de la fe. Bueno, puede que haya acudido a uno o a varios a bordo de ese taxi endemoniado, pero en ese momento los dioses no estaban ahí conmigo, sino en mi casa, sin yo saberlo, asaltados por preguntas de mi mamá.

«Usted es mucho patriota. A mí me llaman para salir a media noche y no me sacan ni a patadas», me recibió con nítido acento pereirano uno de los de la oficina. Entonces pensé de nuevo en mi mamá. La llamé. No contestó. Pensé que era normal, eran casi las tres de la mañana. Le iba a dejar un mensaje de voz pero en el escándalo no oía ni mi propia voz. Entre los mariachis, el aguardiente, el humo y la comida se extendió la noche a la madrugada y la madrugada al día. Me fui cuando los bolsillos y el cuerpo no dieron más, me zumbaban los oídos. Pensaba que dormiría todo el día, que sería un sábado corto. Nada de eso.

Eran las ocho de la mañana pasadas. Estaba oloroso, mareado y exhausto. Otra vez, como en la noche anterior, abrí pasito la puerta y esta vez fue mi papá el que me recibió: con la cara triste, recién bañado y vestido de negro. Miré al pasillo y a la sala y enseguida le pregunté dónde estaba mi mamá. Me volvió el presagio, la vergüenza, el pánico, el parpadeo, la invocación. Dejé de respirar. Él se estaba acomodando el cuello de la camisa y lo suspendió, me vio fijo y puso un gesto de lamento que levantó cada pliegue de su cara, desde la frente hasta la barbilla. Las cejas, los labios...

«Salió temprano para el funeral de Ana Irene. Esta madrugada se murió Ana Irene»... 

Solo un puñado de personas conocía el estado de salud de Ana Irene, de 55 años, la gran amiga de mi mamá. Pocos sabían la gravedad de su cáncer de útero, que en tres meses se extendió a todo el cuerpo. Hermetismo, más que discreción, fue su deseo. Ni siquiera le dio aviso a la tía con la que nunca se reconcilió ni a sus compañeros de trabajo. Ella misma ya había decidido quién iba y quién no iba a ir a su funeral, cuya duración, dejó dicho, no debería ser mayor a un día.


Una semana antes la habían desahuciado y por ello las visitas eran permanentes. Rafael, el esposo, y Cristina, la única hija de los dos, de 20 años, acompañaban a Ana Irene en el turno de la noche, despidiéndose en cada mirada, venciendo al sueño entre el ruido de las enfermeras, los líquidos y los monitores. Mi mamá, Nancy Aponte y Gladys Gallego fueron a visitarla muy tarde aquel viernes. Vieron muy mal a Cristina pero peor a Rafael: era «una despedida», como en efecto dijo mi mamá. 

Ese viernes y madrugada del sábado, mientras yo le decía adiós con afán a mi mamá y ella intentaba en vano convencerme de que no me fuera, mientras renegaba entre aguardientes de mi turno de noche en el periódico, de mi dolor de espalda, Rafael, en el hospital, le pedía a Cristina que bajara a la cafetería a comprar un yoghurt. Que tomara aire un rato y que se diera una vuelta por ahí. 

Ese fue el último deseo que Ana Irene le encomendó en secreto a su esposo: que su hija saliera del cuarto porque quería morirse, descansar, y sentía que «con ella presente no era capaz». Cuando Cristina volvió a la habitación el silencio le dio la noticia: su mamá ya se había despedido.


Andrés Guevara Borges
En Twitter: @palabraseca
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jueves, 5 de julio de 2012

Mañana voy a morir



La muerte quedó de pasar mañana y no sé cómo recibirla. Me da vergüenza con ella porque cuando viene a este continente, a este país, a esta ciudad, se anda con afanes. Trabaja sin descanso, a doble jornada y se le mide a la más apretada de las agendas.
Sinceramente quisiera una visita rápida, sin bebidas calientes ni palmaditas en el hombro.Supongo que debo sacarle tiempo a nuestro encuentro, ella estará feliz de saber que por esperarla he venido muriendo poco a poco, como un infiernal preámbulo; yo estaré tranquilo porque me la voy a encontrar sí o sí, vivo en un lugar donde cuesta sacarle el culo. No dijo más. Que fresco, que esté listo, que ella mañana se aparece y me desaparece. Que mañana voy a morir.

No sé ni siquiera qué ponerme, qué comer, si salir de la casa o enclaustrarme, si lavar la loza, tender la cama o ir al trabajo. ¿Seré un muerto más? Ojalá, de eso se trata, no quiero ser un muerto que otro reclame, pero no depende de mí sino de dónde me encuentre ella: la muerte.Esperar a mañana, porque además de dejar de existir, tengo mil cosas qué hacer. 

Antes de las seis de la mañana haré una fila de cuatro horas para cobrar la pensión, moriré tras un infarto fulminante frente a la fachada del banco HSBC. Los medios culparán al Sistema, al de pensiones, al de salud..reclamarán también mi muerte. Yo, desde el más allá, con pena tendré que reconocer que la culpa fue mía, que los bancos abren a las ocho de la mañana, que si lo deseaba me podían consignar la pensión, que no tenía necesidad de hacer cola desde tan temprano, que soy un viejo mañoso al que le gusta contar la plata. Que me busqué mi mala suerte, que mejor nadie reclame mi muerte.

Si sobrevivo, tomaré un desayuno alto en grasas trans y padeceré diecinueve tipos de cáncer. Mi nombre irá a las estadísticas, seré ese "uno-de-cada-tres" o ese "cuatro-de-cada-diez". Seré también un número en las campañas de medicina preventiva, me recordarán en el día mundial de la enfermedad que me mató y cada año harán de mi muerte un caso ejemplarizante, como hicieron con otros antes de mí. Produciré fugaz compasión y después, mucho después, algún sensato dirá con razón que fumaba, tomaba y tripeaba, que fue mi vida de excesos y, tal vez, mi ADN los únicos responsables.

Si no morí, al medio día saldré en una y mil cámaras de seguridad a las que solo tiene acceso Noticias RCN. Ya sea por conducir borracho o por imprudente, será RCN quien se quede con los derechos para TV de mis últimos minutos. También puedo ser una estrella negra si es que me embiste una flota y me desparrama en el asfalto. Dirán que no quise usar mi inteligencia vial, que no tomé con seriedad a los auxiliares bachilleres que, disfrazados de payasos, me invitaron a usar los puentes peatonales. Mi epitafio dirá que soy un simple peatón imprudente. Yo, en el cajón, diré que ni siquiera fui eso. Solo un simple. 

Sobrevivir en este punto será ya sería el colmo de la fortuna, así que por la tarde me apuñalarán o me tirarán ácido en la cara para robarme el celular. Según el destino también, seré recordado como el cajero de una casa de cambios, el joven abogado de Harvard, el padre cabeza de familia o -si llevo la camiseta de un equipo- el hincha. Los abogados de Harvard, los vendedores ambulantes, Goles En Paz, Samsung y la FVRCBG (Fundación de Víctimas de Robo de Celulares de Baja Gama) convocarán marchas. Cada uno querrá que sea su muerto, es seguro que sí. 

Si aún no he dejado de existir entrada la noche es porque me espera la más terrible y especial de las muertes. Puede que desaparezca en Halloween cuando me tiren al caño del Virrey. Suerte para mí, será una muerte a cuatro columnas sacada de un guión de Danny Cannon al mejor estilo de 'Sé lo que hicieron el verano pasado'. Suerte también si, en cambio, le adhieren una bomba lapa a mi carro y lo vuela en pedazos. Parecerá que mi muerte fue escrita y dirigida por Mick Jackson. Todo un titular para abrir un noticiero, de esos de poner musiquita.

Pero no morí. Y son malas noticias: la soledad de la noche trae muertes cada vez peores. Puede que sea víctima de tortura y violación en el Parque Nacional. Si es que eso pasa debo esperar que mi atacante no sea un violador más, mi muerte quedaría impune. Hace falta que sea un psicópata, un aberrado enfermo de sangre fría que use lo que tenga a la mano para empalarme y mandarme a mí a la primera plana de los diarios y a él a un asiento en los juzgados de Paloquemao.

Con muy poco me hará Trending Topic, protagonista de marchas, cacerolazos, plantones y canelazos. Hará que Gilma Jiménez y Gustavo Bolívar se aprendan mi nombre y lo griten manoteando a los cuatro vientos. Después pasaré de moda. Con muy poco, les decía, con un palo, con lo que mi asesino tuvo a la mano, me convertiré un muerto aleccionador. Un palo, en este país esa puede ser la diferencia entre un muerto famoso y un muerto más: un palo.

Mañana, a esta hora, no espero haber sobrevivido a un día en Colombia, pero si es así, solo me restan esperar las muertes pendejas y místicas, esas que nunca vienen por acá: una cáscara de banano, un sueño dulce a los 90 años, el ataque de un oso, una autocombustión, un envenenamiento con mariscos, un caníbal en Miami que saboree mis pómulos, un paracaídas que no abrió...
No sé. Al parecer aquí uno no se puede morir tranquilo, en su intimidad, cara a cara los dos: la muerte y yo. Ojalá la mía no sea de esas muertes para siempre, que uno sabe que en Colombia para siempre nunca dura más de quince días. Me da comezón incluirme entre los vivos. Les decía que mañana quedó de visitarme la muerte, pero no sé, sincerándome, prefiero ir y buscarla a ella.

Andrés G. Borges
En Twitter: @palabraseca
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