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miércoles, 17 de abril de 2013

Noticia de un embarazo


Las coincidencias andan por ahí acechando para ver uno qué piensa de la vida. Lo ponen a uno a preguntarse si es que estamos libreteados desde siempre, si no se puede gambetear el destino que nos tocó. Si es que nos pertenece o qué. 

Queriéndonos decir que hay un plan para todos: así andan por ahí las coincidencias. Pero es una trampa, porque no somos más que un fárrago de moléculas cargadas de voluntad y suerte. Eso es al menos lo que quisiéramos creer, que nuestro destino no está escrito aunque leamos el horóscopo.

Hay que ver ese dilema como un saldito a favor que tenemos en la vida: ser huérfanos de los dioses, pero cada uno con las mismas oportunidades; insustanciales, pero libres.

Cuando Sir Arthur Conan Doyle creó al detective Sherlock Holmes, sintió que de entrada debía justificar esos casos que Sherlock no iba a resolver con razonamiento puro y cultura científica, sino con inesperados 'arepazos' en el guión. Lo que le salió a Doyle fue una máxima universal para los de carne y hueso: "no existen las coincidencias, sólo lo inevitable".

Un día le pregunté a Clara, mi mamá, por qué ella y yo tenemos nervios de paloma cuando, en cambio, mi papá y mi hermana son tan frescos, tan mesurados. Ella, que francamente no sé si cree en las coincidencias, me recordó que tengo un segundo padre, además de Jorge. Que fui hijo de un holocausto.

Como al final todo llega a saberse en la vida, mi mamá hizo una jarra de tinto y se sentó a contarme la historia:

Era por la mañana, miércoles, 6 de noviembre de 1985. Mi mamá madrugó como todos los días a llevar al jardín a Paulita, mi hermana, quien tendría un año y pico. Era una bebé regordeta y de lo más tranquila. Y medio taimada: ya hasta caminaba.

Paulita se despedía de mi mamá y en lugar de berrear le hacía coquitos juntando la boca con la nariz, como diciendo "Eñññe". Luego se perdían de vista y Paulita se soltaba a abrazar a las profesoras hasta embobarlas de gracia. Sobre todo a la profe Lilia Calderón, quien años después se consagró como amiga entrañable de la familia. Incluso, Clara y Jorge, mis papás, fueron padrinos de bautizo de una de sus hijas. Ese miércoles, las tres cumplieron la misma rutina. (clic en cada imagen para ampliar)

La noche anterior, Paulita y mi papá vieron vomitar a mi mamá varias veces. Ella se recostó, apretó los ojos, levantó el teléfono y pidió una cita médica prioritaria al dispensario de la Caja de Previsión Social. Se la dieron para el día siguiente, aquel miércoles 6, a las 9:00 a.m., en la sede de la Carrera Séptima con calle 16, ahí en el Parque Santander. Y fue.

Serían las 9:40 a.m. cuando mi mamá dejó el edificio de su cita médica y atravesó el Parque Santander hacia el sur, caminando ligero para cumplir con una reunión en el Departamento Administrativo de Bienestar Social, DABS, en la Octava con 11, en plena esquina norte de la Alcaldía de Bogotá. Como mi papá también trabajaba ahí, ella apretó más el paso para ver si podía encontrarse con él.

Solo lo supo mucho tiempo después, pero en esa caminata por el Santander mi mamá se cruzó varias veces con un puñado de agentes de inteligencia de altísimo perfil, civiles y militares, según se sabe. Desde la madrugada, los tipos custodiaban las mismas cinco cuadras que ella recorría a punta de pasitos frenéticos.

El expolicía Ricardo Gámez era uno de ellos. Días antes, él y otros agentes estuvieron acuartelados en el norte bajo la advertencia de que ese miércoles, 6 de noviembre de 1985, algo grande iba a ocurrir. 

Tan preparados estaban para lo peor que, más temprano, habían montado un operativo secreto en la Casa del Florero. Hoy con mi mamá imaginamos sus caras, su miedo. Tal vez el mismo miedo que sintió Llorente, en esa misma casa, aquel día de mercado de 1810, cuando desató la independencia de este país -dizque- por no querer prestar un florero, según reza la inflamada mitología criolla.

Ricardo Gámez, detective de una nómina paralela, no solo sabía que iba a tener un día largo, estaba seguro de que más tarde tendría que matar o como mínimo ver muertos. Son casi las 10:20 a.m. y mi mamá ya va atravesando el costado norte de la Plaza de Bolívar hasta entrar al edificio del DABS, su destino.

Mientras mi mamá ingresa, a una cuadra, siete guerrilleros del M-19 apadrinados por el lado oscuro de la luna, Pablo Escobar y 'Los Extraditables', ingresan al Palacio de Justicia armados con fusiles y explosivos C-4 traídos de Nicaragua. Esa era la primera misión de la operación que los malos llamaron 'Antonio Nariño por los Derechos del Hombre'. La segunda misión era un aviso telefónico desde adentro del lugar. Minutos después la cumplieron y tres decenas de guerrilleros iban en camino; comienza el Holocausto, como lo llamaron los buenos.

Mi mamá no recuerda de qué se habló en la tal reunión de ese día, solo sabe con seguridad que era un comité mensual de directoras de Jardines Infantiles. Solo eso la obligaría a ir al centro, pues su oficina quedaba al sur por la vía Villavicencio, en el Jardín Infantil Quindío.

Poco antes de las 11:00 a.m. mis papás finalmente coinciden dentro del edificio del DABS, se saludan y bajan a la calle, cruzan la acera y entran a El Cécil, una cafetería que años atrás había recibido las primeras citas de su relación. Les gustaba  porque había un mezzanine con vista al Palacio. Hace poco pasé por la Octava y El Cécil (ahora alterno-hipster) todavía existe, pero se llama Bonaparte- Restaurant Crêperie.

En la acera de enfrente, en el parqueadero occidental del Palacio, Gerardo Díaz y Eulogio Blanco, celadores de Cobasec Ltda., con apenas días en el trabajo, eran asesinados sin contemplaciones por militantes del M-19. Nunca se supo con certeza si cayeron abaleados o degollados. No hubo testigos.

Jorge y Clara, inocentes de la historia que se iba escribiendo a su alrededor, se dieron un piquito doble –“¡pbbh, pbbh!"- y volvieron a la torre del DABS tomados de la mano. Cuando alcanzaron el último escalón del tercer piso mi mamá se detuvo y no aguantó más:

"¿Sabes qué, 'Georgie'? Ahorita estuve en el dispensario de La Caja. Estoy embarazada"… 

Cuando mi papá casi lograba un gesto definitivo para responder a la noticia, todo fue estallidos.  "¡BOOM, BOOM, BOOM, BOOM!". Y luego, silencio…

***

El sonido del cañón de ciertas armas largas es parecido al de un latigazo en una bandeja de aluminio. Antes de salir del canuto, el proyectil da tantas vueltas sobre su eje que el primer disparo, si se hace caminando -por ejemplo-, vuela muy por arriba del blanco; y si se hace corriendo, muy por debajo.

Uno de esos disparos erráticos alcanzó a René Acuña, un hombre que iba hacia su trabajo en Almacenes Valher, en la novena con 16. Durante unos minutos su cuerpo quedó tendido en la calle y nadie lo volvió a ver. 23 años después fue encontrado en una fosa común en la que se mezclaron desaparecidos del Palacio, pero también de la tragedia de Armero -que sucedió una semana después-. En total 35 cuerpos. Acuña fue el único transeúnte que murió ese miércoles, mientras un hombre que decidió seguir alimentando a las palomas de la Plaza de Bolívar, en pleno tiroteo, volvió a casa sin un rasguño. Los gajes del destino.

Sobre el medio día, Ricardo Gámez, el agente de inteligencia que aguardaba en la calle, ya se había puesto a órdenes del operativo que más temprano no tenía nombre, y que luego se convirtió en el Plan Nacional de Defensa 'Tricolor 83',  liderado por el Coronel Luis Carlos Sadovnik.

Parte del plan era la retoma del Palacio, y parte de esta eran pequeñas tomas a edificios aledaños para asegurar un perímetro de acción. Así, decenas de efectivos de la Policía y el Ejército ingresaron a la fuerza a la Catedral Primada, al Palacio de Liévano, a construcciones menores sobre la Carrera Octava -como el café El Cécil- y, claro, a la torre del DABS.

Allí estaban mis papás, Jorge y Clara –ella con un bebé en la panza-, junto a otros ocho empleados. Aguardaban encerrados en una oficina como entre la risa y el llanto. En un absurdo. Mi mamá dice que de los nervios se daban abrazos de pánico mientras otros hacían chistes bobos sobre morir y eso. Germán, al que apodaban 'el loco', se puso a monear haciendo fieros por las ventanas que daban a la Plaza hasta que vinieron los jefes a regañarlo. Y mi papá, impávido, también con nervios pero de plomo, siguió escribiendo una constancia de trabajo en su máquina Reminton. A veces iban al mismo compás sus teclazos y los balazos de afuera. 

***

Al otro lado de la Plaza de Bolívar, en la Casa del Florero, Ricardo Gámez ponía en marcha otro plan -esta vez secreto- que le fue encomendado tal y como décadas después le confesó a las víctimas en un video, que llegó al buzón de la Revista Semana: 

          "Recibí órdenes directas de -El coronel Luis Alfonso- Plazas Vega de torturar y pasarle un informe. Si la persona fallecía, no había ningún problema: ya estaba predestinado para eso...".

***

Carmen Helena Bernal, directora del jardín infantil Jorge Bejarano, y Martha León, secretaria del Jefe de Personal, les gritaban a mi mamá y a otras empleadas que se escondieran bajo los escritorios. Lo intentaron varias veces y en todos los tonos pero ninguna atendió. Ni siquiera lo hicieron cuando once francotiradores subieron a la azotea del DABS arrasando con puertas y ventanas. Debe ser porque el peor de los miedos no es el que hace temblar, llorar, sudar y gritar, sino el que paraliza.

De inmediato se triplicaron los disparos. En la calle, soldados ocultos tras las columnas de la Alcaldía asomaban sus fusiles y los disparaban sin mirar hacia el Palacio, como quien tiene una sola oportunidad y se aferra a Dios y a su suerte: otra cara del miedo.

Mi mamá dice hoy que se pasmó por el pavor. Que se lo guardó, lo pasó con tragos gruesos de saliva y, está convencida, se lo transmitió todo al bebé. 

A las 4:00 p.m., entre las ráfagas y los bombazos, uniformados de todos los colores evacuaron a gritos cada oficina de cada piso en el DABS. Se hizo por el parqueadero trasero. Tomados de la mano, celadores, administrativos, secretarias, conductores, aseadoras y profesores formaban una cadena humana de llanto y ceños fruncidos que serpenteaba hasta la Carrera Décima.

Hay gente que lo ha experimentado y da fe de que los más trágicos eventos en la vida son también los más difíciles de detallar, pero mi mamá no recuerda otro tanto como este: cuenta que iba corriendo sujetada de la mano de mi papá y de la de Marinita Bohórquez, directora del Jardín Bello Horizonte, una de las grandes amigas de su vida laboral.

Recuerda, como si viera fotografías, que agazapada, mirando hacia el piso, pensó que se iba a morir. Avanzaba y cada cierta distancia le venía la sensación de que en cualquier momento recibiría un disparo conforme los oía estallar a lo lejos. Pensó que eso era todo, y que había que tomar decisiones. Apretó más fuerte la mano de Marinita,  la miró a los ojos como asegurándose de no tener que repetir el mensaje y le dijo: 

         "Si Jorge y yo no salimos vivos de acá cuide a mi Paulis, no se la entregue a nadie. Recoja a la niña en el jardín y cuídemela".

Esa tarde Marinita Bohórquez no tuvo que recoger a Paulita, pero las palabras de mi mamá la unieron para siempre a la niña, a mi hermana. Marinita nunca se casó pero es una mujer muy católica y muy mariana, por eso Paula, a modo de recompensa, la escogió años después como su madrina de confirmación.


***

Ese 6 de noviembre, una cuadra más arriba de donde mi mamá se puso a salvo, el agente Ricardo Gámez vio salir del Palacio de Justicia a una mujer embarazada. Era Ana Castiblanco, auxiliar de la cafetería. Tenía una barriga de siete meses y una semana antes había pedido la licencia de maternidad que nunca recibió. Los nervios por el tiroteo y los incendios la pusieron en labores de parto apenas minutos después, entre un camión militar. Ana tuvo el bebé pero nadie la volvió a ver. Su cuerpo apareció en el año 2000 en el Cementerio del Sur. Gámez asegura que el niño de Ana vive, hoy tiene 27 años y fue criado por un suboficial que, desde luego, nunca le dijo la verdad.

5:15 p.m.: Mi mamá supo que se había salvado cuando llegó con mi papá y otros cientos a la Carrera Décima y un gamín le pidió una moneda de 5 pesos -de esas que venían con La Pola grabada-. La indiferencia que se respiraba en esa calle maldita no tenía nombre. Eso irritaba, pero poco a poco tranquilizaba. El transporte público y particular circulaba como si nada, los corrillos de pasajeros de la hora pico estaban ahí como cualquier día. Los gritos de los comerciantes nunca se fueron, el olor a pescado y naranja tampoco. Era en ese entonces, y es hoy, la misma mierda de siempre.
De regreso al jardín de Paulita y luego al barrio mi papá no dijo una sola palabra. Cuando llegaron a la casa él sacó a la sala el televisor General Electrics que teníamos, sintonizó el Noticiero de las Siete y se puso a planchar unos pañales de tela en la esquina del comedor. En esas, mi mamá servía la comida con una mano y con la otra sostenía a Paulita, que ya dormía recostada en sus propios cachetes.

En pantalla, el Palacio de Justicia ardería 10 horas más...

***

Ese día solo sucedió lo inevitable. Tuvieron que pasar años para darnos cuenta de que el destino no es otra cosa que una madeja echada a rodar. Cree uno que hay tantos caminos que cada persona tiene el suyo aparte, que si se cruzan es por obra de un tremendo azar. Al final, cuando pasa el tiempo y la madeja se hace más pequeña hasta que ya no rueda más -cuando cada cual muere-, aparece esa única hebra de la que todos vamos colgados: el destino.

Estirado y horizontal, sin coincidencias ni profecías, sin epifanías ni déjà vúes, nunca deja de ser el mismo destino para todos, solo que cada cual tira de la parte del hilo que le tocó, cada cual corre a cunclillarse desde el escondite que eligió.

A las 9:40 p.m. mi mamá acostó a Paulita y terminó de llamar y atender llamadas de amigos y familiares. Estaba exhausta de contarles la misma historia, de explicar las coincidencias que la situaron cerca del Palacio, de describir los terribles sonidos e imágenes, de recordar lo que le tocó decirle a Marinita Bohórquez. Le dolía la cabeza y asomaban de nuevo las náuseas. Mi papá apagó el televisor, se le arrimó, le sobó la 'panza' y recuperó el habla:

        “Gorda. Si es niña, Natalia; si es niño, Andrés. Y con Ricardo, como ese muñeco tuyo. Andrés Ricardo…”

Mi mamá volvió a sonreír, habían pasado 12 horas desde la última vez.


Andrés G. Borges

En Twitter: @palabraseca













***


















Fin.

jueves, 5 de julio de 2012

Mañana voy a morir



La muerte quedó de pasar mañana y no sé cómo recibirla. Me da vergüenza con ella porque cuando viene a este continente, a este país, a esta ciudad, se anda con afanes. Trabaja sin descanso, a doble jornada y se le mide a la más apretada de las agendas.
Sinceramente quisiera una visita rápida, sin bebidas calientes ni palmaditas en el hombro.Supongo que debo sacarle tiempo a nuestro encuentro, ella estará feliz de saber que por esperarla he venido muriendo poco a poco, como un infiernal preámbulo; yo estaré tranquilo porque me la voy a encontrar sí o sí, vivo en un lugar donde cuesta sacarle el culo. No dijo más. Que fresco, que esté listo, que ella mañana se aparece y me desaparece. Que mañana voy a morir.

No sé ni siquiera qué ponerme, qué comer, si salir de la casa o enclaustrarme, si lavar la loza, tender la cama o ir al trabajo. ¿Seré un muerto más? Ojalá, de eso se trata, no quiero ser un muerto que otro reclame, pero no depende de mí sino de dónde me encuentre ella: la muerte.Esperar a mañana, porque además de dejar de existir, tengo mil cosas qué hacer. 

Antes de las seis de la mañana haré una fila de cuatro horas para cobrar la pensión, moriré tras un infarto fulminante frente a la fachada del banco HSBC. Los medios culparán al Sistema, al de pensiones, al de salud..reclamarán también mi muerte. Yo, desde el más allá, con pena tendré que reconocer que la culpa fue mía, que los bancos abren a las ocho de la mañana, que si lo deseaba me podían consignar la pensión, que no tenía necesidad de hacer cola desde tan temprano, que soy un viejo mañoso al que le gusta contar la plata. Que me busqué mi mala suerte, que mejor nadie reclame mi muerte.

Si sobrevivo, tomaré un desayuno alto en grasas trans y padeceré diecinueve tipos de cáncer. Mi nombre irá a las estadísticas, seré ese "uno-de-cada-tres" o ese "cuatro-de-cada-diez". Seré también un número en las campañas de medicina preventiva, me recordarán en el día mundial de la enfermedad que me mató y cada año harán de mi muerte un caso ejemplarizante, como hicieron con otros antes de mí. Produciré fugaz compasión y después, mucho después, algún sensato dirá con razón que fumaba, tomaba y tripeaba, que fue mi vida de excesos y, tal vez, mi ADN los únicos responsables.

Si no morí, al medio día saldré en una y mil cámaras de seguridad a las que solo tiene acceso Noticias RCN. Ya sea por conducir borracho o por imprudente, será RCN quien se quede con los derechos para TV de mis últimos minutos. También puedo ser una estrella negra si es que me embiste una flota y me desparrama en el asfalto. Dirán que no quise usar mi inteligencia vial, que no tomé con seriedad a los auxiliares bachilleres que, disfrazados de payasos, me invitaron a usar los puentes peatonales. Mi epitafio dirá que soy un simple peatón imprudente. Yo, en el cajón, diré que ni siquiera fui eso. Solo un simple. 

Sobrevivir en este punto será ya sería el colmo de la fortuna, así que por la tarde me apuñalarán o me tirarán ácido en la cara para robarme el celular. Según el destino también, seré recordado como el cajero de una casa de cambios, el joven abogado de Harvard, el padre cabeza de familia o -si llevo la camiseta de un equipo- el hincha. Los abogados de Harvard, los vendedores ambulantes, Goles En Paz, Samsung y la FVRCBG (Fundación de Víctimas de Robo de Celulares de Baja Gama) convocarán marchas. Cada uno querrá que sea su muerto, es seguro que sí. 

Si aún no he dejado de existir entrada la noche es porque me espera la más terrible y especial de las muertes. Puede que desaparezca en Halloween cuando me tiren al caño del Virrey. Suerte para mí, será una muerte a cuatro columnas sacada de un guión de Danny Cannon al mejor estilo de 'Sé lo que hicieron el verano pasado'. Suerte también si, en cambio, le adhieren una bomba lapa a mi carro y lo vuela en pedazos. Parecerá que mi muerte fue escrita y dirigida por Mick Jackson. Todo un titular para abrir un noticiero, de esos de poner musiquita.

Pero no morí. Y son malas noticias: la soledad de la noche trae muertes cada vez peores. Puede que sea víctima de tortura y violación en el Parque Nacional. Si es que eso pasa debo esperar que mi atacante no sea un violador más, mi muerte quedaría impune. Hace falta que sea un psicópata, un aberrado enfermo de sangre fría que use lo que tenga a la mano para empalarme y mandarme a mí a la primera plana de los diarios y a él a un asiento en los juzgados de Paloquemao.

Con muy poco me hará Trending Topic, protagonista de marchas, cacerolazos, plantones y canelazos. Hará que Gilma Jiménez y Gustavo Bolívar se aprendan mi nombre y lo griten manoteando a los cuatro vientos. Después pasaré de moda. Con muy poco, les decía, con un palo, con lo que mi asesino tuvo a la mano, me convertiré un muerto aleccionador. Un palo, en este país esa puede ser la diferencia entre un muerto famoso y un muerto más: un palo.

Mañana, a esta hora, no espero haber sobrevivido a un día en Colombia, pero si es así, solo me restan esperar las muertes pendejas y místicas, esas que nunca vienen por acá: una cáscara de banano, un sueño dulce a los 90 años, el ataque de un oso, una autocombustión, un envenenamiento con mariscos, un caníbal en Miami que saboree mis pómulos, un paracaídas que no abrió...
No sé. Al parecer aquí uno no se puede morir tranquilo, en su intimidad, cara a cara los dos: la muerte y yo. Ojalá la mía no sea de esas muertes para siempre, que uno sabe que en Colombia para siempre nunca dura más de quince días. Me da comezón incluirme entre los vivos. Les decía que mañana quedó de visitarme la muerte, pero no sé, sincerándome, prefiero ir y buscarla a ella.

Andrés G. Borges
En Twitter: @palabraseca
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