Mostrando entradas con la etiqueta frase de cajón. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta frase de cajón. Mostrar todas las entradas

lunes, 10 de febrero de 2014

Decirle a un buen tipo que tiene chucha


Jairo Espitia era un buen tipo pero tenía la peor chucha que he olido en mi vida. Lo mismo decían todos en la oficina, sobre todo por la tarde, y sobre todo las mujeres, que huelen más y mejor.

Cuando no teníamos de qué hablar hablábamos del hedor en las axilas de Jairo Espitia. Todos, como en una terapia de grupo, teníamos algo que decir. Se tocaba tanto el tema que incluso lo estirábamos hasta la hora de almuerzo, cada vez con menos asco, cada vez con más crueldad.

Los hombres le apostábamos a adivinar el día de baño de Jairo Espitia. Unos le íbamos al sábado por la mañana y otros al domingo por la noche, ninguno ponía en duda que era solo un día a la semana. Así de fuerte le chillaba la ardilla al pobre de Jairo Espitia.

Las mujeres, en cambio, no se ponían de acuerdo sobre cuál olfateaba mejor el sudor de Jairo Espitia. Una decía puerro, otra cebolla, otra ají de árbol y otra cilantro. Luego que no, que ajo, que cábano, que chistorra o coliflor.

Había tantas cosas que contar sobre el sobaco de Jairo Espitia casi no se trabajaba. Cuando no eran burlas eran hipótesis y cuando no eran hipótesis, preguntas. ¿Alguna vez olió bien? ¿Estará enfermo? ¿Nadie le habrá dicho? ¿Será hormonal? ¿Cómo un ser humano puede oler tan mal? ¿No se olerá él mismo? ¿O se huele y no le importa lo que pensemos?

Pero Jairo Espitia era un tipazo y nadie se creía capaz de decírselo en la cara, ni siquiera los que jurábamos que, estando en su lugar, agradeceríamos un poquito de sinceridad.

Pensamos en todo: mandar al practicante, pegarle una nota en la espalda, crear un Facebook de Rexona y enviarle un poke, dejarle un desodorante en el puesto, adelantar dos meses el Amigo Secreto y darle un bono de La Riviera, poner de intermediario a algún familiar suyo e incluso "escalar" la situación a Recursos Humanos. Todo, pero no, no había manera. Nadie se le medía. ¿Cómo irá a reaccionar un ser como Jairo Espitia?. Seguro fallamos, seguro nos pilla y seguro deja de ser el tipazo que siempre ha sido.

¿El olor? Cada vez más penetrante, más lacrimógeno. Al parecer nuestro cuchicheo y el aire acondicionado se habían encargado de regar el chisme a las oficinas contiguas y, pronto, a todo el edificio. En apenas unos días vimos a cada empleado de la empresa pasar hasta el escritorio de Jairo Espitia para hablar con él de cualquier cosa, para comprobar el rumor -el humor- con sus propias narices. Desfilaban calladitos. Unos se iban sonriendo y otros más bien con cara de náusea. Pobre de Jairo Espitia.

Una tarde finalmente se saldó la situación. Jairo Espitia me llamó a la extensión y me dijo muy serio que necesitaba contarme algo importante, que solo me quitaba un momentico.

Tomé aire... Entré a su oficina y sin ningún preámbulo Jairo Espitia me confesó que desde hacía varias semanas nos venía vigilando a todos los empleados. Solté el aire. Que instaló en secreto un WorkMeter para medir la productividad y había encontrado que diecisiete empleados estábamos muy lejos del rango. Que con eso bastaba para terminarme el contrato sin indemnización, liquidación ni prestaciones. Que agradecía mis servicios pero que la larga era más rentable contratar practicantes. Que devolviera el carnet en la oficina de Personal, que me deseaba mucha suerte en la vida y que si yo no tenía más que agregar le cerrara la puerta al salir.

Quedará para las estadísticas de productividad que esa semana, en total, diecisiete empleados de Jairo Espitia & Asociados encontramos sin esfuerzo las palabras para decirle a nuestro jefe que no era ningún buen tipo y que tenía la peor chucha que habíamos olido en nuestras vidas.


Publicado también en El Tiempo
Twitter: @palabraseca

sábado, 18 de enero de 2014

Español de España


Al idioma Español hay que quererlo harto pero no tanto, no como para casarse con él o prometerle fidelidad. Más bien quererlo como a un buen amigo, uno al que le cuesta socializar por sus múltiples estados de ánimo.

Se sabe que aquí en España lo quieren mucho. Cada que una expresión de otra lengua se vuelve de uso común la bañan a baldados con Español castizo, y no solo en los mundos fabulosos del arte, que ya es imperdonable, sino también en los asuntos más terciarios de la vida cotidiana.

En fin, puede no ser un capricho sentimental o un enjuague de la RAE. Escritores reputados de otras tierras, que alguna vez se establecieron aquí en la península, ya explicaron el amor ciego de los españoles por el Español mucho mejor que yo: 

S. Maugham, por ejemplo, que era francés, se fue diciendo que «la mayor obra literaria de los españoles no era El Quijote sino el diccionario». O Guillermo Cabrera Infante, cubano -después nacionalizado británico- estudioso del idioma, cuando recordó en su columna de El País, allá en 1987, algo que olvidamos de nuestra viva lengua muerta: «El Español es demasiado importante para dejarlo en manos de los españoles».

Todo esto para decir que de ese Español mezquino ya tengo historias aquí en Madrid. Alguna ya está a medio escribir. En estos días la posteo.

Andrés G. Borges

miércoles, 17 de abril de 2013

Noticia de un embarazo


Las coincidencias andan por ahí acechando para ver uno qué piensa de la vida. Lo ponen a uno a preguntarse si es que estamos libreteados desde siempre, si no se puede gambetear el destino que nos tocó. Si es que nos pertenece o qué. 

Queriéndonos decir que hay un plan para todos: así andan por ahí las coincidencias. Pero es una trampa, porque no somos más que un fárrago de moléculas cargadas de voluntad y suerte. Eso es al menos lo que quisiéramos creer, que nuestro destino no está escrito aunque leamos el horóscopo.

Hay que ver ese dilema como un saldito a favor que tenemos en la vida: ser huérfanos de los dioses, pero cada uno con las mismas oportunidades; insustanciales, pero libres.

Cuando Sir Arthur Conan Doyle creó al detective Sherlock Holmes, sintió que de entrada debía justificar esos casos que Sherlock no iba a resolver con razonamiento puro y cultura científica, sino con inesperados 'arepazos' en el guión. Lo que le salió a Doyle fue una máxima universal para los de carne y hueso: "no existen las coincidencias, sólo lo inevitable".

Un día le pregunté a Clara, mi mamá, por qué ella y yo tenemos nervios de paloma cuando, en cambio, mi papá y mi hermana son tan frescos, tan mesurados. Ella, que francamente no sé si cree en las coincidencias, me recordó que tengo un segundo padre, además de Jorge. Que fui hijo de un holocausto.

Como al final todo llega a saberse en la vida, mi mamá hizo una jarra de tinto y se sentó a contarme la historia:

Era por la mañana, miércoles, 6 de noviembre de 1985. Mi mamá madrugó como todos los días a llevar al jardín a Paulita, mi hermana, quien tendría un año y pico. Era una bebé regordeta y de lo más tranquila. Y medio taimada: ya hasta caminaba.

Paulita se despedía de mi mamá y en lugar de berrear le hacía coquitos juntando la boca con la nariz, como diciendo "Eñññe". Luego se perdían de vista y Paulita se soltaba a abrazar a las profesoras hasta embobarlas de gracia. Sobre todo a la profe Lilia Calderón, quien años después se consagró como amiga entrañable de la familia. Incluso, Clara y Jorge, mis papás, fueron padrinos de bautizo de una de sus hijas. Ese miércoles, las tres cumplieron la misma rutina. (clic en cada imagen para ampliar)

La noche anterior, Paulita y mi papá vieron vomitar a mi mamá varias veces. Ella se recostó, apretó los ojos, levantó el teléfono y pidió una cita médica prioritaria al dispensario de la Caja de Previsión Social. Se la dieron para el día siguiente, aquel miércoles 6, a las 9:00 a.m., en la sede de la Carrera Séptima con calle 16, ahí en el Parque Santander. Y fue.

Serían las 9:40 a.m. cuando mi mamá dejó el edificio de su cita médica y atravesó el Parque Santander hacia el sur, caminando ligero para cumplir con una reunión en el Departamento Administrativo de Bienestar Social, DABS, en la Octava con 11, en plena esquina norte de la Alcaldía de Bogotá. Como mi papá también trabajaba ahí, ella apretó más el paso para ver si podía encontrarse con él.

Solo lo supo mucho tiempo después, pero en esa caminata por el Santander mi mamá se cruzó varias veces con un puñado de agentes de inteligencia de altísimo perfil, civiles y militares, según se sabe. Desde la madrugada, los tipos custodiaban las mismas cinco cuadras que ella recorría a punta de pasitos frenéticos.

El expolicía Ricardo Gámez era uno de ellos. Días antes, él y otros agentes estuvieron acuartelados en el norte bajo la advertencia de que ese miércoles, 6 de noviembre de 1985, algo grande iba a ocurrir. 

Tan preparados estaban para lo peor que, más temprano, habían montado un operativo secreto en la Casa del Florero. Hoy con mi mamá imaginamos sus caras, su miedo. Tal vez el mismo miedo que sintió Llorente, en esa misma casa, aquel día de mercado de 1810, cuando desató la independencia de este país -dizque- por no querer prestar un florero, según reza la inflamada mitología criolla.

Ricardo Gámez, detective de una nómina paralela, no solo sabía que iba a tener un día largo, estaba seguro de que más tarde tendría que matar o como mínimo ver muertos. Son casi las 10:20 a.m. y mi mamá ya va atravesando el costado norte de la Plaza de Bolívar hasta entrar al edificio del DABS, su destino.

Mientras mi mamá ingresa, a una cuadra, siete guerrilleros del M-19 apadrinados por el lado oscuro de la luna, Pablo Escobar y 'Los Extraditables', ingresan al Palacio de Justicia armados con fusiles y explosivos C-4 traídos de Nicaragua. Esa era la primera misión de la operación que los malos llamaron 'Antonio Nariño por los Derechos del Hombre'. La segunda misión era un aviso telefónico desde adentro del lugar. Minutos después la cumplieron y tres decenas de guerrilleros iban en camino; comienza el Holocausto, como lo llamaron los buenos.

Mi mamá no recuerda de qué se habló en la tal reunión de ese día, solo sabe con seguridad que era un comité mensual de directoras de Jardines Infantiles. Solo eso la obligaría a ir al centro, pues su oficina quedaba al sur por la vía Villavicencio, en el Jardín Infantil Quindío.

Poco antes de las 11:00 a.m. mis papás finalmente coinciden dentro del edificio del DABS, se saludan y bajan a la calle, cruzan la acera y entran a El Cécil, una cafetería que años atrás había recibido las primeras citas de su relación. Les gustaba  porque había un mezzanine con vista al Palacio. Hace poco pasé por la Octava y El Cécil (ahora alterno-hipster) todavía existe, pero se llama Bonaparte- Restaurant Crêperie.

En la acera de enfrente, en el parqueadero occidental del Palacio, Gerardo Díaz y Eulogio Blanco, celadores de Cobasec Ltda., con apenas días en el trabajo, eran asesinados sin contemplaciones por militantes del M-19. Nunca se supo con certeza si cayeron abaleados o degollados. No hubo testigos.

Jorge y Clara, inocentes de la historia que se iba escribiendo a su alrededor, se dieron un piquito doble –“¡pbbh, pbbh!"- y volvieron a la torre del DABS tomados de la mano. Cuando alcanzaron el último escalón del tercer piso mi mamá se detuvo y no aguantó más:

"¿Sabes qué, 'Georgie'? Ahorita estuve en el dispensario de La Caja. Estoy embarazada"… 

Cuando mi papá casi lograba un gesto definitivo para responder a la noticia, todo fue estallidos.  "¡BOOM, BOOM, BOOM, BOOM!". Y luego, silencio…

***

El sonido del cañón de ciertas armas largas es parecido al de un latigazo en una bandeja de aluminio. Antes de salir del canuto, el proyectil da tantas vueltas sobre su eje que el primer disparo, si se hace caminando -por ejemplo-, vuela muy por arriba del blanco; y si se hace corriendo, muy por debajo.

Uno de esos disparos erráticos alcanzó a René Acuña, un hombre que iba hacia su trabajo en Almacenes Valher, en la novena con 16. Durante unos minutos su cuerpo quedó tendido en la calle y nadie lo volvió a ver. 23 años después fue encontrado en una fosa común en la que se mezclaron desaparecidos del Palacio, pero también de la tragedia de Armero -que sucedió una semana después-. En total 35 cuerpos. Acuña fue el único transeúnte que murió ese miércoles, mientras un hombre que decidió seguir alimentando a las palomas de la Plaza de Bolívar, en pleno tiroteo, volvió a casa sin un rasguño. Los gajes del destino.

Sobre el medio día, Ricardo Gámez, el agente de inteligencia que aguardaba en la calle, ya se había puesto a órdenes del operativo que más temprano no tenía nombre, y que luego se convirtió en el Plan Nacional de Defensa 'Tricolor 83',  liderado por el Coronel Luis Carlos Sadovnik.

Parte del plan era la retoma del Palacio, y parte de esta eran pequeñas tomas a edificios aledaños para asegurar un perímetro de acción. Así, decenas de efectivos de la Policía y el Ejército ingresaron a la fuerza a la Catedral Primada, al Palacio de Liévano, a construcciones menores sobre la Carrera Octava -como el café El Cécil- y, claro, a la torre del DABS.

Allí estaban mis papás, Jorge y Clara –ella con un bebé en la panza-, junto a otros ocho empleados. Aguardaban encerrados en una oficina como entre la risa y el llanto. En un absurdo. Mi mamá dice que de los nervios se daban abrazos de pánico mientras otros hacían chistes bobos sobre morir y eso. Germán, al que apodaban 'el loco', se puso a monear haciendo fieros por las ventanas que daban a la Plaza hasta que vinieron los jefes a regañarlo. Y mi papá, impávido, también con nervios pero de plomo, siguió escribiendo una constancia de trabajo en su máquina Reminton. A veces iban al mismo compás sus teclazos y los balazos de afuera. 

***

Al otro lado de la Plaza de Bolívar, en la Casa del Florero, Ricardo Gámez ponía en marcha otro plan -esta vez secreto- que le fue encomendado tal y como décadas después le confesó a las víctimas en un video, que llegó al buzón de la Revista Semana: 

          "Recibí órdenes directas de -El coronel Luis Alfonso- Plazas Vega de torturar y pasarle un informe. Si la persona fallecía, no había ningún problema: ya estaba predestinado para eso...".

***

Carmen Helena Bernal, directora del jardín infantil Jorge Bejarano, y Martha León, secretaria del Jefe de Personal, les gritaban a mi mamá y a otras empleadas que se escondieran bajo los escritorios. Lo intentaron varias veces y en todos los tonos pero ninguna atendió. Ni siquiera lo hicieron cuando once francotiradores subieron a la azotea del DABS arrasando con puertas y ventanas. Debe ser porque el peor de los miedos no es el que hace temblar, llorar, sudar y gritar, sino el que paraliza.

De inmediato se triplicaron los disparos. En la calle, soldados ocultos tras las columnas de la Alcaldía asomaban sus fusiles y los disparaban sin mirar hacia el Palacio, como quien tiene una sola oportunidad y se aferra a Dios y a su suerte: otra cara del miedo.

Mi mamá dice hoy que se pasmó por el pavor. Que se lo guardó, lo pasó con tragos gruesos de saliva y, está convencida, se lo transmitió todo al bebé. 

A las 4:00 p.m., entre las ráfagas y los bombazos, uniformados de todos los colores evacuaron a gritos cada oficina de cada piso en el DABS. Se hizo por el parqueadero trasero. Tomados de la mano, celadores, administrativos, secretarias, conductores, aseadoras y profesores formaban una cadena humana de llanto y ceños fruncidos que serpenteaba hasta la Carrera Décima.

Hay gente que lo ha experimentado y da fe de que los más trágicos eventos en la vida son también los más difíciles de detallar, pero mi mamá no recuerda otro tanto como este: cuenta que iba corriendo sujetada de la mano de mi papá y de la de Marinita Bohórquez, directora del Jardín Bello Horizonte, una de las grandes amigas de su vida laboral.

Recuerda, como si viera fotografías, que agazapada, mirando hacia el piso, pensó que se iba a morir. Avanzaba y cada cierta distancia le venía la sensación de que en cualquier momento recibiría un disparo conforme los oía estallar a lo lejos. Pensó que eso era todo, y que había que tomar decisiones. Apretó más fuerte la mano de Marinita,  la miró a los ojos como asegurándose de no tener que repetir el mensaje y le dijo: 

         "Si Jorge y yo no salimos vivos de acá cuide a mi Paulis, no se la entregue a nadie. Recoja a la niña en el jardín y cuídemela".

Esa tarde Marinita Bohórquez no tuvo que recoger a Paulita, pero las palabras de mi mamá la unieron para siempre a la niña, a mi hermana. Marinita nunca se casó pero es una mujer muy católica y muy mariana, por eso Paula, a modo de recompensa, la escogió años después como su madrina de confirmación.


***

Ese 6 de noviembre, una cuadra más arriba de donde mi mamá se puso a salvo, el agente Ricardo Gámez vio salir del Palacio de Justicia a una mujer embarazada. Era Ana Castiblanco, auxiliar de la cafetería. Tenía una barriga de siete meses y una semana antes había pedido la licencia de maternidad que nunca recibió. Los nervios por el tiroteo y los incendios la pusieron en labores de parto apenas minutos después, entre un camión militar. Ana tuvo el bebé pero nadie la volvió a ver. Su cuerpo apareció en el año 2000 en el Cementerio del Sur. Gámez asegura que el niño de Ana vive, hoy tiene 27 años y fue criado por un suboficial que, desde luego, nunca le dijo la verdad.

5:15 p.m.: Mi mamá supo que se había salvado cuando llegó con mi papá y otros cientos a la Carrera Décima y un gamín le pidió una moneda de 5 pesos -de esas que venían con La Pola grabada-. La indiferencia que se respiraba en esa calle maldita no tenía nombre. Eso irritaba, pero poco a poco tranquilizaba. El transporte público y particular circulaba como si nada, los corrillos de pasajeros de la hora pico estaban ahí como cualquier día. Los gritos de los comerciantes nunca se fueron, el olor a pescado y naranja tampoco. Era en ese entonces, y es hoy, la misma mierda de siempre.
De regreso al jardín de Paulita y luego al barrio mi papá no dijo una sola palabra. Cuando llegaron a la casa él sacó a la sala el televisor General Electrics que teníamos, sintonizó el Noticiero de las Siete y se puso a planchar unos pañales de tela en la esquina del comedor. En esas, mi mamá servía la comida con una mano y con la otra sostenía a Paulita, que ya dormía recostada en sus propios cachetes.

En pantalla, el Palacio de Justicia ardería 10 horas más...

***

Ese día solo sucedió lo inevitable. Tuvieron que pasar años para darnos cuenta de que el destino no es otra cosa que una madeja echada a rodar. Cree uno que hay tantos caminos que cada persona tiene el suyo aparte, que si se cruzan es por obra de un tremendo azar. Al final, cuando pasa el tiempo y la madeja se hace más pequeña hasta que ya no rueda más -cuando cada cual muere-, aparece esa única hebra de la que todos vamos colgados: el destino.

Estirado y horizontal, sin coincidencias ni profecías, sin epifanías ni déjà vúes, nunca deja de ser el mismo destino para todos, solo que cada cual tira de la parte del hilo que le tocó, cada cual corre a cunclillarse desde el escondite que eligió.

A las 9:40 p.m. mi mamá acostó a Paulita y terminó de llamar y atender llamadas de amigos y familiares. Estaba exhausta de contarles la misma historia, de explicar las coincidencias que la situaron cerca del Palacio, de describir los terribles sonidos e imágenes, de recordar lo que le tocó decirle a Marinita Bohórquez. Le dolía la cabeza y asomaban de nuevo las náuseas. Mi papá apagó el televisor, se le arrimó, le sobó la 'panza' y recuperó el habla:

        “Gorda. Si es niña, Natalia; si es niño, Andrés. Y con Ricardo, como ese muñeco tuyo. Andrés Ricardo…”

Mi mamá volvió a sonreír, habían pasado 12 horas desde la última vez.


Andrés G. Borges

En Twitter: @palabraseca













***


















Fin.

lunes, 27 de agosto de 2012

La paz no es contractual




Tantas décadas hablando de paz que ya hemos perdimos la página donde aparece su significado. Nos la venden como una era geológica: estable, inalterable y permanente durante siglos, que deja atrás lo de antes y le da la bienvenida a lo que viene de un tajo y sin vuelta atrás. Y la compramos, como idiotas la compramos.

Los mitos que hemos creado con la paz no son menos ingenuos que los creados por los violentos para justificar sus causas. Fines buenos y malos, todos absolutos, todos imposibles. Solo somos un océano de gente buena y mala, en este punto no importa quienes son más y quiénes son menos, juntos somos lo mismo: una horda de ingenuos.

Lo digo sin excluirme. Cuántas promesas hemos tragado enteras a quienes solo se prometen el poder. Y ahí estamos otra vez, a punto de volver a creer. Sin darnos cuenta hemos reducido la paz al cese al fuego con la guerrilla, a la desmovilización de criminales, a la derrota militar o al poder ir a la finca, hasta ese punto hemos querido conformarnos.

Hablamos de “una paz” como “La Paz”. Como si el estómago no pidiera comida tres veces al día, como si nuestra precaria educación garantizara el bienestar, como si los enfermos se murieran por enigmas de la ciencia y no por falta de dinero, como si los cuatro poderes operáramos. Como si fuéramos angelitos con la mala suerte de aguantar una violencia inmerecida.

No nos digamos mentiras, nuestra guerra es orgánica y con nosotros mismos, estamos tan podridos de irresponsabilidad que aceptaríamos como paz cualquier cosa que nos ofrezcan. Así también hemos aceptado cualquier cosa que llamen libertad, esperanza y felicidad. Nuestro patetismo nos pide tratados 
para no acabarnos entre nosotros.

¿Paz?, sí, también con los corruptos, los bancos, los jueces, los empresarios, los conductores borrachos y los periodistas. Con los malos ricos que roban y matan para tener más, con los malos pobres que humillan a otros pobres cuando salen a robar y a matar para comprarse unos tenis o un televisor de esos de colgar. Con los fanáticos de toda clase. Incluso con esos barrabrava que dan y quitan la vida por un equipo de su ciudad, los mismos que en soledad maldicen su suerte por no haber nacido en un arrabal de Buenos Aires.

¿Paz? Sí, pero con buena parte de los comentaristas de Internet, enanos mentales que se abrazan al anonimato para repetir sin ortografía los mismos chistes revolcados y las mismas ofensas infundadas. ¡Dialogos de paz conmigo!, que hablo más de lo que hago. Que soy un conductor neurótico y malaleche, un peatón que codea y mira rayado. Uno más como usted, que se queja por deporte y le da pereza actuar.

No nos engañemos. ¿Cuál paz? Si aun siendo una idea buena, bonita y barata no nos sirve porque no es gratis. Nos negamos a declarar nuestro propio Impuesto por la Paz, no estamos dispuestos a pagar ningún precio por ella. Y nos va costar, nadie lo dude. El día que se firme la paz -una paz- con la guerrilla me darán la razón: nunca habrá paz aunque haya, porque la paz no es contractual.

Andrés G. Borges
En Twitter: @palabraseca

miércoles, 18 de julio de 2012

No diga “eufemista”, diga “idiota”


gamin.jpg
Ya perdí la cuenta de cuánto y tanto que se ha escrito en contra del lenguaje incluyente, ha debido ser cientos de veces pero estoy convencido de que siempre serán muy pocas. Aún son muchos más los que prefieren reivindicar con palabras lo que no reivindican con derechos. Más los que se indignan cuando hay que llamar a las cosas por su nombre. Más los eufemistas sin causa o, para no seguir con eufemismos, más los imbéciles que le siguen el juego a la falsa inclusión.
Por boca de mi mamá, funcionaria de la Alcaldía de Bogotá hace 35 años, fui testigo como el Palacio de Liévano se convirtió en la madriguera de políticas de inclusión mentirosas y facilistas, basadas más en el uso políticamente correcto del lenguaje que en acciones directas y concretas hacia los ciudadanos. 
Pero el uso del lenguaje incluyente no es una recomendación de coctel político, no. Cada vez que se cambia la Administración en Bogotá y otras ciudades, empleados oficiales como mi mamá reciben memorandos membreteados donde explican por qué ya no hay que decirles "locos" a los pordioseros, sino mejor "indigentes", o mejor "desprotegidos", o no, mejor "personas en situación de vulnerabilidad" o no, mejor "habitantes de la calle". Cómo si a ellos les importara. Como si las palabras fueran por sí solas políticas públicas y las mentiras, francos derechos. 
Por fortuna que, con tanto cambio de términos y de alcaldes, mi mamá se fue deshaciendo poco a poco de esas patrañas que alguna vez acató. Qué más puedo decir, vivimos en Bogotá y un buen día me llamó decepcionada y con la indignación de un forista de internet me dijo: "hijo, un maldito gamín me atracó".
Dense cuenta, cada que nace un populista nace también un eufemismo de inclusión. Son nietos de Departamentos Administrativos, con padres dedicados a la esnobfilantropía como Gregorio Pernía o Gustavo Bolívar.  Con madres como Gilma Jiménez, que por ejemplo, con su "niñas, niños y adolescentes" convirtió el discurso sobre infancia en un ridículo trabalenguas. O como Piedad Córdoba, con sus "colombianas y colombianos" por la paz, a quien se le podría acusar de excluyente y sexista porque se le olvida decir: "Estamos comprometidos y comprometidas con los secuestrados y secuestradas. Vamos a traerlos y traerlas, pero estamos esperando las coordenadas...¿y coordenados?". 
Están por todas partes. Hoy toca pensarlo dos veces antes de llamar a las vainas con palabras castizas -puras, sin mezcla de voces ni giros extraños- que por algo están en el diccionario. 
Ya no debe haber nada negro, por ejemplo. Ni días negros, ni ovejas negras ni negras intenciones. De hecho,ni siquiera gente negra. Ahora toca acostumbrarse a decir ridiculeses como la que alguna vez escribí en Twitter: "ahí está Obama, afrodescendiendo por las escaleras de su Air Force 1".
Ya no es "ciego", "sordo", "prostituta", "anciano" o "mongólico", no. Ahora los mongólicos dejaron de sufrir de mongolismo -Síndrome de Down-, los paralíticos de parálisis y los inválidos pueden valerse. Ahora las putas tienen "vidas alegres", los sidosos "VIH positivo" y, mi 'favorito', los sordociegos son "personas en situación de discapacidad auditiva y visual". ¿Ah?, Parece casi una suerte que no tengan que ver ni oír semejantes estupideces.
Sé que mucho se ha escrito sobre este tema, pero como dije: nunca será suficiente. Gracias, amigo incluyente, por no incluirme en su lenguaje de majaderos -que se entienda que me refiero por igual a hombres y mujeres-. Y usted, querido lector, la próxima vez que un lingüista incluyente lo corrija no le diga "eufemista", dígale "idiota". Ahora, si no lo quiere ofender, dígale que es una "persona en situación de discapacidad cerebral".

Andrés G. Borges
En Twitter: @palabraseca
Lélalo también en EL TIEMPO

jueves, 5 de julio de 2012

Mañana voy a morir



La muerte quedó de pasar mañana y no sé cómo recibirla. Me da vergüenza con ella porque cuando viene a este continente, a este país, a esta ciudad, se anda con afanes. Trabaja sin descanso, a doble jornada y se le mide a la más apretada de las agendas.
Sinceramente quisiera una visita rápida, sin bebidas calientes ni palmaditas en el hombro.Supongo que debo sacarle tiempo a nuestro encuentro, ella estará feliz de saber que por esperarla he venido muriendo poco a poco, como un infiernal preámbulo; yo estaré tranquilo porque me la voy a encontrar sí o sí, vivo en un lugar donde cuesta sacarle el culo. No dijo más. Que fresco, que esté listo, que ella mañana se aparece y me desaparece. Que mañana voy a morir.

No sé ni siquiera qué ponerme, qué comer, si salir de la casa o enclaustrarme, si lavar la loza, tender la cama o ir al trabajo. ¿Seré un muerto más? Ojalá, de eso se trata, no quiero ser un muerto que otro reclame, pero no depende de mí sino de dónde me encuentre ella: la muerte.Esperar a mañana, porque además de dejar de existir, tengo mil cosas qué hacer. 

Antes de las seis de la mañana haré una fila de cuatro horas para cobrar la pensión, moriré tras un infarto fulminante frente a la fachada del banco HSBC. Los medios culparán al Sistema, al de pensiones, al de salud..reclamarán también mi muerte. Yo, desde el más allá, con pena tendré que reconocer que la culpa fue mía, que los bancos abren a las ocho de la mañana, que si lo deseaba me podían consignar la pensión, que no tenía necesidad de hacer cola desde tan temprano, que soy un viejo mañoso al que le gusta contar la plata. Que me busqué mi mala suerte, que mejor nadie reclame mi muerte.

Si sobrevivo, tomaré un desayuno alto en grasas trans y padeceré diecinueve tipos de cáncer. Mi nombre irá a las estadísticas, seré ese "uno-de-cada-tres" o ese "cuatro-de-cada-diez". Seré también un número en las campañas de medicina preventiva, me recordarán en el día mundial de la enfermedad que me mató y cada año harán de mi muerte un caso ejemplarizante, como hicieron con otros antes de mí. Produciré fugaz compasión y después, mucho después, algún sensato dirá con razón que fumaba, tomaba y tripeaba, que fue mi vida de excesos y, tal vez, mi ADN los únicos responsables.

Si no morí, al medio día saldré en una y mil cámaras de seguridad a las que solo tiene acceso Noticias RCN. Ya sea por conducir borracho o por imprudente, será RCN quien se quede con los derechos para TV de mis últimos minutos. También puedo ser una estrella negra si es que me embiste una flota y me desparrama en el asfalto. Dirán que no quise usar mi inteligencia vial, que no tomé con seriedad a los auxiliares bachilleres que, disfrazados de payasos, me invitaron a usar los puentes peatonales. Mi epitafio dirá que soy un simple peatón imprudente. Yo, en el cajón, diré que ni siquiera fui eso. Solo un simple. 

Sobrevivir en este punto será ya sería el colmo de la fortuna, así que por la tarde me apuñalarán o me tirarán ácido en la cara para robarme el celular. Según el destino también, seré recordado como el cajero de una casa de cambios, el joven abogado de Harvard, el padre cabeza de familia o -si llevo la camiseta de un equipo- el hincha. Los abogados de Harvard, los vendedores ambulantes, Goles En Paz, Samsung y la FVRCBG (Fundación de Víctimas de Robo de Celulares de Baja Gama) convocarán marchas. Cada uno querrá que sea su muerto, es seguro que sí. 

Si aún no he dejado de existir entrada la noche es porque me espera la más terrible y especial de las muertes. Puede que desaparezca en Halloween cuando me tiren al caño del Virrey. Suerte para mí, será una muerte a cuatro columnas sacada de un guión de Danny Cannon al mejor estilo de 'Sé lo que hicieron el verano pasado'. Suerte también si, en cambio, le adhieren una bomba lapa a mi carro y lo vuela en pedazos. Parecerá que mi muerte fue escrita y dirigida por Mick Jackson. Todo un titular para abrir un noticiero, de esos de poner musiquita.

Pero no morí. Y son malas noticias: la soledad de la noche trae muertes cada vez peores. Puede que sea víctima de tortura y violación en el Parque Nacional. Si es que eso pasa debo esperar que mi atacante no sea un violador más, mi muerte quedaría impune. Hace falta que sea un psicópata, un aberrado enfermo de sangre fría que use lo que tenga a la mano para empalarme y mandarme a mí a la primera plana de los diarios y a él a un asiento en los juzgados de Paloquemao.

Con muy poco me hará Trending Topic, protagonista de marchas, cacerolazos, plantones y canelazos. Hará que Gilma Jiménez y Gustavo Bolívar se aprendan mi nombre y lo griten manoteando a los cuatro vientos. Después pasaré de moda. Con muy poco, les decía, con un palo, con lo que mi asesino tuvo a la mano, me convertiré un muerto aleccionador. Un palo, en este país esa puede ser la diferencia entre un muerto famoso y un muerto más: un palo.

Mañana, a esta hora, no espero haber sobrevivido a un día en Colombia, pero si es así, solo me restan esperar las muertes pendejas y místicas, esas que nunca vienen por acá: una cáscara de banano, un sueño dulce a los 90 años, el ataque de un oso, una autocombustión, un envenenamiento con mariscos, un caníbal en Miami que saboree mis pómulos, un paracaídas que no abrió...
No sé. Al parecer aquí uno no se puede morir tranquilo, en su intimidad, cara a cara los dos: la muerte y yo. Ojalá la mía no sea de esas muertes para siempre, que uno sabe que en Colombia para siempre nunca dura más de quince días. Me da comezón incluirme entre los vivos. Les decía que mañana quedó de visitarme la muerte, pero no sé, sincerándome, prefiero ir y buscarla a ella.

Andrés G. Borges
En Twitter: @palabraseca
Léalo también en EL TIEMPO

martes, 27 de marzo de 2012

¿Existe la vida en martes?




Qué día de mierda es el martes. Insoportable. Nadie sabe qué pasa ahí porque en verdad nada pasa.. Tan lejos del fin de semana, tan presente el sabor del lunes. Tan incómodo vivirlo, pensarlo, asomar la cabeza el sábado y ya divisarlo. Empezarlo, incluso terminarlo.
Recordarlo con fastidio el miércoles y tener que esperarlo con resignación de condenado a muerte el domingo. Porque el lunes, día serio, con carácter, no da tiempo de pensar en la maldición que se aproxima: martes.

Todos los martes de mi almanaque están tachados desde enero. Son días muertos. Cansan más que los lunes, que los lunes de enero, que enero mismo...

Otros días tienen identidad. El miércoles tiene su día de ceniza. Y de cumbia. Y el infame 'viércoles' -como lo llaman los 'gocetas' al cabo de la cuaresma en Semana Santa. Y miércoles de fútbol para sobrellevar la mitad de la semana. Y miércoles de Baloto: mares de gente que pierde cinco mil pesos para que uno solo gane millones. Cuánta felicidad y tristeza en un solo día, cuántos sueños de martes que se derrumban, cuántos otros se construyen, se moldean, bailan en la cabeza, brincan en la almohada y vuelven a derrumbarse el siguiente miércoles. Gran día...

Y jueves. Día de revistas rosa, de columnas rosa, de conversaciones rosa. Día además de los maricas. De la última cena. De la revista 'Miércoles' de Barcelona. Pasan muchas maricadas el jueves, será por eso el día que los gays reclamaron como suyo. Pero pasan cosas, no como en martes.

Ni siquiera pasa algo el Martes 13, que es un martes de mierda como cualquier otro, con la diferencia de que no solo no pasa nada sino que no debería pasar nada. Un día para no emprender nada, para no terminar nada, para no zarpar hacia ninguna orilla, para no cerrar ni abrir negocio alguno, para no casarse -¿? como si la vida misma no estuviera diseñada para no casarse-. Qué gracia tiene el Martes 13 si uno no tiene metas qué alcanzar, botes qué navegar, dinero dónde invertir ni mujer que llevar al altar.

Sobra decir quiénes son viernes, sábado y domingo. Chicos malos, días con personalidad. Ni más ni menos...

El lugar común de odiar con nervio al lunes lo convirtió en un día importante, mencionable, memorable y otras cosas terminadas en able. Inmamable, por ejemplo, cuando es festivo. Y el lunes del zapatero. Es lunes: el día en que todo empieza a suceder menos el fútbol.

"Nos vemos el lunes", "arrancas el lunes", "mirémoslo el lunes con calma", "trabajas hasta el lunes", "usted tiene síndrome de lunes", de "lunes a viernes", "de lunes a domingo", "el lunes empiezo dieta, gimnasio, tratamiento, universidad, colegio", "Qué lunes tan largo", "hoy parece lunes" y claro, "primero fue lunes que martes"...

Maldita sea, es martes. Un desierto. Martes por Marte, por inexplorado y por inexplorable. Por aburrido, por árido y mentiroso. Ni siquiera hay marcianos en Marte: es arena el martes. ¿Existe la vida en martes? No. Es arena entre los dedos, en la punta de la lengua, en los ojos apretados, hinchados y secos por tormentas de tierra.

Día feo, irregular. Sábanas de polvo rompen en uno y se vuelven a unir atrás. Salivazos de cristales de sal y piedra. Y otro escupitajo más para sacar la sal sin sabor. Y resoplidos, y patear el lomo de una duna y echar a volar más arena. Y volver a escupir más. Luego quitarse toda esa arena de la más húmeda de las entrepiernas, y caminar mientras quema. Tratar de hacer bolitas de arena y no poder, no poder porque se diluye, como se diluye un martes. ¡Martes de mierda!

Martes de cine barato para un día barato. Nadie recuerda si algo que pasó, pasó un martes. "El 11-S fue un martes" y qué...y el Martes Negro, además de redundante -¿qué martes no es negro, qué martes no es sino un hueco?-, fue solo otro día de porquería en 1929, un año igualmente puerco.

Día borroso, sin sinestesia. Uno sabe que el lunes es rojo claro, que el miércoles es amarillo y naranja, que el jueves es marrón verdeoscuro, que el viernes es blanco con azul rey, que el sábado viene en escala de grises y que el domingo es azul oscuro con rojo y ocre.

El martes, en cambio, se ve como en pelea de mosquitos, no ofrece referencia, no tiene picos. No tiene nada. O bueno, sí: más y más desierto, tierra y arena. De arena está hecho ese día de mierda, de mierda está hecho ese día de arena.

"¿Ayer qué fue?", "¿hoy qué es?", "¿mañana qué va a ser?". "Eso cae un...lunes, miércoles...¡No!, mentiras, un...sábado", "Yo le pedí eso el... ¿lunes, miércoles?"...

¡Que nunca sea martes! Mejor "de este lunes en ocho", "de este miércoles en quince"...
¡Día sin apellido! Si no existiera el martes no pasaría nada; pero existe y existirá, con su presencia gaseosa, insufrible e impune y tampoco pasará nada. Nada que fluya pasa ahí.

Ni siquiera pasaría algo aún si uno cree que algo pasa contenido en esas fatuas veinticuatro horas. Yo, por ejemplo, pasé y no he pasado. También insufrible, también impune, gaseoso, no pasa nada conmigo. Será porque mi cuerpo esperó a nacer un aburrido 15 de julio de 1986: martes.

Andrés G. Borges
En Twitter: @palabraseca

Usted y cuántos más

También entre el cajón