Mostrando entradas con la etiqueta colombia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta colombia. Mostrar todas las entradas

lunes, 27 de agosto de 2012

La paz no es contractual




Tantas décadas hablando de paz que ya hemos perdimos la página donde aparece su significado. Nos la venden como una era geológica: estable, inalterable y permanente durante siglos, que deja atrás lo de antes y le da la bienvenida a lo que viene de un tajo y sin vuelta atrás. Y la compramos, como idiotas la compramos.

Los mitos que hemos creado con la paz no son menos ingenuos que los creados por los violentos para justificar sus causas. Fines buenos y malos, todos absolutos, todos imposibles. Solo somos un océano de gente buena y mala, en este punto no importa quienes son más y quiénes son menos, juntos somos lo mismo: una horda de ingenuos.

Lo digo sin excluirme. Cuántas promesas hemos tragado enteras a quienes solo se prometen el poder. Y ahí estamos otra vez, a punto de volver a creer. Sin darnos cuenta hemos reducido la paz al cese al fuego con la guerrilla, a la desmovilización de criminales, a la derrota militar o al poder ir a la finca, hasta ese punto hemos querido conformarnos.

Hablamos de “una paz” como “La Paz”. Como si el estómago no pidiera comida tres veces al día, como si nuestra precaria educación garantizara el bienestar, como si los enfermos se murieran por enigmas de la ciencia y no por falta de dinero, como si los cuatro poderes operáramos. Como si fuéramos angelitos con la mala suerte de aguantar una violencia inmerecida.

No nos digamos mentiras, nuestra guerra es orgánica y con nosotros mismos, estamos tan podridos de irresponsabilidad que aceptaríamos como paz cualquier cosa que nos ofrezcan. Así también hemos aceptado cualquier cosa que llamen libertad, esperanza y felicidad. Nuestro patetismo nos pide tratados 
para no acabarnos entre nosotros.

¿Paz?, sí, también con los corruptos, los bancos, los jueces, los empresarios, los conductores borrachos y los periodistas. Con los malos ricos que roban y matan para tener más, con los malos pobres que humillan a otros pobres cuando salen a robar y a matar para comprarse unos tenis o un televisor de esos de colgar. Con los fanáticos de toda clase. Incluso con esos barrabrava que dan y quitan la vida por un equipo de su ciudad, los mismos que en soledad maldicen su suerte por no haber nacido en un arrabal de Buenos Aires.

¿Paz? Sí, pero con buena parte de los comentaristas de Internet, enanos mentales que se abrazan al anonimato para repetir sin ortografía los mismos chistes revolcados y las mismas ofensas infundadas. ¡Dialogos de paz conmigo!, que hablo más de lo que hago. Que soy un conductor neurótico y malaleche, un peatón que codea y mira rayado. Uno más como usted, que se queja por deporte y le da pereza actuar.

No nos engañemos. ¿Cuál paz? Si aun siendo una idea buena, bonita y barata no nos sirve porque no es gratis. Nos negamos a declarar nuestro propio Impuesto por la Paz, no estamos dispuestos a pagar ningún precio por ella. Y nos va costar, nadie lo dude. El día que se firme la paz -una paz- con la guerrilla me darán la razón: nunca habrá paz aunque haya, porque la paz no es contractual.

Andrés G. Borges
En Twitter: @palabraseca

jueves, 5 de julio de 2012

Mañana voy a morir



La muerte quedó de pasar mañana y no sé cómo recibirla. Me da vergüenza con ella porque cuando viene a este continente, a este país, a esta ciudad, se anda con afanes. Trabaja sin descanso, a doble jornada y se le mide a la más apretada de las agendas.
Sinceramente quisiera una visita rápida, sin bebidas calientes ni palmaditas en el hombro.Supongo que debo sacarle tiempo a nuestro encuentro, ella estará feliz de saber que por esperarla he venido muriendo poco a poco, como un infiernal preámbulo; yo estaré tranquilo porque me la voy a encontrar sí o sí, vivo en un lugar donde cuesta sacarle el culo. No dijo más. Que fresco, que esté listo, que ella mañana se aparece y me desaparece. Que mañana voy a morir.

No sé ni siquiera qué ponerme, qué comer, si salir de la casa o enclaustrarme, si lavar la loza, tender la cama o ir al trabajo. ¿Seré un muerto más? Ojalá, de eso se trata, no quiero ser un muerto que otro reclame, pero no depende de mí sino de dónde me encuentre ella: la muerte.Esperar a mañana, porque además de dejar de existir, tengo mil cosas qué hacer. 

Antes de las seis de la mañana haré una fila de cuatro horas para cobrar la pensión, moriré tras un infarto fulminante frente a la fachada del banco HSBC. Los medios culparán al Sistema, al de pensiones, al de salud..reclamarán también mi muerte. Yo, desde el más allá, con pena tendré que reconocer que la culpa fue mía, que los bancos abren a las ocho de la mañana, que si lo deseaba me podían consignar la pensión, que no tenía necesidad de hacer cola desde tan temprano, que soy un viejo mañoso al que le gusta contar la plata. Que me busqué mi mala suerte, que mejor nadie reclame mi muerte.

Si sobrevivo, tomaré un desayuno alto en grasas trans y padeceré diecinueve tipos de cáncer. Mi nombre irá a las estadísticas, seré ese "uno-de-cada-tres" o ese "cuatro-de-cada-diez". Seré también un número en las campañas de medicina preventiva, me recordarán en el día mundial de la enfermedad que me mató y cada año harán de mi muerte un caso ejemplarizante, como hicieron con otros antes de mí. Produciré fugaz compasión y después, mucho después, algún sensato dirá con razón que fumaba, tomaba y tripeaba, que fue mi vida de excesos y, tal vez, mi ADN los únicos responsables.

Si no morí, al medio día saldré en una y mil cámaras de seguridad a las que solo tiene acceso Noticias RCN. Ya sea por conducir borracho o por imprudente, será RCN quien se quede con los derechos para TV de mis últimos minutos. También puedo ser una estrella negra si es que me embiste una flota y me desparrama en el asfalto. Dirán que no quise usar mi inteligencia vial, que no tomé con seriedad a los auxiliares bachilleres que, disfrazados de payasos, me invitaron a usar los puentes peatonales. Mi epitafio dirá que soy un simple peatón imprudente. Yo, en el cajón, diré que ni siquiera fui eso. Solo un simple. 

Sobrevivir en este punto será ya sería el colmo de la fortuna, así que por la tarde me apuñalarán o me tirarán ácido en la cara para robarme el celular. Según el destino también, seré recordado como el cajero de una casa de cambios, el joven abogado de Harvard, el padre cabeza de familia o -si llevo la camiseta de un equipo- el hincha. Los abogados de Harvard, los vendedores ambulantes, Goles En Paz, Samsung y la FVRCBG (Fundación de Víctimas de Robo de Celulares de Baja Gama) convocarán marchas. Cada uno querrá que sea su muerto, es seguro que sí. 

Si aún no he dejado de existir entrada la noche es porque me espera la más terrible y especial de las muertes. Puede que desaparezca en Halloween cuando me tiren al caño del Virrey. Suerte para mí, será una muerte a cuatro columnas sacada de un guión de Danny Cannon al mejor estilo de 'Sé lo que hicieron el verano pasado'. Suerte también si, en cambio, le adhieren una bomba lapa a mi carro y lo vuela en pedazos. Parecerá que mi muerte fue escrita y dirigida por Mick Jackson. Todo un titular para abrir un noticiero, de esos de poner musiquita.

Pero no morí. Y son malas noticias: la soledad de la noche trae muertes cada vez peores. Puede que sea víctima de tortura y violación en el Parque Nacional. Si es que eso pasa debo esperar que mi atacante no sea un violador más, mi muerte quedaría impune. Hace falta que sea un psicópata, un aberrado enfermo de sangre fría que use lo que tenga a la mano para empalarme y mandarme a mí a la primera plana de los diarios y a él a un asiento en los juzgados de Paloquemao.

Con muy poco me hará Trending Topic, protagonista de marchas, cacerolazos, plantones y canelazos. Hará que Gilma Jiménez y Gustavo Bolívar se aprendan mi nombre y lo griten manoteando a los cuatro vientos. Después pasaré de moda. Con muy poco, les decía, con un palo, con lo que mi asesino tuvo a la mano, me convertiré un muerto aleccionador. Un palo, en este país esa puede ser la diferencia entre un muerto famoso y un muerto más: un palo.

Mañana, a esta hora, no espero haber sobrevivido a un día en Colombia, pero si es así, solo me restan esperar las muertes pendejas y místicas, esas que nunca vienen por acá: una cáscara de banano, un sueño dulce a los 90 años, el ataque de un oso, una autocombustión, un envenenamiento con mariscos, un caníbal en Miami que saboree mis pómulos, un paracaídas que no abrió...
No sé. Al parecer aquí uno no se puede morir tranquilo, en su intimidad, cara a cara los dos: la muerte y yo. Ojalá la mía no sea de esas muertes para siempre, que uno sabe que en Colombia para siempre nunca dura más de quince días. Me da comezón incluirme entre los vivos. Les decía que mañana quedó de visitarme la muerte, pero no sé, sincerándome, prefiero ir y buscarla a ella.

Andrés G. Borges
En Twitter: @palabraseca
Léalo también en EL TIEMPO

Usted y cuántos más

También entre el cajón