miércoles, 4 de abril de 2012

‘Filántropo esnob colombiano’




Somos la generación de las causas. Todos los días nace una nueva, cada vez más noble o más pendeja. Y en casos como el de hoy: nobles, pero pendejas. Es más, enumerar las causas pendejas y desterrarlas de un tajo del calendario sería una causa nobilísima, y no por ello dejaría de ser, a decir verdad, bien pendeja. 

Cuando niños crecemos con motivaciones cortas y no muy elásticas, con anhelos simples, con intereses a corto plazo. Los problemas rondan cerca, los vemos ahí, y nos gusta tenerlos a la mano para verlos solucionados: nuestras causas son posibles y plausibles, sinceras, egoístas. Como debería ser, como en realidad y en el fondo son.

Pero ya grandes se nos invita a tomar partido en todo y a demostrarlo a todos. No podemos dejar de opinar  de lo que nos le interesa; o no estar ni a favor ni en contra de lo que no nos afecta; o ser tibio, indiferente o ambiguo en los asuntos universales de la vida. Lo miran raro a uno.  Como si la vida misma no fuera para cada cual la más íntima ambigüedad.

Somos la generación de las causas simbólicas y por ello estamos irremediablemente condenados a ser inútiles para las causas concretas.

Hace unos meses nos pidieron cambiar la foto de perfil y hacer la cadena más grande de Blackberry por los niños con cáncer. Antes, nos habían sugerido llevar un lazo en la solapa contra el cáncer de seno, y contra el Sida, y contra el maltrato infantil -cada enfermedad se apropió ya de un color de lazo-. Luego nos pidieron no tanquear hoy, sino ayer o mañana. Anoche, para no ir más lejos, Millonarios perdió y quedó eliminado de la Copa Libertadores, pero sus hinchas se quedaron con que presentaron la "bandera más larga del mundo". No se ha escatimado en bromas para representar semejante patetismo. Y no es hora de escatimar, aunque nunca será suficiente.

Hace un años los de la campaña 'Remángate' nos pedían doblarnos la bota del pantalón para mostrar nuestro rechazo hacia las minas y nuestra solidaridad hacia sus víctimas. Era una causa válida, como las otras, ¿quién quiere que otro muera de cáncer? ¿O de Sida? ¿Quién no quisiera tener la bandera más grande? -A muchos nos daría igual, francamente- ¿Y quién quiere que otro pise una mina o se recupere después de pisarla?; No hay mucho que explicar, todos son gestos inútiles y gaseosos, en la frontera entre la ingenuidad y la idiotez. Tormentas de arena.

Tuvieron que pasar años para que los de 'Remángate' aprendieran la lección. Este año les da igual si usted se remanga o no el pantalón en la oficina o en el Transmilenio, ahora les importa es que usted vaya a 'Presta tu Pierna', una carrera 5K y 11K. Ya inscribieron a 4 mil personas, de a 45 mil pesos por cabeza. Ya hicieron más que en estos tres años.

Es que la mímica simbólica está tremendamente sobrevalorada, cuando, en la práctica, las causas necesitan es capital humano y nada más. Manos que hagan, cerebros que solucionen, bolsillos que aporten y políticos que legislen, ni más ni menos.

Nadie hubiera comprado la manilla de El Salado si no fuera bonita, ni la de Livestrong si no representara a la gente 'bien', ni el iPod [Red] contra el Sida si fuera un mp4 de Kalley, ni agua Oasis si supiera a Clorox, ni boletas para el Live8 si no tuviera un cartel de primera. Todos son fetiches de autocomplacencia divinos, y útiles, y sí, simbólicos, pero que al menos sirven para donar plata. Remangarse el pantalón y tomarse la foto es tacaño, facilista, se ve ridículo y no sirve para nada. O sí, sirve para alimentar al inagotable filántropo esnob colombiano. Al bobo.
No hay nada más simbólico que lo concreto. Pagar cumplidamente los impuestos, por ejemplo, es un acto supremamente bello en su esencia. Comprar solo la comida que uno necesita y no dejar nada en el plato. Pedir la factura. No aspirar a becas ni subsidios si uno puede pagar. Decir la verdad, usar condón, lavarse las manos, no tomar lo que no es de uno, recoger la mierda del perro, votar, hablar pasito. Cuántas alegorías, cuánta carga ideológica...

Si tuviera que perseguir una causa sería la de que nadie persiguiera causas. De hecho, la única causa que en realidad siempre perseguimos es la de sobrevivir. Si desgraciadamente mi padre muere por una picadura de abeja africanizada es probable que yo cree una fundación, con su nombre, para luchar contra esos animales y dar a conocer los peligros de estar cerca de ellos. Y con todo y eso sería una causa pendejísima en sí misma, porque si ningún bicho pica a mi papá, la 'Fundación Jorge Guevara' nunca verá la luz ni la causa tampoco.

Pasa lo mismo con todas las causas, pero no lo mismo con todas las personas. Hoy se levantan contra el TLC y mañana contra la tauromaquia; pasado mañana, contra el pasaje de Transmilenio y luego serán hinchas del Barcelona en la final de la Champions. El año que viene serán ambientalistas y vegetarianos. Qué vida de mierda es esa. Una vida así no da tiempo para pensar, pero sobre todo, para actuar.

Son engreídos autoproclamados 'monomorales' que viven trepados como micos en el argumento desgastado de que todo es ambiguo. A mí también me exaspera la gente que tiene doble moral, porque uno debería tener no dos, sino decenas de morales, decenas de ventanas, puertas, y pasadizos por dónde salir.
Cuando no le estén pidiendo que ponga dinero, ni que done tiempo, ni trabajo, ni que pague la boleta de un concierto, ni que compre una manilla cuca o que se inscriba a una carrera: NO ACEPTE. ES INÚTIL.

Si hoy alguien le pide que se remangue la bota del pantalón, hágale ver su inutilidad con argumentos. Ahora, que si le sigue insistiendo pues remánguese, pero los puños de la camisa.

Andrés G. Borges
@palabraseca


martes, 27 de marzo de 2012

¿Existe la vida en martes?




Qué día de mierda es el martes. Insoportable. Nadie sabe qué pasa ahí porque en verdad nada pasa.. Tan lejos del fin de semana, tan presente el sabor del lunes. Tan incómodo vivirlo, pensarlo, asomar la cabeza el sábado y ya divisarlo. Empezarlo, incluso terminarlo.
Recordarlo con fastidio el miércoles y tener que esperarlo con resignación de condenado a muerte el domingo. Porque el lunes, día serio, con carácter, no da tiempo de pensar en la maldición que se aproxima: martes.

Todos los martes de mi almanaque están tachados desde enero. Son días muertos. Cansan más que los lunes, que los lunes de enero, que enero mismo...

Otros días tienen identidad. El miércoles tiene su día de ceniza. Y de cumbia. Y el infame 'viércoles' -como lo llaman los 'gocetas' al cabo de la cuaresma en Semana Santa. Y miércoles de fútbol para sobrellevar la mitad de la semana. Y miércoles de Baloto: mares de gente que pierde cinco mil pesos para que uno solo gane millones. Cuánta felicidad y tristeza en un solo día, cuántos sueños de martes que se derrumban, cuántos otros se construyen, se moldean, bailan en la cabeza, brincan en la almohada y vuelven a derrumbarse el siguiente miércoles. Gran día...

Y jueves. Día de revistas rosa, de columnas rosa, de conversaciones rosa. Día además de los maricas. De la última cena. De la revista 'Miércoles' de Barcelona. Pasan muchas maricadas el jueves, será por eso el día que los gays reclamaron como suyo. Pero pasan cosas, no como en martes.

Ni siquiera pasa algo el Martes 13, que es un martes de mierda como cualquier otro, con la diferencia de que no solo no pasa nada sino que no debería pasar nada. Un día para no emprender nada, para no terminar nada, para no zarpar hacia ninguna orilla, para no cerrar ni abrir negocio alguno, para no casarse -¿? como si la vida misma no estuviera diseñada para no casarse-. Qué gracia tiene el Martes 13 si uno no tiene metas qué alcanzar, botes qué navegar, dinero dónde invertir ni mujer que llevar al altar.

Sobra decir quiénes son viernes, sábado y domingo. Chicos malos, días con personalidad. Ni más ni menos...

El lugar común de odiar con nervio al lunes lo convirtió en un día importante, mencionable, memorable y otras cosas terminadas en able. Inmamable, por ejemplo, cuando es festivo. Y el lunes del zapatero. Es lunes: el día en que todo empieza a suceder menos el fútbol.

"Nos vemos el lunes", "arrancas el lunes", "mirémoslo el lunes con calma", "trabajas hasta el lunes", "usted tiene síndrome de lunes", de "lunes a viernes", "de lunes a domingo", "el lunes empiezo dieta, gimnasio, tratamiento, universidad, colegio", "Qué lunes tan largo", "hoy parece lunes" y claro, "primero fue lunes que martes"...

Maldita sea, es martes. Un desierto. Martes por Marte, por inexplorado y por inexplorable. Por aburrido, por árido y mentiroso. Ni siquiera hay marcianos en Marte: es arena el martes. ¿Existe la vida en martes? No. Es arena entre los dedos, en la punta de la lengua, en los ojos apretados, hinchados y secos por tormentas de tierra.

Día feo, irregular. Sábanas de polvo rompen en uno y se vuelven a unir atrás. Salivazos de cristales de sal y piedra. Y otro escupitajo más para sacar la sal sin sabor. Y resoplidos, y patear el lomo de una duna y echar a volar más arena. Y volver a escupir más. Luego quitarse toda esa arena de la más húmeda de las entrepiernas, y caminar mientras quema. Tratar de hacer bolitas de arena y no poder, no poder porque se diluye, como se diluye un martes. ¡Martes de mierda!

Martes de cine barato para un día barato. Nadie recuerda si algo que pasó, pasó un martes. "El 11-S fue un martes" y qué...y el Martes Negro, además de redundante -¿qué martes no es negro, qué martes no es sino un hueco?-, fue solo otro día de porquería en 1929, un año igualmente puerco.

Día borroso, sin sinestesia. Uno sabe que el lunes es rojo claro, que el miércoles es amarillo y naranja, que el jueves es marrón verdeoscuro, que el viernes es blanco con azul rey, que el sábado viene en escala de grises y que el domingo es azul oscuro con rojo y ocre.

El martes, en cambio, se ve como en pelea de mosquitos, no ofrece referencia, no tiene picos. No tiene nada. O bueno, sí: más y más desierto, tierra y arena. De arena está hecho ese día de mierda, de mierda está hecho ese día de arena.

"¿Ayer qué fue?", "¿hoy qué es?", "¿mañana qué va a ser?". "Eso cae un...lunes, miércoles...¡No!, mentiras, un...sábado", "Yo le pedí eso el... ¿lunes, miércoles?"...

¡Que nunca sea martes! Mejor "de este lunes en ocho", "de este miércoles en quince"...
¡Día sin apellido! Si no existiera el martes no pasaría nada; pero existe y existirá, con su presencia gaseosa, insufrible e impune y tampoco pasará nada. Nada que fluya pasa ahí.

Ni siquiera pasaría algo aún si uno cree que algo pasa contenido en esas fatuas veinticuatro horas. Yo, por ejemplo, pasé y no he pasado. También insufrible, también impune, gaseoso, no pasa nada conmigo. Será porque mi cuerpo esperó a nacer un aburrido 15 de julio de 1986: martes.

Andrés G. Borges
En Twitter: @palabraseca

Usted y cuántos más

También entre el cajón