martes, 28 de enero de 2014

Subtítulos


Con Beatriz ya nos habíamos reído de las agallas y, por qué no, de la imaginación de los españoles cuando traducen –por llamarlo de alguna manera- títulos y doblan películas en otros idiomas. Pensábamos que, además de la fiebre por españolizar, hacían falta varias jarras de café para cambiar a ‘Beverly Hill’s Ninja’ por ‘La Salchicha Peleona’, ‘Fast & Furious’ por ‘A todo gas’, ‘Eternal Sunshine of The Spotless mind’ por ‘¡Olvídate de mí!’ o, nuestro favorito, ‘Knight And Day’ por ‘Noche y Día’.

Lo que no nos causaba gracia era ver que aquí en Madrid, encima, las funciones de cine en Versión Original Subtitulada (V.O.S.) apenas existen. Sucede -o parece- que los españoles se habituaron a inculcar la protección casi maníaca del bonito idioma en el que se escribe este texto. Notamos también que ni nuestro Español de América estaba a salvo, por eso “Beto y Enrique” aquí se llaman “Epi y Blas” y conocen como “Rana Gustavo” a nuestra “Rana René”.

Hacía varias semanas que quería sellar algo más que la risa con Beatriz invitándola a ver una película de la que todos hablen, pero aquí en Madrid, como decía, el cine de Hollywood es doblado y, cuánto peor, ceceado. El que yo veía en Bogotá y el que ella veía en Guadalajara, con audio original subtitulado, en esta ciudad es marginal, impopular y caro. Solo hay un par de cinemas y un par de funciones en un par de días de la semana. Con suerte va el muchacho que cobra por rodar el proyector.

Duré un tiempo tratando de pescar algunas de esas funciones clandestinas en Cines Renoir de calle Princesa: ‘Doce Años de Esclavitud’, ‘Los Juegos Del Hambre II’, alguna sopa de acción y alguna comedia independiente gringa, que ni tan independiente ni tan cómica. Y horarios insólitos de 23:50, o 00:15 o 00:50.

Decidí invitar a Beatriz la noche antes de su cumpleaños, en la semana que regresaba a Guadalajara. Dos entradas por 18 para la primera función de ‘Doce Años de Esclavitud - Versión Original Subtitulada’, en la sala 3: un teatrito estrecho y largo al que entramos como quien entra a un baño desconocido.

Mientras Beatriz buscaba una posición imposible entre su butaca yo hacía cálculos mentales, diálogos y soliloquios:

«Saldríamos del cine al invierno de las tres de la mañana; y a esa hora…taxi a mi casa. Cuánto: 10, 15 . Y ella debe tener hambre. Pero qué comemos. El señor de las chucherías debe estar, faltaba más, durmiendo en su casa… Bah, qué importa. Estoy con ella en un estreno subtitulado. Sabe un poquito a victoria. Al diablo el Español castizo. Quién sabe, de pronto hoy oímos cosas magníficas, música blues, groserías genuinas, alguna línea memorable de Brad Pitt. O acentos extraños de los suburbios de Washington, o de las plantaciones de Louisiana…

…Qué importa Madrid. Y esta vieja salita de mierda, y el frío de afuera, y la plata, y la hora, y el taxi, y las chucherías para matar el hambre. 00:03…Feliz cumpleaños, Beatriz»

Nos besamos largo y una sola vez. ¡Shh! … empieza la película. Música… ¿violines?, puede ser… ¡Juiizzt! ¡Juiizzt! Latigazos. Eso son, se oyen clarito. Y llanto. Es un esclavo al borde de la inconciencia. Pasa saliva, clama, le grita a su amo y maldice de dolor con apenas sorbos de aire pero en nítido Inglés. 

Primer subtítulo: «¡Me cago en la hostia! ¡Os ruego clemencia, vuestra merced! ¡Piedad, coño!»

Huimos tan rápido de la sala del Renoir de Princesa que casi dejamos olvidados la rabia y el escarmiento. Caminamos ligero hacia el metro de Ópera y esperamos la última ruta desvanecidos en una banca. Callados. Tratamos de reírnos y no pudimos. Solo nos miramos y ya.

Beatriz volvió a Guadalajara y me gusta pensar que en esa espera sin hablar hasta nos volvimos a besar, hasta nos dijimos esas cursilerías que se dicen en las despedidas. Que si las miradas son un idioma nosotros nos pusimos los mismos subtítulos.


Andrés G. Borges
En Twitter: @palabraseca

De la serie 'Español de España'
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sábado, 18 de enero de 2014

Español de España


Al idioma Español hay que quererlo harto pero no tanto, no como para casarse con él o prometerle fidelidad. Más bien quererlo como a un buen amigo, uno al que le cuesta socializar por sus múltiples estados de ánimo.

Se sabe que aquí en España lo quieren mucho. Cada que una expresión de otra lengua se vuelve de uso común la bañan a baldados con Español castizo, y no solo en los mundos fabulosos del arte, que ya es imperdonable, sino también en los asuntos más terciarios de la vida cotidiana.

En fin, puede no ser un capricho sentimental o un enjuague de la RAE. Escritores reputados de otras tierras, que alguna vez se establecieron aquí en la península, ya explicaron el amor ciego de los españoles por el Español mucho mejor que yo: 

S. Maugham, por ejemplo, que era francés, se fue diciendo que «la mayor obra literaria de los españoles no era El Quijote sino el diccionario». O Guillermo Cabrera Infante, cubano -después nacionalizado británico- estudioso del idioma, cuando recordó en su columna de El País, allá en 1987, algo que olvidamos de nuestra viva lengua muerta: «El Español es demasiado importante para dejarlo en manos de los españoles».

Todo esto para decir que de ese Español mezquino ya tengo historias aquí en Madrid. Alguna ya está a medio escribir. En estos días la posteo.

Andrés G. Borges

jueves, 18 de julio de 2013

El armario


Uno llega a aprenderse de memoria grandes historias sin recordar buenamente quién las contó. Tan memorables son que aunque por el camino se pierdan trozos, voces y detalles, uno sabe que al final aparecerán intactas. Es un ejercicio como cualquier otro, como hurgarse el ombligo hasta pescar una mota. 
Si la versión final es cierta o no, dejemóselo a los biógrafos...

Cristina estaba agobiada por los celos de Marlon, su esposo. Celos enfermizos que a ambos les había costado mocos, lágrimas y loza rota en pedazos.


El hombre era inmamable entre otras cosas porque trabajaba todo el día, en cambio la esposa permanecía todo el día sola y desatendida. Normal. 
Él no tenía motivos para celarla, excepto porque Cristina estaba muy buena y todos los tipos en el barrio la desvestían con la mirada. Pero no, qué pelada tan seria.

Marlon era narciso, misógino y nadaba -se ahogaba- en su propia vanidad. No aceptaba que ella tuviera amigos y mucho menos que fueran más atractivos que él. 
Y ella, noble y abnegada, accedía. A Cristina le preocupaba tanto verse fiel que casi rayaba en lo pendeja, no salía para que Marlon no fuera a pensar mal y hasta se propuso, para refrigerar la relación, doblarse en mimos y consentimiento.

Pero ni así Marlon confiaba. No. Un día salió como siempre a trabajar con la idea de escaparse temprano para ver en qué andaba Cristina mientras él no estaba. 
Resultó que ella, ese mismo día y en su afán de curarle los celos esquizoides a "Marliton", quiso ganarse puntos con él arreglándole toda la ropa del clóset. Por cierto, estupenda decisión.

En el mete y saca, el cuelgue y descuelgue y el abra y cierre, el armario de Marlon se fue descuajando poco a poco hasta que se derrumbó como un castillo de naipes frente a los ojos de Cristina. Jueputa. Llorar...


Pero es temprano y Marlon no regresa hasta las 6pm, así que la mujer decidió llamar al Don Edwin, el vecino más amable y por cierto menos coqueto para pedirle ayuda. Era también el vecino más feo, por si las moscas.


Manos a la obra. Don Edwin como pudo ajustó aquí, golpeó allá, empató aquí, apretó allá y ya, quedó en pie el armario. Pero cuando se iba yendo la mala suerte iba entrando. Afuera, un 
Transmilenio que cruzaba la calle a toda velocidad hizo vibrar las paredes y balancear el piso del pequeño apartamento. Pum, se cayó el armario.

Cistina y Don Edwin se miraron como queriendo reirse. Nuevamente el vecino, como pudo, volvió al cuarto a ajustar aquí, golpear allá, empatar aquí, apretar allá y ya, otra vez quedó en pie el armario. Don Edwin que se despide de Cristina y 
esta vez el piso latió como el vientre de un hipopótamo. Otro Transmilenio cruzó y puso a tiritar el lugar. Pum: de nuevo al piso el armario.

Esta vez, en la puerta, ambos blanquearon los ojos. Resignado, Don Edwin volvió y como pudo volvió a tratar de poner en pie el bendito mueble mientras Cristina, resignada también ante el fallido intento de ordenarle la ropa a Marlon, trató de meterla en los cajones ahora sin ningún esmero.


Don Edwin era feo pero ningún bobo. Estaba decidido a comprobar dónde estaba el problema y no vio mejor solución que encerrarse con paciencia en el ropero aguardando que pasara otro bus, para ver por qué una simple vibración hacía caer el jodido armario.


Se oye la puerta de la entrada. 
«¡Con quién estaba hablando maldita! ¡Dónde está su amante, no lo esconda!».

Marlon había llegado y parecía un toro suelto por la casa. Botaba babas y todo. No encontró nada, pero fue agotando poco a poco los más famosos escondites de los amantes: debajo de la cama, detrás de las cortinas, en los cielorrasos del baño... Nada.

Y sí, faltaba uno, el lugar más obvio, su guardarropa modular de dos metros:
 abrió el armario, el bendito armario:

«
¿Usted, hijueputa? ¿Usted es el que se está comiendo a mi esposa? ¿Y usted, Cristina, con este cucho horroroso? ¡Yo sabía! ¡Malditos los dos! ¡Díganme la verdad! ¡Confiesen pero ya! ¡Me explican esto o los quemo aquí mismo!».

Don Edwin, aún entre los vestidos y los pantalones de Marlon, ni muy acurrucado ni muy erguido, con los nervios hechos trizas y ya todo transpirado, tuvo poco tiempo para saber qué pasaba y mucho menos para saber qué decir. Acorralado, se jugó su única y última carta: contarle a Marlon la verdad...


«
Vecino, usted no me lo va a creer. Estoy acá metido esperando el Transmilenio
».

Andrés Guevara Borges

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lunes, 17 de junio de 2013

Despedirse bien


Cada dos semanas hago el turno de la noche en el periódico. El trabajo empieza a las tres de la tarde y va hasta el filo de la media noche. La hora de dormir, como un reflejo, va de tres de la mañana hasta casi el medio día. Son cinco 'días' raros en los que a mi organismo se le averían las bobinas y el termostato. Siento hambre y sed a horas insólitas, las cobijas me sofocan, la cama me pide sentarme y la silla de la oficina acostarme. Ese guayabo de maldormir se manifiesta con una presión en el pecho, pero también en el entrecejo. Se siente como si la nariz pesara más que la cabeza. Y hay más dolencias, pero otro síntoma del bed-lag, como de cualquier borrachera, es que a uno se le olvidan las cosas.


Esa semana -de lunes a viernes- soy además un ausente, una linea punteada en mi casa. Cuando llego a la una de la mañana mis papás están tan profundos que en al día siguente no recuerdan que los saludé a cada uno con un beso en la frente. Y temprano en la mañana, cuando ellos madrugan a irse, yo estoy tan dormido que no recuerdo el que me dieron para despedirse. 

Desayuno a las dos de la tarde y el almuerzo, que mi mamá deja preparado bajo ese estatus, me lo como frío a las dos de la madrugada. En unos meses me iré de la casa, muy lejos, y pienso mucho que mi tiempo ahí vale oro, pero cada dos semanas vivimos en husos horarios distintos con mis papás, hablamos poquito, no nos despedimos. O nos despedimos mal. Recuerdo que un sábado, tras una de esas semanas, me levanté y todavía restregándome los ojos les dije «¡Oigan! No nos veíamos desde el domingo».

El viernes pasado antes de media noche, al final de esa semana aplastadora, tal vez producto del hastío, la sed y el hambre que me producía, me animé a salir a tomar con tres compañeros de la oficina que compartían el mismo turno y los mismos síntomas. Quedé con ellos de llegar a donde sea que fueran y a la hora que me propusieran, pero debía ir primero a mi casa para dejar el carro y el morral. Nuestro encuentro, haciendo cuentas, tendría lugar hacia las dos de la mañana, así que ninguno me creyó, pero yo estaba decidido a ir. A sacudirme esa semana nefasta con trago y música, como casi nunca hago.

Abrí pasito la puerta de la casa y por primera vez en esas cinco noches mi mamá no solo estaba despierta, sino levantada y aún vestida de diario. Estaba terminando de comerse una pasta para microondas. La saludé, le pregunté por qué la encontraba así, tiré el morral y mientras me lavaba la cara para espabilarme me dijo que acababa de llegar de una despedida con Ana Irene, Nancy Aponte y Gladys Gallego, amigas suyas de toda la vida. 

Yo ya me cepillaba los dientes y me preguntó si es que pensaba salir tan tarde. «No salgas, Andrés, son casi las dos. Qué te vas a ir a esta hora. Descansa». Durante un momento me extrañó que lo dijera porque ella nunca lo hace, pero tenía la boca tan llena de dentífrico que preferí no interpelar. Tomé con afán los papeles, la plata, las llaves y le di un beso mal puesto que fue a dar casi en su oreja. Ella me tomó de la mano y con un gesto quiso hacer otro intento para que no me fuera. Cuando vio que era inútil, me dijo que más tarde le avisará que iba a estar bien porque si no no podía dormirse. «Sí, dale», fue lo último que le dije.

En el taxi, camino hacia el bar, con la mente inquieta, obligada por la falta de pensamientos y acción, recordé esa rara despedida con vergüenza, primero, y luego con pánico. «Esta maldita ciudad es muy peligrosa... Qué tal mi mamá haya presagiado algo... O qué tal le pase algo a ella mientras duerme, por haber comido tan tarde, como al primo del hermano de fulano...¿Y si eso fue lo último que le dije a mi mamá?... Y este hijueputa va a 100 por hora, si el man se llega a estrellar yo salgo volando a la mierda. Dónde se abrocha este hijueputa cinturón»

Por poco creyente que uno se sienta hay que saber que todos tenemos un dios cubriendo el segundo palo, a quien invocamos, así sea durante un parpadeo, cuando queremos agotar todas las instancias de la fe. Bueno, puede que haya acudido a uno o a varios a bordo de ese taxi endemoniado, pero en ese momento los dioses no estaban ahí conmigo, sino en mi casa, sin yo saberlo, asaltados por preguntas de mi mamá.

«Usted es mucho patriota. A mí me llaman para salir a media noche y no me sacan ni a patadas», me recibió con nítido acento pereirano uno de los de la oficina. Entonces pensé de nuevo en mi mamá. La llamé. No contestó. Pensé que era normal, eran casi las tres de la mañana. Le iba a dejar un mensaje de voz pero en el escándalo no oía ni mi propia voz. Entre los mariachis, el aguardiente, el humo y la comida se extendió la noche a la madrugada y la madrugada al día. Me fui cuando los bolsillos y el cuerpo no dieron más, me zumbaban los oídos. Pensaba que dormiría todo el día, que sería un sábado corto. Nada de eso.

Eran las ocho de la mañana pasadas. Estaba oloroso, mareado y exhausto. Otra vez, como en la noche anterior, abrí pasito la puerta y esta vez fue mi papá el que me recibió: con la cara triste, recién bañado y vestido de negro. Miré al pasillo y a la sala y enseguida le pregunté dónde estaba mi mamá. Me volvió el presagio, la vergüenza, el pánico, el parpadeo, la invocación. Dejé de respirar. Él se estaba acomodando el cuello de la camisa y lo suspendió, me vio fijo y puso un gesto de lamento que levantó cada pliegue de su cara, desde la frente hasta la barbilla. Las cejas, los labios...

«Salió temprano para el funeral de Ana Irene. Esta madrugada se murió Ana Irene»... 

Solo un puñado de personas conocía el estado de salud de Ana Irene, de 55 años, la gran amiga de mi mamá. Pocos sabían la gravedad de su cáncer de útero, que en tres meses se extendió a todo el cuerpo. Hermetismo, más que discreción, fue su deseo. Ni siquiera le dio aviso a la tía con la que nunca se reconcilió ni a sus compañeros de trabajo. Ella misma ya había decidido quién iba y quién no iba a ir a su funeral, cuya duración, dejó dicho, no debería ser mayor a un día.


Una semana antes la habían desahuciado y por ello las visitas eran permanentes. Rafael, el esposo, y Cristina, la única hija de los dos, de 20 años, acompañaban a Ana Irene en el turno de la noche, despidiéndose en cada mirada, venciendo al sueño entre el ruido de las enfermeras, los líquidos y los monitores. Mi mamá, Nancy Aponte y Gladys Gallego fueron a visitarla muy tarde aquel viernes. Vieron muy mal a Cristina pero peor a Rafael: era «una despedida», como en efecto dijo mi mamá. 

Ese viernes y madrugada del sábado, mientras yo le decía adiós con afán a mi mamá y ella intentaba en vano convencerme de que no me fuera, mientras renegaba entre aguardientes de mi turno de noche en el periódico, de mi dolor de espalda, Rafael, en el hospital, le pedía a Cristina que bajara a la cafetería a comprar un yoghurt. Que tomara aire un rato y que se diera una vuelta por ahí. 

Ese fue el último deseo que Ana Irene le encomendó en secreto a su esposo: que su hija saliera del cuarto porque quería morirse, descansar, y sentía que «con ella presente no era capaz». Cuando Cristina volvió a la habitación el silencio le dio la noticia: su mamá ya se había despedido.


Andrés Guevara Borges
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jueves, 6 de junio de 2013

La plata sí es todo en la vida



"Mi papá me decía que jugara siempre con el corazón. Y que jugara siempre de delantero: que son los que ganan más dinero". Lo dijo Falcao hace un año en Madrid. Hoy está tomando piña colada en Mónaco y embolsillándose el triple de lo que ganaba cuando pronunció esas palabras.

¿Qué es lo que le debe a Colombia que les da la autoridad a algunos para sollozar rabia por su nuevo equipo? Es un jugador de fútbol y por tanto mercancía, un empleado como usted o como yo. No está traqueteando, ni robando ni contratando con el Estado y, lo más importante, no le estamos pagando el sueldo.

Lo califican de "vendido" y lo juzgan por "haberse ido por la plata" cuando, dicen ellos, "la plata no lo es todo en la vida". Error, error. Si algo nos han enseñado los últimos cuatro siglos es todo lo contrario. ¿Desde cuando el dinero no lo es todo? Mire a su alrededor. El mismo fútbol es un negocio trillonario. Decir eso, siendo francos, es incluso mentir sobre nuestra propia naturaleza.

La plata sí lo es todo, claro que lo es. Repasemos. Cuando Marx dio sin querer la primera clase de Márketing, habló sobre el dinero como medida y patrón de precios ya veía que el oro -la plata, pues- podía representar el precio de casi cualquier cosa, sea "corpórea o intangible". De ahí que un restaurante cobre lo que le dé la gana por un vaso de agua de la llave. De ahí que el empresario de Falcao puede darse el lujo de comprar el 90 por ciento de su pase y feriarlo al mejor postor. De ahí que el jugador no pertenezca a sí mismo sino a un fondo de inversión.

Todo podría calcularse en oro, interpretando a Marx, otra cosa es que es muy aburridor ponerle 'price tags' al amor, a la valentía, al mal genio, a los pensamientos o a las decisiones que uno toma en la vida. Llámese "lo deportivo", "lo profesional" o, en este caso, "lo que le conviene al juego de Falcao". Al final toda esa metafísica se traduce en una "medida general de valores”: dinero contante y sonante. Luego se sabrá si haber amado, haber sido valiente, neurótico,  jugar en el Chelsea o en el Mónaco fue o no fue buen negocio.

Dejemos de negarlo. El dinero es nuestra religión, es la respuesta a todas nuestras preguntas. Saca lo peor de cada uno. Por eso cualquier colombiano que viva en Montecarlo y cobre 14 millones de euros, se dedique a lo que se dedique, va a ser la comidilla de sus compatriotas menos afortunados, es decir, de el resto. Shakira o Sofía Vergara, que le deben poco y nada a esta tierra, a la fuerza ya han aprendido que aquí las esperan muchas envidias que sonrisas. Por eso no vuelven y hacen bien.

El dinero lo es todo y por eso nadie regala nada: hasta las causas más nobles del mundo necesitan billones de dólares porque nadie hace nada gratis. Porque la mejor educación es también la más cara. Porque los seres humanos más brillantes en lo que hacen también tienen que comprar y pagar, porque el mundo implosionó y ya vale más billete que se ha mandado imprimir. Claro que la plata no lo es todo, es lo único.

Hasta acá nos ha traído el dinero y a todos nos pervierte. No hay que avergonzarse ni avergonzar a nadie por ello. Cuántos de nosotros, como Falcao, mandaríamos todo al carajo por 14 millones de euros sin preguntar. Es más, cuántos, si pudiéramos, elegiríamos un trabajo distinto al que tenemos o al que estamos buscando. O cuántos simplemente si pudiéramos dejaríamos de trabajar para dedicarnos a viajar, comer y tirar.

Es la trampa del dinero. Que nos pone a trabajar para ganarlo y comprar con él bienes que no existen, como la felicidad. Yo no sé si Falcao sea más feliz ahora o cuando era un carroloco de 12 años y el papá le decía que "jugara siempre con el corazón". Hoy ya vimos que no le dice eso, en cambio, él mismo lo avaluó en 100 millones de euros y lo puso a sonar para el Real Madrid.

Pero quién es uno para juzgar al uno o al otro, si es que el dinero al fin lo es todo. Nadie por elección quisiera gastarse los 20, 50 o 90 años de su existencia rebuscando, sobreviviendo, soñando despierto. La vida que deseamos, esa que nunca vamos a alcanzar, sea cual sea, cuesta plata y mucha.

Andrés G. Borges
En Twitter: @palabraseca
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martes, 28 de mayo de 2013

Transmicultura: el arte de amar y perdonar a Transmilenio




Este blog es un lugar tranquilo, ha estado viajando mucho en algunas temporadas y más bien solitario y estacionado en otras. Pero sucedió que con la entrada pasada, sin buscarlo ni anticiparlo, se abrió una puerta por donde entró un número insólito de visitantes, y con ellos sus opiniones, sugerencias, propuestas, solicitudes, insultos y flores -que agradezco por igual-. ¿Sirvió para algo ese texto? Por la salud emocional de todos mejor no hacerse esa pregunta. Lo que sí conviene, antes de pasar la página, es tratar de cerrar esa puerta -con ustedes adentro, no se vayan- o al menos de dejarla ajustada.

Bueno, pensé en una forma de dejar atrás el tema de cultura ciudadana en Transmilenio  dejándoles aquí un ladrillo de estadísticas, planes y decretos -que existen, y que igual les adjunto- para cerrar el capítulo y seguir contando historias. Pero tuve suerte, y con ella siempre se puede hacer lo uno, lo otro y demás.


Unos días después de publicada la entrada me contactó el teniente Coronel José Luis Palomino, el comandante de la Policía de Transmilenio. Me dijo que estaba de acuerdo con la mayoría de puntos del texto, y me mando fotos de gente haciendo fila muy juciosa -custodiada por un puñado de auxiliares bachilleres- y documentos que comparto al final. No los menciono en detalle porque este blog no es para eso. Esta entrada es más sobre él y sus creencias que sobre sus planes institucionales, planes que de todas formas ha estado difundiendo frenéticamente en todos los medios. Googleen su nombre si no me creen.

La historia continúa el viernes pasado cuando el Coronel Palomino y yo nos encontramos como invitados a la misma emisora para hablar de los colados en Transmilenio. Se me hizo un tipo amabilísimo. Puede ser porque lleva un mes y pico en el cargo, quién sabe. También a eso atribuyo su entusiasmo, casi contagioso, cuando habla de cultura ciudadana. 

***

"¡Al aire!"
... Yo, más allá de algunos ejemplos que llevé, repetí lo mismo, lo que escribí; el turno después fue para el Coronel. Y sacó un arsenal:

Nos repartió a mí y al conductor del programa varios fajos de fotocopias. Un folio
con los 16 mandamientos de la 'Transmicultura', un documento de aprobación de la dirección de la Policía, copias de decretos, de multas, borradores e incluso a mí me entregó un código de Policía abierto en la página de sanciones en el Sistema masivo. Además, cuando mandaban a cuñas él seguía hablando como si estuviéramos al aire. Frenesí.

Tras una hora el programa termina y el Coronel echa hacia atrás la silla y dice entre risas mientras se acomoda el kepis:

"Doctores, es que yo tengo que venir preparado. ¿Qué creyeron, que a los policías solo nos sirve la cabeza para ponernos la gorra?"

Todos en el estudio reímos, incluso Javier, el patrullero que lo acompañaba. Exagera, hasta él lo sabe. No dijo mucho más de lo que tenía en su resma de apoyo ni muy diferente de lo que ha repetido en las últimas dos semanas hasta el cansancio en radio prensa y TV. Exageró, pero tenía algo de razón: hacia el final del programa dejó verse más él que la institución.

Tomé el morral para irme y le pregunté al Coronel sí le gustaban los mimos, los payasos y las papayeras; si creía en eso para generar cultura. Sacó un Blackberry y me mostró un video largo de sus auxiliares bachilleres rapeando en la Plaza España.


Formados, 'fristaleaban' sobre no colarse, no correr, respetar el semáforo, la cebra. Mientras lo veía, él bailaba al ritmo de la música y me advertía que había rimas cojas, y que uno de los muchachos en medio del afán por caer en la sílaba correcta había recomendado detenerse con la luz verde. "¡Esto es lo que me gusta!". Reímos todos de nuevo.

Luego, el Coronel Palomino tomó de su billetera unas tarjetas de presentación. Una creo que era de teatreros. Otra de 'Todo Copas', unos raperos de Las Cruces que reivindican con mucho éxito (y en HD) el consumo de marihuana. El coronel seguramente no lo sabe, solo que una vez los vio presentarse frente a 10 mil muchachos y en sus términos eso sugiere "una enorme oportunidad". También llevaba la credencial de un saxofonista, dijo que su sueño es ponerlo en un portal de Transmilenio devengando un sueldo fijo, sin limosnas...

Volviendo al tema de los colados en Transmilenio, su conclusión fue:

"¿Por qué el hombre no peca? Por tres razones: por temor a la sanción moral, por temor a la sanción normativa, y tercero, por convicción y coherencia. Muchas gracias".

Ya fuera del aire, nos contó más detalles de la campaña y nos repartió más papeles. Hizo énfasis en la importancia de que todo eso se supiera. Por molestarlo le dije que lo estaba logrando, que lo había visto mucho faranduleando en televisión. Él, por molestarme, me dijo que en el blog había dado "un Grito de Independencia", pero que era a él al que le tocaba jugarse la cabeza si perdía la batalla. Cada uno, a su turno, soltó una carcajada...


Palomino

Uno puede leerlo fácilmente, es un policía simpático y humilde. Mientras vamos hacia la calle, me muestra otro video en el que sus auxiliares hacen 'Parkour'. Se sabe de memoria la historia y las reglas de ese 'deporte' aunque le cuesta pronunciarlo.
Dice que le gustaría ver a sus policías entrenados en eso y en Capoeira para agarrar maleantes. Yo le digo que los niños colados son pioneros de esas técnicas en Bogotá, y le recomiendo que ver las pruebas que El Tiempo sacó en un video.

Parece tener un interés auténtico en que quienes vivimos en Bogotá dejemos de ser tan guaches, o que al menos nos veamos amables. Caminaba a mi lado más bien encogiendo el los hombros y manos embolsilladas como si fuera cualquier civil. No lo es: tiene a cargo la seguridad y la convivencia de dos millones de pasajeros diarios. Es un agente de policía, pero quiere cambiar la mentalidad a los bogotanos* con arte y cultura. Hay que hacer un esfuerzo para entender eso, por eso le pregunté todo cuanto pude.

Cuando trabajó con el metro de Medellín, a Palomino se le ocurrió impulsar que este tuviera casi vida propia. Puso a unos muchachos a repetir por el sistema de sonido que "dejar salir es entrar más rápido", que "feliz día de la mujer, de la madre, del odontólogo", que "la frase del día es de Aristóteles...", que "Cultura Metro es tal cosa y tal otra...". Cuenta que les entregó el Don Quijote y otros libros a los 'chucaritos' y los puso a declamar en voz alta en las puertas de acceso. Dice que ese consentimiento distrae a la gente y al final de cuentas la tranquiliza. 

Pero Bogotá es otra historia. Educarnos como buenos ciudadanos, o más bien vigilar que lo seamos, cuesta plata. El presupuesto ideal para la policía de Transmilenio es de 19 mil millones de pesos. Con eso alcanza para hacer campañas masivas y ubicar a un patrullero y a un auxiliar en cada estación. Por ahora cuenta con 9 mil millones y, sobre su plan de Transmicultura, reconoce que está financiado con miles de buenas intenciones y, lamentablemente, cero pesos. "Hay que intentarlo, doctor", me dice el Coronel.

Se ofreció a acercarme a la oficina. Mientras esperábamos a su camioneta le ayudó a abrir la puerta a dos señoras que se bajaban de un carro, saludó de "buenos días" a cualquiera que hacía contacto visual con él. Le ayudó con una dirección a una señora y hasta esperó a que yo me acabara el cigarrillo.

"Esta es mi oficina y mi cocina", me pidió que abordara su patrulla Hyundai último modelo. Me contó que su esposa sabía que él no tenía tiempo de almorzar y que por eso le mandaba lonchera. Sacó de una bolista un sánduche y me regaló la manzana que lo acompañaba. Le pregunté por el atropellado de la troncal de Calle 13, esa semana, un caso rarísimo en el que además arrollaron a dos curiosos que chismoseaban cerca del muerto.

Cuando caí en la cuenta de lo imprudente del comentario en medio de su primer bocado del día, él respondió "¡Dicen que fue un suicidio!, pero no sé. Es que los suicidas a Tránsito no se los cuentan". Me explicó que por estadísticas más o menos, diariamente, un bogotano* "se le tira" al Transmilenio. Que a tan solo 12km/h la distancia de freno de un articulado es de 4 metros y que por eso, al menos para él, está demostrado que sea a la velocidad que sea atravesársele a un monstruo de esos es despedirse de este mundo.

                                                                             ***
El Coronel Palomino estudió Seguridad de Metros.
Aunque no fue a la universidad ha cursado "calle y solo calle", como dice. Le apasiona la cultura y el arte. Cuando la policía lo mandó a una capacitación en Madrid se achantó porque iba corto de plata y no pudo entrar a los museos y galerías. Entonces sacó unos euros y se fue a viajar en el metro, a ver cómo era que los españoles usaban su transporte masivo. Esa vez conoció Atocha, aún con vestigios del atentado del 11M. Eso lo marcó.

Mientras la camioneta avanza hacia el Centro, me cuenta que así como lo hizo en España también ha estudiado a Santiago, Londres, Milán, Glasgow, Nueva York, Buenos Aires, Lima, Chicago, Moscú, etc. Es su forma de aprender, de capacitarse. Encontró que, por sí solos, esos espacios públicos como las estaciones y los portales se convierten en obras de arte, de ingeniería. En museos vivos que exhiben la naturaleza de la gente y del lugar. Palomino sueña con tener juglares, poetas, raperos y acróbatas en Transmilenio, que nos hagan olvidar las amarguras y los afanes. Que nos expriman la mala leche.

No habla golpeado como uno esperaría de un policía, sino como un jubilado que llena crucigramas en una plaza. Me cuenta orgulloso que en vacaciones tuvo que quedarse en la casa cuidando a sus hijas, y que se dedicó con disciplina a estudiar más para encontrarle la vuelta al problema de cultura en Transmilenio. 

¿Qué leyó? ¿García Villegas, Marí Ytarte, Mockus, López Basanta, Carreño? No. Compró y desempolvó varios libros de historia universal y se encerró a 'devorar' India, Egipto y Grecia. Me dijo que lo hizo "piedra por piedra" y puede ser verdad, en un momento nuestra conversación se desvió hacia los cuarzos y las amatistas. Y luego a Guiza, el piedronón de Keops, a quién admira pero no recuerdo por qué. Y luego hablamos del 'Arte de la Guerra' de Sun Tzu, que ambos habíamos leído. Algo dijo sobre la inconveniencia de atacar posiciones en lugar de hombres y, aunque tardé en entenderlo, se estaba refiriendo a Transmilenio.

El Coronel tenía una cita con una señora e iba tarde casi una hora, pero estaba amañado hablando conmigo. Entonces llamó por el radio a su secretario y le pidió que mientras llegaba le diera a la doña tinto y huevos con cebolla y tómate, o lo que ella quisiera. Le pidió a Javier, el patrullero, que parara en el 'Umbral de la Esperanza' -vaya nombrecito- , una cigarrería que más parece un caspetico, ahí en la tercera junto a la Universidad de los Andes. Pidió tres arepas y tres Pony Maltas y seguimos hablando, de pie, en la calle, sobre  él y su Transmicultura en Transmilenio.
En esas, me toca interrumpirlo para señalarle que justo en frente de nosotros dos taxistas están a punto de encenderse. Palomino le grita Javier "¡Vaya por esos dos porque si no se matan!". Cuando vio que se podía poner feo, dejó la arepa, la Pony Malta y un billete de 50 mil en la vitrina y fue a ver.

Un man dejó rodar demasiado el taxi para arrancar y tocó al de atrás, otro taxi que manejaba un pelado de no más de 20 años. Palomino buscó la forma de hacerle entender al muchacho que era un raspón que salía con cera, pero él no escuchaba razones. Respiraba odio ese pelado, tanto que cuando arrancaron casi se vuelven estrellar doblando la esquina. El coronel le gritó desde donde estaba "¡Tranquilooo mijooo...Ayayay!". 

El "sí"

Volvió para terminar su arepa y me volteó a mirar con cara de "este es mi trabajo de todos los días". Le creo, no por ese muchacho, sino porque de verdad los bogotanos* -me incluyo de primero- vivimos con la rienda suelta. Antes de despedirme y mientras la señora de la tiendita hacia maromas para darle las vueltas al Coronel, aproveché para preguntarle si Transmilenio está o ha estado bajo una amenaza terrorista.

"Transmilenio está construido como una pista de carros en la sala de la casa. No hay barreras y se da por descontada la buena fe. Pasa el perro, el niño, el gato, la visita, el papá y todo el mundo. Podemos tratar de evitarlo toda la vida, pero es cuestión de tiempo para que alguien tome una mala decisión y se tiré todo".

Lo tomé como un "sí" largo. Cada uno de nosotros tiene a Transmilenio y a la misma ciudad bajo amenaza. Además, el Sistema está diseñado para la mitad de usuarios que lo toman, es inseguro, caro, incómodo y cada día más insuficiente. A Palomino le entusiasma su trabajo y se le nota, pero no es necesario ser pesimista para ver que con nosotros, los que vivimos aquí en medio de la inconformidad, la tendrá difícil. Estamos en un punto de desánimo que solo se me viene a la cabeza el nombre de esa tiendita en la que nos despedimos: 'El umbral de la Esperanza'. 

La Transmicultura es el arte de amar y perdonar a Transmilenio. Ojalá Palomino lo logre, ojalá el Sistema mejore y nosotros con él, quién no quisiera. Ojalá se repita en Bogotá lo que tuvo tanto éxito en Medellín. Como cuando el metro cumplió 15 años y se consiguieron 150 niñas nacidas el mismo día en que el Sistema operó por primera vez, y les hicieron fiesta de quince en las plataformas. Y Medellín feliz.

El coronel dice que cosas como esa siembran algo en los jóvenes y adultos del futuro. Por ingenuo que parezca, quiere plantar esa semilla en Bogotá. Siente que a los bogotanos* no nos enseñaron a enamorarnos de nuestra ciudad. Cada bogotano*, usted y yo, veremos si le damos el "sí", si perdonamos, si nos reconciliamos con Transmilenio y viceversa. Palomino, mientras tanto, hará las veces de Cupido y, solo por eso, hay que desearle mucha suerte.

*Bogotano: Hoy "bogotano" no es el nativo, sino el que vive en Bogotá. Es como cuando hablan de "los neoyorquinos". Solo debe haber cien mil, por ahí.

Por Andrés G. Borges
En Twitter: @palabraseca

miércoles, 8 de mayo de 2013

La hipocresía de colarse en TransMilenio


Dejémonos de hipocresías. Las cosas como son: los hombres, mujeres y niños que se cuelan en TransMilenio no merecen ninguna consideración. Resultó que ahora, debido a que el Sistema está en la peor de sus crisis, ya no se ve a los dos o tres colados de hace unos años sino a catervas de veinte o treinta cada minuto. 

Uno los ve colarse y ya lo hacen con cara de poker, sin dificultad, ni pena ni risa. Ya tienen hasta técnica, hasta estilo. Desde mocosos hasta secretarias en minifalda. Miden tiempos y distancias. Son tan profesionales que hasta tienen un discurso.


Uno los increpa y ellos responden como esperando que uno les dé las gracias o les pida disculpas. Que "TransMilenio tiene mucha plata y un pasaje no les va a hacer ni cosquillas", que "así nos toca a los pobres", que "es una protesta contra el mal servicio", que "los puentes son muy largos", que "la fila de la taquilla", que "se me pasaba el bus", que "había un huequito" y, mi favorito, que "uno es más guevón por pagar".


¿A quién quieren engañar? Ellos, en mayor o menor medida, no son diferentes a las rémoras que han detenido a Bogotá. No nos digamos mentiras: si TransMilenio fuera gratis también se colarían. Lo que los mueve es el afán de saberse más 'vivos' que los demás. Dense cuenta, no solo entran, también salen de las estaciones por lugares prohibidos. El uso de puentes peatonales es gratis y cuál es entonces la excusa. Y los atropellan y los matan, y le dañan la vida a su propia familia, y al malasuerte que iba manejando, y el almuerzo al que está buenamente en la estación y le tocó ver.


Sobre eso, recuerdo la historia del señor Jorge Andrés González. Una noche de abril del 2010, encerrado en su oficina, se disparó en el abdomen y murió horas después en la Clínica de Occidente. Dos días antes, en ese mismo centro de salud, había muerto Ángelo, su hijo de 13 años, arrollado por un TransMilenio cuando trataba de colarse junto a otros menores en la estación de Pradera, en la Avenida las Américas. Los forenses encontraron 4.500 pesos y la tarjeta en el bolsillo del niño. El señor González no resistió tanto absurdo, tanto dolor.


Este niño estudiaba en el Colegio Nicolás Esguerra. Por esa época le hicieron homenajes unidos a campañas para que los alumnos no repitieran la trágica historia. Hoy en día no se ve un par, se ven decenas de pelados de ese colegio cruzando en el mismo punto en una sola tanda. Se graban videos y apuestan a cuál es más varoncito. Varias veces, ni miento ni exagero, han jugado a atravesar la troncal con los ojos vendados. Jodiendo la vida hoy; abonando a la cultura del atajo y a la tragedia de mañana.


En enero estuve en Buenos Aires y quedé sorprendido con la cultura de pago de la mayoría de los argentinos. Diferente a como se ve en el fútbol, como ciudadanos no son cancheros. En el Subte -que ya cumplió 100 años- , por ejemplo, cuando la taquillera no estaba dejaba abierto el torniquete para que la gente pasara, y la gente igual pagaba.

En la estación de tren que va para Tigre, en la misma plataforma donde se toma el vagón está el punto de pago. Es decir, uno puede no pagar -los $800 que vale- y subirse al tren sin que nadie se da cuenta. No hay barreras, avisos ni vigilantes, pero se hacían largas filas de gente comprando el tiquete e incluso no se rompían cuando llegaba el tren, que fácilmente pasaba cada 15 minutos. Allá el TransMilenio se llama Metrobus, es casi lo mismo, solo que no hay torniquete, porque no pagar se censura socialmente. En los tres sistemas, mi hermana es testigo, uno ve colombianos colándose.

 

Sincerémonos, mientras haya quienes paguen, el que se cuele en TransMilenio es un ladrón. Esa facilosofía de "no dejarse guevonear de nadie" también la usaron en su momento los Moreno, los Dávila, los Meléndez, los Rojas Birry, los Nule. Todos sospechamos que al colado le importa un carajo si le va bien o mal TransMilenio. Él dirá que es carísimo, lleno, demorado y malo, mientras daña las puertas y pone en peligro a gente que usa el Sistema. De hecho, cuando este tipo de personaje se ve obligado a hacer lo correcto, se siente como estúpido. Queda con los códigos patas arriba.

Dejémonos de hipocresías, decía. Bogotanos tramposos por placer, sabemos que están aquí. No se hagan. Lo sabemos porque son los mismos que se cuelan en la filas del banco o empujan a la salida de los conciertos. Se roban la señal de la TV por cable o adulteran el registro del agua o la luz. Los que tienen carro ponen la calcomanía de 'discapacitados' para capar Pico y Placa, y hacen doble fila para girar. Son los que meten billetes falsos "porque es que a mí me lo metieron". Que no vengan ahora los colados a justificarse, no les regalemos también ese atajo.

Los van a judicializar y nos lo venderán como la solución. Y seguiremos saturando el Sistema Judicial con infracciones al sentido común, y este seguirá escupiendo impunidad en lo principal. Pondrán cámaras, muros y barreras con plata que podrían usar para mejorar el servicio. Y seguiremos igual: sin atacar lo profundo, lo cultural.

Hacia allá vamos, seguramente llegará el día en que ser honesto no pagará en esta ciudad. Al honrado lo ponen de carne en el sandwich. Arriba, los poderosos, le dan por la cabeza, le cobran lo que les da la gana por lo que les dé la gana; abajo, el tramposo, el ladrón, se burla de sus escrúpulos y le agobia la vida. Ambos se dan la mano para verle al honesto la cara de pendejo, ambos, entre risas, le hacen zancadilla al progreso.


En fin, quisiera creer que el tramposo tiene remedio, que el torcido se rehabilita. Quisiera, digo, pero lo que de verdad pienso es que un asunto tan íntimo -tan universal- como la integridad simplemente se tiene o no se tiene. Cada uno sabrá, pero para mí el ventajoso lleva la trampa en el ADN, como lleva la dignidad el ciudadano que cuando se cansa pide a gritos sus derechos y que, por pobre que sea y por aburrido que esté del Sistema, al día siguiente vuelve a pagar su pasaje de TransMilenio.

Andrés Guevara Borges
En Twitter: @palabraseca
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